Artes y Letras

Fausto Canel: sin pedir permiso

Portada del libro ‘Sin Pedir Permiso’ de Fausto Canel.
Portada del libro ‘Sin Pedir Permiso’ de Fausto Canel. El Nuevo Herald

Un cineasta que se haya ido de Cuba ha tenido siempre las de perder, porque no existe el aparato estatal en el exilio que proporcionaba el ICAIC (Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos) en la isla, pero Fausto Canel no se arredró ante esa situación y se exilió el 14 de octubre de 1968.

Canel no pudo acceder a sus filmes, vedados por el régimen después de su partida. Pero recibió los documentales ese mismo año, especialmente uno sobre el novelista norteamericano Ernest Hemingway, que había fallecido un año antes de esa filmación. “Esto me proporcionó trabajo en la televisión francesa de los años 70 como documentalista”, relata el director, quien después pudo además filmar películas en Europa.

Hoy ya se puede ver toda su obra fílmica en su página en la red www.faustocanel.com. También ha publicado dos novelas Ni tiempo para pedir auxilio y Dire Straits, y un libro de memorias, Sin pedir permiso: Cuba, el cine y una época, en tiempos difíciles. Este martes 4 de agosto se presentará este último en Books & Books, seguido del mediometraje El final.

“Este filme tiene 51 años de filmado, y ha sido rescatado de los archivos por Luciano Castillo, director de la Cinemateca de Cuba”, informa Canel, “siguiendo una nueva política: la de documentar todo lo que se ha hecho en el cine cubano”.

“Aunque Alfredo Guevara [director del ICAIC en aquella época] había aprobado varias filmaciones, como Elena y El mar, de Fernando Villaverde; y El final, se dio cuenta de que le iban a crear un problema inmenso y las archivó”, explica Canel.

Las películas las pudo descubrir más tarde, gracias a amigos. “Desarraigo [Unrooted, que ganó el Premio Especial del Jurado en el Festival de Cine de San Sebastián en 1965] y Papeles son papeles las recibí hace 15 años, gracias a la mediación de un crítico francés de cine, Emmanuel Vincenot, que las consiguió en Cuba. Allí todo se consigue, si pagas en dólares”.

“Es importante ver el final de El final, porque fue lo que provocó la censura en el año 64 cuando se hizo”, advierte Canel. “En el momento en que la protagonista se está yendo de Cuba, ella ha visto a través de un programa de televisión a su marido entrando en el estadio del Cerro donde está diciendo un discurso Fidel Castro sobre la nacionalización de todas las empresas norteamericanas en Cuba, que es cuando el país se hace comunista. El tema es sobre la salida de gran parte de la clase media cubana, lo que creó el problema inmenso de la separación de las familias. Fue escrita con el poeta argentino Mario Trejo, y la actriz principal es Norma Martínez, porque me pareció que era la persona ideal por lo fotogénica, y era una sobreviviente del mundo de la publicidad ya en decadencia; el fotógrafo sacándole fotos en la calle es Alberto Korda [el mismo que hizo la famosa foto del Che]”.

¿Canel tenía miedo cuando se atrevió a hacer ese mediometraje? “No sé si tenía miedo o no, eso era lo que había que hacer. Ya habían pasado dos o tres años después del caso PM [el filme de Sabá Cabrera y Orlando Jiménez Leal] cuando Fidel Castro hizo el famoso discurso a los intelectuales, Alfredo Guevara había quedado muy mal frente a la opinión de los intelectuales nacionales e internacionales, y pensó en tratar de seguir una nueva política llamada ‘dentro de la revolución todo’, pero con películas más interesantes para Europa, y esto generó una peligrosa polémica dentro del ICAIC”.

En su libro Sin pedir permiso hay una alternancia entre sus memorias personales y las anécdotas sobre los realizadores y actores en Cuba. Sus primeros recuerdos lo retratan como un niño de cuatro años ya escéptico y desconfiado, que nació en el barrio de San Leopoldo, lo que hoy se llama Centro Habana, entre Ánimas y Laguna, a dos cuadras del Malecón.

Él recuerda su juventud en las postrimerías de los 1950, en una Habana muy desarrollada por el turismo norteamericano, con mucha vida nocturna: espectáculos y juego en los cabarets, que contrataban a los mejores entertainers, no solo del Norte, sino del mundo internacional. Era una vida muy poderosa e interesante para un muchacho joven como Canel. “Quien lo decidió fue Batista”, recuerda Canel, “llamó a Meyer Lansky, le ofreció el imperio de la noche habanera basada en el juego, y lo contrató con un salario, para que montase todo el negocio”.

Relata además las historias del ICAIC y de Lunes de Revolución, con Alfredo Guevara, Carlos Franqui, Guillermo Cabrera Infante y Néstor Almendros, además de las anécdotas de los visitantes de la industria fílmica. Decenas de fotos ilustran esas historietas, sobre Nuestro hombre en La Habana con Alec Guinness, por ejemplo, y de muchas otras personalidades de Hollywood y Europa. Es una impresionante galería de actores y cineastas, como Jean Seberg, la famosa actriz. “Ella quería escribir guiones de cine, y nos hicimos muy buenos amigos hasta que murió –se suicidó–, todavía tengo el original escrito por ella en su propia máquina de escribir”, cuenta Canel.

Sin duda este libro es “el festín de Fausto”, como apunta muy bien Jiménez Leal en la contraportada del libro y lo hizo: Sin pedir permiso.

olconnor@bellsouth.net

‘Sin pedir permiso’ y ‘El final’, ambos de Fausto Canel, el martes 4 de agosto, 8 p.m., en Books and Books, 265 Aragon Ave. Coral Gables. Entrada gratis.

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