Viajes

Las tardes de Beijing

Si un mes atrás alguien me hubiera preguntado cómo me imaginaba Beijing, mi respuesta habría sido un titubeo mencionando La Ciudad Prohibida, la Gran Muralla y una retahíla de información, casi todo sobre el país, pero no sobre su capital.

En mi imaginación Beijing era más una estadística que una imagen y la poca la visión estaba asociada casi siempre con la archiconocida foto de Mao y los afiches revolucionarios. Pero encontré una ciudad extremadamente moderna y funcional donde parecen convivir sin mucho conflicto el enjambre de rascacielos y los puestos de venta de fideos, los templos budistas, los viejos callejones comunales y los grupos de jóvenes que balbucean inglés y pierden sus horas frente a un ordenador en un café occidental.

Un mes atrás, yo pensaba que la modernidad y la vida nocturna eran patrimonio exclusivo de Shanghái. Para mi sorpresa Beijing es muchísimo más que ese lugar donde reside el gobierno chino.

En una tarde calurosa de verano, la calle del fantasma, en Beijing, está repleta de gente. No hay nada de fantasmal en este pedazo de ciudad cerca de la estación de Dongzhimen; el nombre es apenas reminiscencia de un antiguo mercado nocturno. No es sombría, sino todo lo contrario, hay centenares de gente buscando un espacio a lo largo de un kilómetro de sucesivos restaurantes: unos disfrutan cómodamente de aire acondicionado en restaurantes más lujosos, otros siguen expuestos al calor y el ruido, en plena acera. Aunque hay bastante tráfico, nadie parece molesto, ni siquiera interesado en lo que ocurre más allá de sus palillos en el restaurante o de su botella de cerveza y su banqueta plástica en la acera.

En la calle del fantasma de Beijing quien no está comiendo o bebiendo está esperando para comer o beber, y así, ininterrumpidamente, durante las 24 horas del día.

Al ponerse el sol las lámparas se encienden y todo es aún más rojo. Hay gente de todas las edades y bolsillos: langostas picantes que algunos deciden comer con guantes y camareros que vociferan la calidad del pato pekinés o la olla mongola. Hay quienes no van más allá de un refresco y una conversación.

La calle del fantasma es bulliciosa, como casi todo en la ciudad y el olor de la comida llega hasta el lado opuesto de la avenida. Allí están otro mundo y otra alma china: decenas de ancianos hacen ejercicios en un parque público guiados por un instructor, y otros prefieren estirar sus músculos hasta posiciones ridículamente difíciles; un poco más allá otro grupo, la mayoría mujeres, baila valses y música de los años 1950 con pasos de tango.

A unas pocas cuadras hay otro universo, silencioso, reservado y devoto. En el Templo de los Lamas, el más importante templo y monasterio budista tibetano fuera del Tibet no hay multitud ni ruido sino unas pocas decenas de fieles que luego de encender sus barras de incienso se postran frente al Buda de la Sala de la Armonía de Yong. El humo y el olor del incienso envuelven el aire de los patios y entran en los salones.

Una muchacha en jeans y altas plataformas se mueve de salón en salón musitando una oración más larga cada vez, para finalmente detenerse por larguísimo rato frente a la escultura de 26 metros de altura de Maitreya Buddha, el buda del futuro, esculpida en una única pieza de madera de sándalo en el Pabellón de las Mil Felicidades. Apenas termina, hace una llamada telefónica, mira hacia atrás como tratando de llevarse un último recuerdo del lugar y parte con paso seguro hacia la puerta.

En otro patio, una anciana se inclina frente a la escultura de Je Tsongkhapa, fundador de la escuela Geluk del budismo, en el Pabellón de la Ruedas de la Ley. Un monje se abanica, sereno, como en espera de una confesión; otro rocía agua sobre el piso para aplacar el polvo.

A esta misma hora de la tarde, en la gran explanada del parque olímpico un grupo de muchachos compite por los más difíciles giros en patineta, una decena de niños sigue las instrucciones de un profesor de atletismo a punto de perder la paciencia; hay vendedores de helados y de cuanta golosina y souvenir olímpico imaginable. Ahí está el famoso estadio nido de pájaro, con su enrevesado, hermosísimo rompecabezas de líneas de acero que forman un caleidoscopio de triángulos. Quizás porque este es uno de los pocos grandes parques gratis y no hay ningún evento deportivo, no hay turistas ni apuros, solo la gente de Beijing en su vida diaria. Frente al nido de pájaro, rodeado de árboles está el centro acuático, el llamado cubo de agua.

De vuelta al centro de Beijing, en Wangfujing, la más famosa calle de esta ciudad de 19 millones de habitantes, manadas de personas entran y salen de las tiendas occidentales; otros centenares suben las escaleras de enormes centros comerciales, restaurantes y cafés y otros ven la vida pasar en los quioscos de bebidas y helados a lo largo de la calle peatonal.

Hay mucha gente, como siempre en todas partes en China, pero el mayor bullicio está en el snack market, la calle lateral donde se venden aperitivos impensables para paladares occidentales: estrellas de mar, escorpiones, serpientes, cucarachas, arañas, abejas fritas; una verdadera delicia, dicen. En algunos casos los animales están vivos, solo esperando que el cliente los escoja para pasar a la sartén. Por supuesto hay muchas otras comidas: frutas, pescado, kebabs. Los chinos compran su brocheta de grillo y siguen a sus andares; algunos de los forasteros se arriesgan con algún insecto mientras sus amigos occidentales graban el momento histórico en cuanta cámara y teléfono existe.

No lejos del olor a aceite del mercado nocturno de Wangfujing queda la más imponente y famosa plaza pública de China, Tiananmen. Pero este lugar, a esta hora de la tarde, está casi vacío. Las más de cien mil personas que entraron a la Ciudad Prohibida ya se han ido, el Museo Nacional, el más grande del mundo, cerró las puertas y solo unas pocas decenas esperan para ver la ceremonia de bajar la bandera, un espectáculo que se repite, con mucho más público, al amanecer. Una vez que la bandera es recogida, la plaza queda prácticamente desierta, como estará por el resto de la noche, solitaria y ferozmente vigilada.

Y así será hasta el amanecer siguiente, cuando la larga e imparable fila para ver la tumba de Mao Zedong vuelva a poner movimiento en Tienanmen y Beijing se levante a vivir otro día de verano.• 

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