Viajes

 La magia natural de Cuenca

Los callejones de Las Majadas, en el parque natural de la Serranía de Cuenca.
Los callejones de Las Majadas, en el parque natural de la Serranía de Cuenca.

En este preciso instante, en cualquier zona del planeta constituida por rocas calizas solubles al agua, está en marcha el paciente proceso de disolución de la piedra, que esculpirá un inconcebible paisaje kárstico, denominado así por los geólogos y conocido popularmente como ciudades encantadas de roca.

Por eso no es necesario volar al espacio para descubrir un territorio fantástico. Basta con visitar la Serranía de Cuenca en el Parque Natural del mismo nombre, para ver una de las panorámicas más insólitas y caprichosas del mundo, asentada en la zona noreste de España, y que goza de protección institucional a la pureza de su morfología y biodiversidad.

Los contornos terrestres formados por rocas con formas ocurrentes, como setas gigantes o figuras mitológicas, son una obra arquitectónica que no solo actúa en la superficie, sino que horada los materiales calizos creando cuevas o grutas. Tanto el paisaje exterior, como el subterráneo, que resultan de este fenómeno espontáneo, son auténticas maravillas que se transforman en lugares de culto y admiración.

Arrimado a una cumbre de cima llana, conocida bajo el curioso nombre de la Muela de la Madera, se encuentran los Callejones de las Majadas, un sinfín de canales pétreos impresionantes, que conviven con los “tormos”. Este es el nombre que reciben las enormes rocas talladas por la acción del agua y el viento, que terminan luciendo formas desconcertantes, y que aparecen en las zonas que llevan más tiempo expuestas a la pulverización.

El camino que conduce al Parque Natural ya va desvelando sorpresas, sobre todo en otoño, cuando el paisaje se vuelve rojo incandescente debido a las tonalidades que adquiere el mimbre durante el proceso de secado, en la temporada de recolección. Desde hace siglos, Cuenca es una de las zonas de España especializada en el cultivo de esta fibra vegetal, tan estimada en la elaboración de muebles, capazos y otros utensilios decorativos, por la calidez y armonía que desprende. Esta época del año es el mejor momento para ver los campos en su máximo esplendor, y no hay nadie que se resista al hechizo visual de esta exhibición de la naturaleza.

Las Majadas son las hermanas menores de la famosa Ciudad Encantada conquense. El paseo a pie por los bordes de los profundos y laberínticos callejones, durante una ruta circular de tres kilómetros y medio, muestra recovecos fantásticos o antediluvianos que parecen retornados de culturas extinguidas, e incitan a la imaginación de todos los que se animan a disfrutarlo.

Para gozar de esta maravilla natural bajo un cielo azul nítido, los senderistas podrán dejar su vehículo en un aparcamiento, antes de comenzar el recorrido, señalizado con un centenar de postes de madera, que muestran la dirección a seguir cada pocos metros. En los caminos de piedra, el toque de color lo ponen el amarillo de la genista y el verde de la zarzamora al pie de los pedruscos, mientras que, a ambos lados de algunas sendas, se alza el arbusto endémico de esta serranía, la morrionera con flores de pétalos blancos y largos pistilos.

No sorprende que escenarios tan carismáticos encandilaran al mundo del cine y se convirtieran en escenarios de películas. La última que se rodó en esta zona, fue El mundo nunca es suficiente (The World Is Not Enough) (1999), de la saga del agente 007 dirigida por Michael Apted. En la escena, donde James Bond (Pierce Brosnan) va al encuentro de Elektra King (Sophie Marceau), responsable de la construcción del oleoducto de su padre en el mar Caspio, ella desciende de un helicóptero en medio de las setas pétreas de Las Majadas.

Después de respirar el aire puro de la montaña se antoja saciar el apetito, nada difícil gracias a las posibilidades que ofrece la zona serrana de Castilla-La Mancha, productora de platos contundentes, con nombres tan originales que motivan al forastero a adivinar con qué ingredientes están hechos. Entre los más típicos se encuentran el morteruelo, los zarajos, y las migas, que tienen en común a la carne de cerdo como materia prima. Otra elaboración gastronómica que se recomienda probar, es el ajoarriero, una combinación de patatas, huevo y aceite de oliva con ajo, tan deliciosa, que lleva siglos en el recetario conquense.

Los senderos de agua

La última edificación que se distingue, antes de emprender el recorrido por los parajes de agua, hacia el nacimiento del río Cuervo, es un restaurante que recuerda la casa de un leñador en medio del bosque, en el aparcamiento del Monumento Natural donde está enclavado el afluente. Transitar por esta ruta, apta para discapacitados, es una delicia mientras se escucha la melodía de las cascadas que se desprenden de las rocas más altas, y del viento que cruza entre pinares y acebos.

La zona está plagada de tilos, avellanos y bojes que conviven con las plantas rupícolas habituales de terrenos escarpados, donde habitan ejemplares de la ardilla roja, el gato montés, zorros, cuervos, zorzales o azores, conformando un ecosistema peculiar que no se encuentra en otra área de esta comunidad de la península ibérica.

Para llegar al nacimiento del río Cuervo, hay que caminar por una pasarela de madera, muy bien acondicionada, hasta llegar a la zona de pendiente ascendente de dificultad baja. La cercanía a las chorreras de aguas transparentes que relucen al sol y parecen de fábula, y los bonitos rincones que aparecen al paso, amenizan la excursión.

En invierno, los saltos de agua se congelan y se transforman en una atracción admirada por miles de turistas. Cualquier época es buena para visitar este paraje paradisíaco, siempre que se vaya con la indumentaria adecuada. Con un buen tramo escalado, sorteando las rocas húmedas y evitando el roce de la piel con las plantas trepadoras, se llega al origen del torrente, que brota entre los cantos cubiertos de musgo y las plantas acuáticas.

La naturaleza ha sido pródiga con Cuenca, tras los impactantes movimientos telúricos que sufrió el territorio hace siglos, dotándola de una morfología surrealista y algún que otro regalo, como el caudal de agua tibia y gran pureza que brota de sus entrañas, en el manantial de Solán de Cabras, que hoy en día se comercializa en más de 30 países en la simbólica botella azul, y es el enclave del balneario homónimo, que hace camino al río Cuervo.

Otro monumento natural imposible de eludir en esta excursión, son las hoces del río Júcar, bautizado en tiempos romanos bajo el nombre de Sucar, y que atraviesa tres provincias españolas, desembocando en el mar mediterráneo. Las verdes angosturas del Júcar se podrán disfrutar a 200 metros de altura, desde el Ventano del Diablo, un original mirador cuyo nombre por sí mismo impone respeto.

Quizás el imaginario popular percibió la figura del rostro de Satán en los agujeros del balcón pétreo, que parecen las cavidades de dos ojos, y el monolito que los separa, semejante al tabique de una nariz. Se cuenta también que el viento enérgico que atraviesa estas oquedades de piedra y los troncos del millar de árboles que pueblan las hoces junto al río, susurra al oído de quien se atreva a deambular por aquí de noche, que se lance al vacío.

Leyendas aparte, una excursión a este paraíso es la vitamina más potente que se pueda administrar al cuerpo. Una naturaleza en estado puro, entornos salvajes, y la arquitectura mágica diseñada por leyes de la propia tierra, donde no ha intervenido jamás la mano del hombre. Las casas rurales de la serranía de Cuenca invitan a pasar un tiempo lejos del mundanal ruido, facilitando la íntima comunión con todos los sentidos, en pleno siglo veintiuno.

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