María Antonieta Collins

‘Nadie tiene derecho a humillarnos por nuestro aspecto hispano. Y no podemos quedarnos callados’

De mujer a mujer

María Antonieta Collins

Antonietta Collins y Griselda Ramírez durante una una asignación en República Dominicana para ESPN.
Antonietta Collins y Griselda Ramírez durante una una asignación en República Dominicana para ESPN. María Antonieta Collins

Estaba viendo en las noticias la historia de la actriz mexicana Adriana Fonseca, quien había sufrido discriminación en Los Ángeles al hacer un casting para un comercial y eso –contaba llorando– le había pasado por su aspecto latino. En eso sonó mi teléfono: Era mi hija, Antonietta, que estaba regresando de una asignación en República Dominicana para la cadena ESPN en inglés y donde trabaja hace tres años.

“Lo que hoy me ha pasado es inconcebible. Al llegar a Inmigración en Newark el oficial, al verme, de inmediato revisó mi pasaporte estadounidense y me sacó de la fila. Yo venía con Griselda Ramírez, mi productora, al igual que yo mexicoamericana, y volteé a verla y otro oficial se la llevaba a ella por separado. El hombre me decía que había algo en mi documento, que no creía que yo era la del pasaporte”.

Hablé con Griselda, nacida en Salinas, California, de padres mexicanos y quien comenzó a explicarme: “El oficial me preguntó que si viajábamos juntas. Le dije que sí, porque trabajábamos juntas. ‘¿En qué? En la televisión’. Con ironía me dijo: ‘¿Sí? Pues no te creo. ¿Trabajas en ESPN?’ ‘Sí’, le respondí. ‘No me digas, pues tampoco te creo. Muéstrame tu identificación’ ”.

“Estuvieron interrogándonos –me dice mi hija– y, al ver que no había nada fuera de lo normal, seguían diciéndonos que no creían la historia de que trabajábamos para ESPN”.


Le pregunté que en qué idioma hablaron, pues es lógico que ellos saben cuándo se habla un inglés perfecto como el de ambas. “Por supuesto que en inglés, mamá. El oficial, llamado Brian, de guardia el jueves 26 de enero alrededor de las 7 p.m., en Inmigración del aeropuerto de Newark, New Jersey, me dijo que si tenía fotos en el teléfono que se las mostrara. A pesar de verlas dijo que no creía que le estuviéramos diciendo la verdad”.

Mientras más me contaban estas muchachas la sangre se me iba subiendo a la cabeza, por la indignación. Les pregunté a ambas sobre lo que hicieron ante preguntas que estaban fuera de tono, toda vez que ambas son ciudadanas estadounidenses, criadas en Estados Unidos y con un perfecto inglés.

“Fue tal la intimidación –me dijo Griselda– que no supimos ni qué hacer, la forma en que nos habló nos dio miedo igual al que sentiría una persona sin documentos, temerosa de la deportación. Fue un sentimiento horrible, que nos paralizó, porque nunca imaginamos que alguien nos pudiera tratar así por nuestro aspecto”.

Antonietta siguió contando: “Era la sorpresa ante la prepotencia total, el coraje de que aquel hombre pensara que nuestros pasaportes eran falsos, que no era verdad que trabajáramos para ESPN y que era mentira que nuestro oficio era en la televisión en inglés. El oficial Brian usó su poder para menospreciarnos, como seguramente lo hace con hispanos como nosotras, a los que quién sabe qué cosas les haga, al menos eso sentimos”.


Les dije a las dos: “¿Deportarlas? ¿Adónde? ¡Este es su país! ¿Adónde las van a mandar? ¿Se quejaron y pidieron a un supervisor?”

“No, ¿cómo hacerlo si teníamos miedo de lo que este hombre pudiera hacer? Era lógico que nos discriminaba por nuestro aspecto y porque podía hacerlo. Yo no viajaba arreglada como en televisión, ni como me veo en el pasaporte, pero todo sucedía por nuestra apariencia mexicana”. Las regañé y muy fuerte. Les dije que si había una próxima ocasión quien les dijera “misa” no iba a ser un racista oficial de inmigración, ¡sino yo misma y por haberse dejado ofender!

“Ustedes no son más que nadie. ¡Pero tampoco menos que nadie! Por tanto, nadie tiene derecho a humillarlas y mucho menos dentro de todo lo que estamos viviendo. Si eso sucede en Inmigración, malo para el oficial, al que hay que tomar nombre y apellido y reportar de inmediato pidiendo la presencia de un supervisor, no importa que no hagan caso, lo más importante es no quedarse callado. No podemos silenciar nuestra voz. Callar es otorgar. Así que pase la voz.

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