María Antonieta Collins

¿Recuerda cuando volar era un placer?

Cómo viste la mayoría de los jóvenes para un vuelo.
Cómo viste la mayoría de los jóvenes para un vuelo. Getty Images/iStockphoto

La aplicación en mi teléfono me hizo ver algo que me alegró de inmediato: el millaje que he volado por trabajo en los primeros seis meses de 2017: sobrepasé las cien mil millas, aunque también vino a mi mente eso otro a lo que todos los pasajeros nos enfrentamos cada vez que volamos: la pesadilla de que nos toque al lado durante un viaje, un malhumorado o peor aún, algún grosero y amargado –sin excusa de género– compañero de viaje.

He estado sentada largas horas junto a todo tipo de personajes, que con solo verlos los detecto. El primero es aquel que llega malhumorado a sentarse y que, en vez de saludar, solo lo miran a uno, mientras (si es que una viaja en el pasillo y ellos en la ventanilla) avientan por encima de mala gana su equipaje de mano, bajo peligro de golpearle a una la cara.

De ahí, acto seguido, solo con la mirada y sin pronunciar palabra, señalan que el asiento de al lado es el suyo y que van a pasar. ¿Acaso no pueden decir: “Permiso, por favor que voy a pasar a mi asiento”? La respuesta es no. Entonces los personajes se acomodan como en sillón sin dirigir una sola mirada a quien tienen al lado.

“Rude” les dicen en inglés, “grosero, falto de modales, pedante” se les puede decir fácilmente en español.

Estos personajes son más comunes de hallar de lo que se imagina. Al observarlos sentados codo a codo conmigo he reflexionado: ¿Cómo será su vida en casa? ¡Un martirio por seguro! ¿Cómo tratará a su familia, o cómo lo tratan a él? Seguro que muuuy mal. ¿Qué pueden enseñarles a sus hijos o nietos? Nada bueno. Son solo malos ejemplos, porque no hay manera de pensar que podrían dar lecciones de cortesía, de generosidad, de conducta cívica.

Me decía otro pasajero al que le tocó un compañero de asiento así: “Lo peor, y poniéndonos fúnebres, es que esta gente mal educada y egoísta no se da cuenta de que, si hubiera un accidente en este avión, esa persona al lado bien, o puede salvarle la vida, o ya fatalistas, con esas personas a las que ni siquiera se dignó saludar cortésmente es con las que le tocarán sus últimos minutos de vida”.

¡Ah, caray! Sabia reflexión en la que no había caído en cuenta. Tiene toda la razón. Pero mal educados en vuelo hay más. ¿Qué tal el que entra con la comida que acaba de comprar para tomarla en pleno vuelo? Resulta que el aroma que sale de aquella caja plástica es tan fuerte que es ofensivo para otros, pero eso no les importa. Y sigue comiendo tan campante como una lechuga recién rociada en el supermercado.

¿Recuerda las antiguas crónicas de sociales en los periódicos locales que hace décadas reseñaban cuando “fulano y fulanita” salían de viaje en avión y las fotos mostraban a familiares y amigos que los iban a despedir al aeropuerto? Los viajeros iban con sus mejores galas. Eso quedó en la prehistoria.

Ahora hay que ver la forma en la que la mayoría de los jóvenes visten para un vuelo: mientras menos ropa mejor, y en las salas de espera de un aeropuerto, una puede adivinar como se comportarán al abordar el avión.

Lo demás es como dice un amigo mío: “Hoy en día volar es ver ‘de todo como en botica’”. Está bien –añado– no hay que ser comité de bienvenida en un avión, pero al menos dé los buenos días a quien esté a su lado, que, a fin de cuentas, ni durmió con él ni sabe si le tocará morir a su lado, y los buenos modales no hacen daño a nadie.

mariaantonietacollins@yahoo.com

@CollinsOficial

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