Estilo

El maravilloso legado de una jardinera única

Atribuía su longevidad a “la jardinería y la leche de chiva”. Tasha Tudor, famosa fundamentalmente como ilustradora y autora de libros infantiles, al partir, casi a los 93 años, el 18 de junio de 2008, dejó un legado maravilloso que abarca artes plásticas, literatura, culinaria, diseño de ropas, artesanía, y por supuesto, jardinería, además de un largo etcétera en el que prima su sentido del vivir.

El documental que le hicieran en 1996, Take Joy! la muestra en sus 70 durante sus labores cotidianas con sus hermosas cabras nubias, sus gallinas, sus perritos corgi, su gato tuerto Minou, su periquito Capitán Pegler. Asombra la flexibilidad de esta señora al agacharse o arrodillarse a jardinear, y que se pasea descalza por sus predios en Marlboro, Vermont, donde reconstruyó el modo de vida rural del siglo XIX. Descalza hacía la jardinería para sentir la vibración de la tierra. Muchos hemos seguido ese consejo que además es un antídoto para las caídas; porque Dios hizo el pie, no el zapato.

De igual manera que de la leche de chiva elaboraba la multifacética jardinera un exquisito helado, con las yerbas aromáticas y los vegetales de su huerto confeccionaba Tudor recetas de platos, cremas, jabones, tés, velas y otros productos que aparecen en sus libros. Algunos de estos están a la venta en la página que mantiene su familia.

Su prolífica vida no le impidió tener cuatro hijos que prácticamente crió sola, pues su primer esposo no resultó un gran proveedor, ni muy compatible, por lo que la unión terminó en divorcio. Su segundo matrimonio tampoco habría de durar.

Nacida el 28 de agosto de 1915 como Starling Burguess, su nombre se convertiría en Natasha porque su padre, el ingeniero William Starling Burguess, adoraba el personaje de Natasha Rostova en La guerra y la paz, de Tolstoy. Sus padres se divorciaron cuando ella tenía apenas 9 años, y ella pasó al hogar de unos amigos bohemios, en Conneticut, lo que habría de contribuir no poco a su excéntrica personalidad. Su deseo de ser independiente iba al ideal de autosuficiencia de la vida rural del siglo XIX.

La realización de este ideal sería un largo proceso que comenzó cuando su trabajo como ilustradora le permitió comprar en 1945 una casona granja del siglo XVIII. Profesionalmente adoptó el apellido de su madre, Rosamund Tudor, quien gozaba de una gran reputación como retratista en Nueva York y de quien aprendió Tasha al observarla trabajar, ya que su educación profesional como pintora y dibujante se limitó a cortas estancias en la Boston Museum School of Arts y la Kensington School of Arts, de Londres.

A pesar de que su vida tuvo duros momentos, Tasha Tudor decidió “tomar las alegrías” de la vida y crear su propio mundo, apartada del ruido de la historia. Convencida de que había vivido en la década de 1830, siempre se vistió a esa usanza, y de esa época coleccionaba trajes, muebles, artesanía, muñecas... y llegó a diseñar vestuarios para Pierre Deux. Muchas de sus ilustraciones para más de 100 libros y de las más de 400 postales, calendarios y posters que diseñó siguen las ropas y costumbres de esos años.

Aunque en su cottage de Vermont había electricidad, ella prefería cocinar en su antigua estufa de hierro y usaba los utensilios que heredara de una tía abuela. Al igual que se inspiró en sus ancestros (algunos relacionados con grandes personalidades del siglo XVIII y XIX), ella se ocupó de inculcar a sus hijos y nietos el respeto por un pasado que, no sólo en su opinión, era ostensiblemente mejor. Sus hijas Bethany Tudor y Efner Holmes son también autoras e ilustradoras.

En la década de 1990 y del 2000, cuando Tudor pasaba de la edad del retiro, su fama y sus ingresos se vieron multiplicados fundamentalmente por la aparición de maravillosos libros sobre ella, uno escrito por ella misma, otros por Tovah Martin y por Harry Davis, con fotos de Richard Brown y Jay Paul. También hubo comparecencias en público y en televisión. Los nuevos encargos llovieron; pero también el correo y finalmente, los e-mails. Amante de una época en la que la vida en familia era el centro y razón de todo, tanta popularidad era una verdadera contradicción de términos, y ella misma puso fin a esa expansión, aunque por fortuna accedió a participar en dos filmes.

El primero, ya mencionado, la muestra tal cual, con la vista baja, pero orgullosa y feliz de la vida, de su vida, sin reproches ni soberbia. Un ejemplo para cualquier edad. En el segundo, ella lee una de sus historias navideñas, con sus personajes de Corgiville, inspirados en sus perritos, y es una delicia ver sus dibujos animarse en la pantalla.

Pero hay más, además de gran coleccionista de la época en que “había vivido anteriormente”, conservaba la tradición victoriana de las casas de muñecas, cuyos habitantes, que diseñaba y vestía, también serían protagonistas de sus historias. También adoraba las marionetas. Cuando sus hijos eran pequeños, todos los años la familia participaba en una representación teatral con estas.

El mundo de esta filósofa del jardín es algo que nadie debe perderse, y por suerte, no sólo ella escribió y pintó muchísimo, sino que los libros que le dedicaron son verdaderos tesoros en textos y fotos. Olvidaba decir que en Take Joy! se la puede ver accionando diestramente una marioneta con sus arrugadas y creativas manos.

Quiero cerrar con una anécdota que narra Davis en The Art of Tasha Tudor. Asombrado el autor ante los enormes cartapacios de esbozos de la autora, que desde sus 8 años hacía bocetos de la realidad circundante (sus hijos fueron sus modelos por muchos años), no podía creer que, como ella afirmara, todos fueran tomados directamente “de la vida real”. Descubre uno de un dinosaurio y se lo muestra triunfalmente, preguntándole: “¿Y este?”

Ella, sin inmutarse y muy en serio, le responde: “Muchas vidas”. !No en balde!• 

  Comentarios