Letanía: juego sagrado y rito expiatorio de Ena Columbié
¿Qué agua nos limpiará? ¿Qué rito expiatorio, qué juegos sagrados deberíamos inventar? / Friedricic Nietzsche
Es muy probable que Macha Rossenthal, cuando acuñaba el término poesía confesional, terminara de desatar un monstruo. Si bien no era una nueva forma de hacer poesía, esas dos palabras legitimaron la indagación en el yo —lo que en él acontece— como material poético y sujeto de exposición. Una indagación peligrosa. Todo escritor alberga en sí un pantano, decía Hanni Ossott y escribir desde allí es aprender a trabajar con el charco que somos: su suciedad, sus alimañas, sus convulsiones. Es eso, precisamente, lo que hace Ena Columbié en Letanía (Editorial Summa, 2025): se sumerge en la propia viscosidad. No como cura ni ejercicio terapéutico, sino para darle nombre. Se confiesa, sí, pero no necesariamente en busca de absolución.
La poesía del yo es, por supuesto, anterior a Rossenthal y al siglo XX. Ya en el siglo XVII y como bien nos recuerda uno de los epígrafes del libro, Cervantes y Descartes habían situado al yo en el centro de las discusiones. Antes lo hizo el Renacimiento. La revolución copernicana supuso una enorme necesidad de afirmación ante ese espacio de infinito silencio que aterraba a Pascal. Así, a finales del siglo XIX, los poetas habían abandonado el sentido exclusivamente cosmogónico o metafísico de la poesía para adentrarse en otro tipo de exploraciones: la del propio ser, la propia existencia en y para el mundo. Contengo multitudes, aseguraba Whitman y Yo es otro, revelaba Rimbaud y con ello, hacían tambalearse la pregunta de Hamlet, su dicotomía. Pero… ¿Quién soy yo? ¿Quiénes esos otros que nos permean?
La historia del género es, sin duda, más compleja y amplia, como muchos de los que han escrito poesía confesional. Hemos afirmado o dudado nuestra existencia —deseos, cuerpos, heridas, traumas, ideas, alegrías, temores, posturas y opiniones— a través de la palabra poética. Letanía se une a esa tradición y, aunque sería muy fácil decir que es el libro más personal e íntimo de Ena Columbié (al fin y al cabo es un yo, una confesión), no necesariamente es cierto; no del todo. En el intento de definirse a sí misma, la poeta termina escapando a las definiciones. Su yo se muestra como ente caleidoscópico: Soy una niña muerta (…) Soy un retrato en una gaveta (…) Soy el hombre de la cadena / Soy la mujer de Dios, pero también señala al poeta como medio (¿médium?) y hacedor: Soy la fragua (…) Soy el fuego (…) Soy el martillo. Así, se vuelve también otra. Escribe para dejar constancia de su paso, pero a su vez nos invita a transitar todas las citas que tiene con Dios, el dolor, el tiempo, sus muertos, la poesía. Es árida la muerte / pero la vida también lo es.
Letanía, una palabra que heredamos del griego litaneia, quiere decir súplica y viene a su vez de lité, oración suplicante. Efectivamente, una letanía es una oración litúrgica, comunitaria, en la que una palabra o frase determinada se repite con insistencia para crear un ritmo meditativo, pero también para intensificar el ruego y pedir con perseverancia. No es exclusiva del catolicismo. En el judaísmo, durante los diez días del arrepentimiento entre Rosh Hashaná y Yom Kipur, se cantan letanías para exponer los propios pecados, pero también para intentar reconciliarnos con aquellos a quienes hemos agraviado. ¿Cuáles son los pecados y las reconciliaciones de Ena Columbié?
Aquí, la palabra repetida es soy. Unas pocas letras para un hecho sumamente complejo. Crueldad, tormentos, miedos, pero también belleza, iluminación y gracia se asoman a través de los veinte poemas que conforman el libro y que, al final, no son sino un solo poema de largo aliento. Columbié sabe que, a estas alturas, no tiene sentido mentir ni mentirse. Ese soy es cuerpo y espejo, pero también la imagen que de allí resulta. Se autorretrata cruel, propensa a la locura, pero ese trazo no logra esconder la ternura y asombro. ¿Cómo, sino, seguir escribiendo? El deseo por la existencia me sostiene/con una fiebre insólita / a pesar de las sombras/ donde me cobijo. Por encima de todo, principio y final, la memoria de la madre, ese espíritu protector a quien el libro está dedicado y cuyo recuerdo alivia el peso del mundo. Es ella, como en la letanía mariana, quien se apiada de la hija; quien intercede por los lectores.
Letanía es la invención de un juego sagrado y un ritual expiatorio, como pedía Nietzsche tras declarar la muerte de Dios. En él, el yo finalmente liberado logra alcanzar su precisa densidad, da cuenta de su rara existencia, aunque no pueda ser/ otra que esta mujer/ segura de su orfandad/capaz de confesar el llanto/ y mi canto también/mi canto. No, no pide absolución, pero en la palabra se libera y nos libera. En comunión, recibimos su cuerpo y su sangre.
“Letanía” se presenta el sábado 30 de mayo, a las 5:00 p.m., en la librería Books & Books. 265 Aragon Ave, Coral Gables, 33134.