María Antonieta Collins

¡Han muerto las postales de Navidad tradicionales! Todas se mandan por internet

Carmela hablaba directamente a tres tarjeteros hechos para colocar todas las tarjetas de Navidad.
Carmela hablaba directamente a tres tarjeteros hechos para colocar todas las tarjetas de Navidad. el Nuevo Herald

Si tuvieran que poner un epitafio seguramente que este diría: “Sabía que iba a pasar, pero no lo esperaba tan pronto”. Casi sobran las explicaciones. Apenas el año pasado les hablaba en este espacio de cómo cada día espaciaban las postales navideñas y que parecía una tradición a punto de desaparecer.

No he tenido que esperar más de 11 meses para ver lo que es un funeral anticipado. Carmela, que gobierna y conoce mi casa mejor que yo, está parada frente al colgador de sombreros de la entrada y le habla en voz alta.

De primera intención no sé de qué se trata, toda vez que la percibo enojada. Tanta era mi curiosidad que decidí acercarme a la sala a ver qué sucedía. Le hablaba directamente a tres tarjeteros, inmensos, para colocar todas las tarjetas de Navidad que llegaban a la vista y que permitían tener presentes a quienes se tomaban el trabajo de comprar o mandar a hacer una, y enviarla cuidadosamente dirigida y con su estampilla postal.

“¿No ve lo que pasa? Que apenas si han llegado tres tarjetas, cuando en otros tiempos para estas fechas ya no teníamos ni dónde ponerlas. Ah, y no crea que las que llegaron son de amistades, ¡no! Son dos de las que en otras épocas había que poner debajo de las que tenían nombres importantes, porque estas –menos importantes– eran las tarjetas de los bancos, o las asociaciones de caridad, y que a nadie le importaba si llegaban o no. Pues sépalo. Las que este año le llegaron son dos de esas, y solo una de un amigo constante que siempre las envía”.

Pensé que quizá Carmela estaba enojada adelantándose a algo que no sucederá: que ya no haya muchos que envíen una felicitación impresa por la Navidad, pero parece que me equivoqué. Y no soy la única. Voy a “Maribelle Day Spa” el salón de belleza que visito cada semana y, de pronto, en la vidriera donde exhiben en esta época del año todas las decenas de tarjetas que les envían las clientas, veo que el cristal está vacío… y que solo ¡hay tres!

¿Qué es lo que sucede? Pregunto mientras Jovana Echeverría, mi asistente, me responde rauda y veloz: “Que ya a nadie le interesa enviar postales. ¿Para qué? Si para eso están las redes sociales. Ahí es donde se pone todo, ahí mismo se saludan a otros y se reciben los “likes” que les hacen ver que lo que han puesto les gusta a sus amistades. Entonces, si alguien quiere felicitarse por Navidad y Año Nuevo, todo es más sencillo: se hace una tarjeta digital, se sube y ¡zas! Todo arreglado”.

Le digo: “¿Y qué pasará conmigo?” Me encantaba poner fotos de uno de mis animales de la casa, cada año uno de ellos era “mi poster boy o girl” gatos o perros rescatados de la miseria y maldad humana y convertidos en consentidos en una casa donde los aman.

“Pues, jefa, creo que se quedará con las ganas de encargarlas. Y a los animalitos póngalos en otro tipo de fotos. Por lo pronto, no le autorizo más el gasto en esas postales. ¿Para qué? Ya a nadie le interesan. ¿No ve que el correo ya ni cartas lleva a las casas? Todo lo importante se hace por internet. Así que ¿para qué poner dinero en algo que nadie toma en cuenta y que, al que las encarga, sí le cuestan?”

Me da inmensa tristeza escucharla, porque crecí en una cultura donde la importancia de una persona en la época navideña se basaba en la cantidad de amigos que le enviaban estas tarjetas que eran exhibidas con orgullo por aquellos que las recibían. Había que ser ingenioso para superar la del año anterior. Hoy me resisto a reconocer que ya no habrá más tarjetas navideñas, aunque haya recibido tres.

mariaantonietacollins@yahoo.com

@CollinsOficial

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