María Antonieta Collins

Limosnero y con garrote

‘Gracias por ayudarme –dijo el mendigo–. Solo quería ver de qué forma podía comerme una sopa como esta que anuncian’.
‘Gracias por ayudarme –dijo el mendigo–. Solo quería ver de qué forma podía comerme una sopa como esta que anuncian’. AFP

El título de película mexicana de los años dorados en el cine azteca, con aquellos cómicos, Viruta y Capulina, queda a la perfección para la historia que les voy a contar. Estaba comiendo con dos amigos a la hora del lunch en un pequeño restaurante cercano a la oficina, cuando de pronto, y mirando hacia la calle, veo que un hombre de aspecto humilde y en una silla de ruedas, trataba a toda costa de entrar en el lugar.

No podía abrir la puerta por razones obvias, y sin pensarlo dos veces me levanté de la mesa y salí a ayudarlo. Al verme comenzó a llorar agradecido por mi acción. Me desconcertó y sorprendió su actitud que parecía sincera mientras hablaba sollozando.

“Gracias por ayudarme. Solo quería ver de qué forma podía comerme una sopa como esta que anuncian que venden en este lugar”, dijo señalando una foto en la vidriera de entrada.

Miré la foto de propaganda que mostraba una humeante sopa de mariscos, acompañada de un arroz y ensalada. Aquello que pedía el hombre me llegó al corazón.

“No tengo dinero, pero tengo hambre”, dijo.

No esperé a escuchar más. Le dije que entrara y yo le pagaría su almuerzo. Como pude sostuve la pesada puerta de entrada para que aquel pordiosero entrara al sitio con su silla de ruedas y fuera a que le dieran la comida que tanto quería, al tiempo que le hice señas a la mesera de que yo pagaría el consumo.

Al regresar a la mesa con mis amigos, les expliqué lo que pasaba, y mi amigo dijo que de ninguna manera yo pagaría, que sería él quien pagaría su almuerzo. De pronto, el hombre, al recibir la comida pagada ya, vino a agradecer el gesto, y sin más, acomodó su silla de ruedas en nuestra mesa, hablando incoherencias de todo tipo y, peor aún, sin importarle importunar a tres desconocidos que no le habían requerido.

Allí estuvo por más de quince minutos, mientras nosotros prudentemente, soportamos todo lo que decía, algo que por supuesto acabó con la plática del almuerzo. No sabíamos qué hacer, pero no nos atrevíamos a pedirle que se marchara, ya que sentíamos pena por él.

Cuando en el restaurante se dieron cuenta de lo que sucedía, y conociendo al mendigo –que aparentemente hace lo mismo en todos los negocios del centro comercial– la mesera que nos atendía se acercó amable para pedirle que saliera, y se fue.

Media hora después, salimos, sin sospechar la desagradable sorpresa que nos aguardaba. Apenas me vio, el mendigo comenzó a gritar a todo pulmón todo tipo de improperios: “Esa mujer, esa –decía mientras me señalaba–, es una mujer mala”.

Molesta, le reclamé ser tan malagradecido, ¡si yo lo había ayudado a entrar y había sido la primera en ofrecerme a comprarle la comida que tanto quería! Su respuesta me dejó helada.

“Lo hago porque se me pega la gana”. y comenzó a gritar más fuerte para que todos lo escucharan… “Esta mujer –y repetía mi nombre a todo pulmón– es mala y, además, ¡qué fea es! ¡Fea, eres fea!” La gente que pasaba y lo oía no entendía si yo lo había insultado o qué sucedía. “¡Ay mi madre! –pensé–, en la que me metí por haberlo ayudado. Mis amigos que tampoco entendían, trataron de hacerlo entrar en razón; pero aquel hombre, desquiciado, seguía gritándome improperios de todo tipo. Nos subimos rápidamente a mi auto y nos marchamos con ese mal sabor en la boca ante algo inexplicable: haber tratado de ayudar a una persona en desgracia resultó en aquella andanada de insultos. Sin lugar a dudas, ese era un “limosnero y con garrote” pero que no cambiaría nuestra forma de dar a quien no tiene nada.

mariaantonietacollins@yahoo.com

@CollinsOficial

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