María Antonieta Collins

¡No me digas que no sabes quien soy!

Nada más terrible que estar en un lugar muy concurrido y encontrar a alguien que nos diga: ‘¿A que no sabes quién soy’.
Nada más terrible que estar en un lugar muy concurrido y encontrar a alguien que nos diga: ‘¿A que no sabes quién soy’. adiaz@miamiherald.com

No hay quien se haya salvado de esos personajes pérfidos que, llenos de confianza en sí mismos y arrogancia, pretenden ser recordados por todo el mundo, no importa si tuvieron mucho o poco contacto con nosotros ni si desde la última vez que nos vieran han pasado ¡una o dos décadas!

Se los encuentra uno por todas partes, especialmente en fiestas o restaurantes donde se especializan en ponerlo a uno a descifrar de quién se trata y eso se mete en el cerebro como si fuera la pieza perdida de un rompecabezas que hay que terminar antes de ir a dormir.

Me ha sucedido en las últimas dos semanas. El primero era un visitante al edificio de noticias de Univisión. El hombre me saludó con cierta familiaridad que he aprendido a reconocer, pero, por más que traté, mi habilidad de reconocimiento no funcionó.

El caballero se dio cuenta y amablemente me dio sus datos. “Como creo que no te acuerdas de mí, déjame decirte que trabajábamos en el mismo sitio en México en 1974”.

No soy buena para las matemáticas, pero de inmediato hice la operación y pensé: ¡Han pasado 40 años y ni él ni yo creo que luzcamos igual! Por más que lo intenté, no pude recordarlo.

La realidad es que fue amable y tal y como debe ser, no me acorraló contra la pared, dándome por lo menos los datos que quizá me llevaran a recordarle. Un caso totalmente distinto de la mayoría de las personas que lo encuentran a uno y le hacen sentir, no mal, sino terrible, y además, a las puertas de la demencia senil por no saber quiénes son ellos.

La otra noche estaba en un restaurante con mi hija Antonietta cuando se me acercó una persona que sin más, me lanzó a bocajarro la pregunta consabida: “¡No me digas que no sabes quién soy yo! Me quedé mirándola como a un extraterrestre”. De inmediato le respondí: “¿Cómo crees que no te voy a reconocer? ¡Claro que sí!”

En el intervalo, creo que mis neuronas trabajaban a mil por segundo buscando en mis registros encefálicos un rastro de aquel personaje, que de pronto exclamó: “Si no me reconoces, quiere decir que he cambiado mucho y para mal”. Le dije que por supuesto no era así y que, si de inmediato no le reconocí, fue porque no veo bien de noche, algo que es cierto.

Luego de un cruce de frases neutrales donde creo que no se dio cuenta de que no recordaba de quién se trataba, me despedí y salí de ahí furtivamente.

Antonietta, muy seria, me dijo: “Estoy segura de que si te pregunto su nombre no sabes quién es. Le dije que tenía toda la razón. “¡Mamá!, pero fuiste tan familiar que parecía que sí le recordabas”.

La saqué de sus dudas y le dije que no tenía la menor idea de quién se trataba.

Todo esto me lleva a un momento en que pienso que a veces con los años, esos crucigramas mentales que nos hacen los extraños para reconocerlos, no debieran ser.

Tendría que estar abolido por las buenas costumbres, el decir: “¿A que no sabes quién soy?” “A ver, ¿cómo me llamo?” “Dime que si te acuerdas de mí” y darles cadena perpetua de aislamiento a quienes cometan ese horrible pecado.

Porque he sufrido mucho y, con el paso de los años cada vez más, es que antes que otra cosa, tomo precauciones y, aunque yo conozca a una persona, siempre digo: “No sé si me recuerdas, soy fulanita de tal”. Es gratificante escuchar: “¡Cómo no voy a recordarte! Cuando esté en la misma situación, piense en esta columna y en un básico razonamiento: nadie tiene obligación de saber quiénes somos ni tampoco de recordarnos; preséntese usted mismo. ¡Créame que se lo van a agradecer!

mariaantonietacollins@yahoo.com

@CollinsOficial

  Comentarios