Estilo

Alexander McQueen revive

Diseños de McQueen en el Victoria and Albert Museum.
Diseños de McQueen en el Victoria and Albert Museum. EFE

“Soy un romántico esquizofrénico”. Así se definía Alexander McQueen y así es su universo creativo. Oscuro, onírico y barroco, el diseñador ha vuelto a Londres, la ciudad que le vio alcanzar el éxito, con una exposición que radiografía su brillante trayectoria, que acabó abruptamente con su suicidio.

En total son 240 piezas, entre accesorios y vestidos, que configuran un itinerario con paradas de sus diseños icónicos, como sus zapatos armadillos, o sus más arriesgadas propuestas, como un vestido hecho con conchas o una pieza pintada en directo por robots sobre la pasarela.

EL HOOLIGAN DE LA MODA

“Quiero que la gente tenga miedo de la mujer que visto”, dijo en una ocasión McQueen (1969-2010) y en cierto modo lo consiguió. Apodado el hooligan de la moda por su propio aspecto –cabeza rapada y botas militares– y su obra oscura y de corte transgresor, el diseñador inglés no dejó indiferente a nadie.

En su currículum chocan y confluyen dos Londres, el de la sastrería tradicional y clásica de Savile Row, donde se formó, y la capital europea vanguardista de Central Saint Martins, la escuela de artes inglesa en que forjó su obra y que cuenta en su nómina con creadores tan afamados como John Galliano, Stella McCartney o Lucian Freud.

“Tienes que conocer las reglas para romperlas. Para eso estoy aquí, para demoler las reglas y mantener la tradición”, solía decir el artista, cuyas colecciones eran esencialmente autobiográficas.

La exposición, expuesta en el Museo Victoria & Albert, Savage Beauty –abierta hasta el 2 de agosto–, devuelve al diseñador a su propia casa, a la ciudad que le vio nacer y que conoció, devastada, el anuncio de su trágica muerte.

BELLEZA SALVAJE

En la muestra se han dispuesto una decena de salas que acogen desde sus primeros trabajos, hasta la futurista Plato’s Atlantis, la colección que dejó inacabada y que finalmente remató su fiel amiga Sarah Burton, actual directora creativa de la marca que lleva su nombre.

En los primeros apartados se aprecia la característica subversión de la sastrería tradicional del diseñador, con una silueta que delimitarían desde el inicio la “mujer McQueen”: la cintura entallada y los hombros exagerados.

En las distintas estancias, se aprecia el peso del lado más oscuro de McQueen, que surgiría con especial fuerza en la colección Romantic Gothic, vertebrada en torno a un conjunto de trajes de inspiración victoriana adornados con plumas, accesorios de cuero y correas.

Su fascinación por la naturaleza y el mundo animal, aparecería, en cambio, en vestidos elaborados con cuernos, piel y cabello de animales; mientras que su tributo a sus raíces escocesas, se deja notar en piezas con típico estampado escocés, corte majestuoso y gran caída.

El apartado The Cabinet of Curiosities reúne las más excéntricas creaciones y diseños del universo McQueen, desde sombreros que simulan un enjambre de mariposas, a corsés hechos con columnas vertebrales, o sus afamados zapatos armadillo.

“El amor no mira con los ojos, sino con la mente”, solía decir McQueen, una frase tomada de Sueño de una noche de verano (Shakespeare), que se tatuó en el brazo y que da muestra de la compleja mente que dio a luz su evocador universo creativo.

ANTES Y DESPUÉS DE MCQUEEN

La obra de McQueen marcó un antes y después sobre la pasarela inglesa. Junto con John Galliano, está considerado una de las más innovadoras mentes creativas del cambio de siglo sobre la pasarela, o lo que es lo mismo, un genio que, con dedal y aguja, consiguió inventar cuando todo parecía inventado.

Sarah Burton, la diseñadora que ha continuado su legado al frente de la firma Alexander McQueen solía decir de él: “Creía en la creatividad y la innovación, su talento era ilimitado”.

Diseño, tecnología y espectáculo bailaban una compleja coreografía sobre la pasarela cuyo único objetivo era dotar a la mujer de una armadura tan combativa como onírica, con cuernos, plumas, conchas, huesos animales, pedrería o maderas.

Cambió también la manera de concebir los desfiles, donde antes solo había música y modelos andando, él incorporó hologramas en movimiento, robots que estampaban vestidos en directo o evocadores escenarios.

Uno de sus más impactantes y famosos desfiles fue VOSS, con una pasarela completamente recubierta de paneles de cristal, a medio camino entre una vitrina y un escaparate de tienda, por el que desfilan sinuosos vestidos realizados con plumas, tules y gasas, como el de Kate Moss.

Con una estética a medio camino entre el sanatorio y la jaula, las modelos se pasean, deambulan, tocan el cristal y miran a los atónitos espectadores con accesorios elaborados con pájaros disecados, plumas y ramitas de madera.

Como colofón final, en el centro de una caja de metal, deja al descubierto a una modelo medio moribunda y recostada en un chaisselonge. Un espectáculo que demuestra cómo McQueen fue capaz de construir uno de los imaginarios más poderosos de su tiempo.

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