En Familia

¿Quién los entiende? Primero por gorda… ahora por flaca

María Antonieta Collins
María Antonieta Collins

No crea que porque uno escribe artículos y sale en la televisión las cosas son color de rosa cuando del amor y los galanes se trata. ¡Todo lo contrario! Por eso mismo, cuando lo conocí supe que era alguien que sabía reír de todo, incluido de él mismo y que, ¿por qué no?, podría ser un futuro candidato a la blanca mano de Doña Inés (o sea yo).

Nos encontramos en unas cuantas ocasiones a lo largo de los últimos cinco años, limitados por mi loco itinerario siempre viajando, siempre acompañada de un camarógrafo. Esto no le impidió, en ocasiones, hacer el sacrificio de viajar dos horas, de una ciudad a otra de California, solo para saludarme durante un cambio de aviones. Le llamaba Pedro Infante por lo caballeroso.

Lo conocí porque me ayudó con mi pesado equipaje en un viaje. Al agradecerle después en un mensaje, feliz de que los caballeros no hubieran muerto con Pedro Infante y Jorge Negrete, se rio a carcajadas. Desde entonces, su sobrenombre fue Pedro Infante. En las escasas veces que nos vimos, yo iba subiendo y subiendo de peso al grado de que, sin palabras, yo sabía que con él simplemente no iba a pasar de ser una buena amiga… porque sus amores tenían que ver con mujeres más jóvenes –a pesar de sus 58 años de edad– y sobre todo más delgadas. Por supuesto que fue una de las primeras personas que, en enero pasado, se enteraron de que me haría la cirugía de la manga gástrica.

Pasó casi un año y no lo volví a ver sino hasta hace unos días, cuando por coincidencia me encontraba en Anaheim y él en Los Angeles. Cuando supo que estaba cerca, hizo el viaje de hora y media hasta donde yo estaba, sin pensarlo, solo para irme a saludar… E, increíblemente, quedar desencantado por mi nueva figura.

Momentos antes de llegar, sus mensajes incluían rosas y corazones que se añaden con el teléfono. Pero, en cuanto me vio, aquello se tornó en frialdad. Y ¿qué les puedo decir? La poca plática que tuve con Pedro Infante me dejó impactada.

“¿Sabes que la gente taaan flaca como estás me produce una sensación extraña que me hace sentir mal?” ¡No podía creer que el caballeroso mexicano me estuviera diciendo eso! A aquello le siguió una plática innecesaria sobre las flacas extremas… entre las que estaba yo, por supuesto.

Una hora después, partió del lugar dejándome confusa. “¿Habré dicho algo errado? –me dije–. Cuando yo era talla 16 el hombre era diferente al que ahora, que soy talla cuatro, ha venido a verme. Y recordé a otro sexagenario pretendiente quien, hace un tiempo, me dijo que estaba gorda para sus expectativas amorosas. Sin embargo, al verme flaca me escribió diciendo: “Con 117 libras sí puedo invitarte a cenar”. ¿Quién entiende a los hombres que rechazan a una mujer por gorda y, cuando está flaca, por flaca?

Jovana Echeverría, mi asistente, a quien conté de inmediato lo sucedido me dijo que yo no era la única. “A muchos hombres les gusta que una se arregle, que se ponga implantes de seno, de trasero y que quede una como una Barbie. Y ¿luego qué pasa? Que cuando ya estamos perfectas, se les pasa el entusiasmo y van en busca de otra. Así que hay que ir por la vida como una es, y si no, next, bye, bye paticos, que ya llegará el próximo”.

Eso precisamente es lo que he decidido poner en práctica. Le escribí a Pedro Infante para renunciar a su amistad. Y esto me hizo sentir tan bien como cuando cada mañana me levanto y le doy gracias a Dios por permitirme esta oportunidad de volver a ser quien era antes de tener casi 70 libras por encima del peso ideal y que hoy está sana y feliz.

Decidí que nadie más me va a lastimar. Esta soy yo y, si eso no le gusta a alguien, ¡pues qué pena! Porque hoy agradezco cada segundo de mi nueva vida, sin importarme nada más. Y si un pretendiente no lo entiende… quien pierde no soy precisamente yo. Así son las cosas ahora. • 

mariaantonietacollins @yahoo.com

@CollinsOficial

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