En Familia

María Antonieta Collins: Pobres niños del Mundial

Usted y yo los hemos visto en la televisión al inicio de cada juego durante la Copa Mundial de la FIFA Brasil 2014, que acaba de terminar.

Decenas de niños aparecían junto a los grandes jugadores de cada una de las selecciones. Al principio me emocioné al verlos. Al fin periodista, novelaba pensando en lo que aquellos inocentes chiquitos podrían tener en sus cabecitas al estar junto a los grandes ídolos del fútbol mundial que los llevaban de la mano y llegaban juntos a la cancha al son del himno de la FIFA, para después escuchar los himnos de los países de aquellas estrellas junto a quienes estaban por lo menos unos 15 minutos.

Me emocioné con un chiquito que vi en el primer partido de Argentina que me tocó cubrir. Iba de la mano de Lionel Messi. Comenté con mis compañeros lo que ese niñito algún día podría decir a sus hijos y nietos: Yo estuve junto a Messi en el Mundial de Brasil 2014.

Pero resulta que con los días el encanto se fue desvaneciendo al ver lo que sucedía a esos niños conforme fueron haciéndose los juegos más complicados y los futbolistas estaban más preocupados de lo que se les venía en los próximos minutos, que del protocolo que tenían que cumplir, de manera que salían a las escaleras antes de entrar a la cancha y como autómatas tomaban de la mano al pobre niñito parado junto a ellos y sin siquiera una caricia, a veces sin voltear a verlos y mucho menos ni preguntarles cómo se llamaban, porque siempre eran niños diferentes, caminaban con ellos y, terminada la ceremonia, cada quien a lo suyo sin haberles dedicado a los niños ni siquiera cinco minutos de su tiempo.

Eso me dio pena y me dio enojo contra los organizadores que quieren ganar puntos sensiblemente para que el público vea que apoyan la causa de los niños... pero no hacen absolutamente nada más. Estos millonarios futbolistas no se preocuparon por saber que cada uno de esos pequeños vivió o vive una odisea y que estar ahí era un gran triunfo. Le explico más.

En la TV brasileña vi a algunos de ellos que son pacientes de un centro de niños con parálisis cerebral, pero en el caso de los que llegaron de varios países, como los de Estados Unidos, patrocinados por la famosa marca de hamburguesas, todos esos niños hicieron algo por sus comunidades o por el deporte y eso les valió el viaje a Brasil. No fueron por capricho.

Qué pena que nadie con poder para cambiar esa ceremonia hubiera observado esto que le escribo para poder remediar a tiempo la indolencia, o por lo menos, para disfrazarla un poco en beneficio de esos pequeños. Pensé en contarle alguna otra cosa pero no me puedo quedar callada porque no solo soy espectadora, soy también madre y pienso en lo que dirían algunas madres de los pequeños ignorados.

Es por esto que mientras me crucé con algunos de ellos en mi camino a las salas de prensa de los estadios brasileños, reflexioné en que los mayores hemos perdido la capacidad de siquiera decir, ¡Hola, que tal! ¿Cómo te llamas? Y así, ¿qué reclamar?• 

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