María Antonieta Collins

Si amas a alguien, nunca lo dejes ir

‘¿Cuándo le vas a pedir que sea tu novia?, le preguntó el papá.
‘¿Cuándo le vas a pedir que sea tu novia?, le preguntó el papá. MA Collins

La plática en casa de mi hermano en la capital mexicana era usual. Cría a sus hijos a la vieja usanza. Raymundito, el menor, desde que nació ha sido su gran amigo, en verdad. Cada noche, antes de ir a acostarse el niño convive con la familia que está presente después de la cena –guardan juegos y el iPad–, y se cuentan lo importante que ha pasado en el día.

La otra noche, como tía, yo era parte de aquella plática que, de pronto, me hizo recordar que el amor comienza a temprana edad; y, para muestra un botón, porque Raymundito tiene solo nueve años.

“Papá, tengo algo que contarte: tengo novia”. Todos nos quedamos boquiabiertos. “¿Cómo es eso?”, dijimos todos a coro, y ahí comenzaron las explicaciones. “Sí. Es una niña que me gustó desde que entramos a clases”. El niño no se inmutó ante nosotros y el padre preguntó: “¿Qué fue lo que lo te flechó de la niña?”

Los ojos de mi sobrinito se iluminaron al describirla. “Me gustaron sus ojos cafecitos, cafecitos claros, y su pelo que es como muy rubio y largo”.

Aquello me dejó atónita. “Como ella, yo, y varios más somos compañeros del mismo salón de clases, un niño que se dio cuenta, vino y me dijo: ‘Ah, ¡ya los caché! ¡Ustedes son novios! y yo le respondí que no. Que eso no era verdad, porque eso no era cierto”.

El relato me atrapó y le pedí que siguiera contando. “Otro amigo, también del salón de clases al que yo le había contado que esa niña me gustaba, es muy buena persona y me dio consejos”.

En este punto ya no sabía ni qué hacer y me limité a escuchar. “Me dijo: ‘Mira, a las niñas hay que decirles a todo que si’”.

Mis ojos se abrieron como platos por el asombro.

“‘Además –siguió diciéndole el asesor sentimental–, dile que te gusta todo lo que ella dice y hace’. Y yo lo puse en práctica enseguida”.

Resulta que el objeto de tan temprano amor y mi sobrinito estudian en el mismo salón del tercer año de la escuela elemental, la primaria, le dicen en México.

“Como nos sentamos muy cerca, ella exactamente delante de mí, nos toca hacer trabajos en equipo, y cuando ella me preguntó: ‘¿Qué colores vamos a usar, los míos o los tuyos?’ Yo le respondí: ‘Mejor dibujemos con los tuyos, porque son más bonitos, además son mejores que los míos’, y eso le gustó”.

¡Ay, mi madre! Dije en voz alta, pero faltaba lo que hoy es una declaración formal. “Entonces, cuando la maestra salió un momento del salón aproveché para decirle: ‘Oye, me gustas’. Ella se volteó y me dijo: ‘¿Cómo?’ Y enseguida me dijo que yo también le gustaba”.

“¿Y entonces? –preguntó mi hermano–. ¿Cuándo le vas a pedir que sean novios?” Raymundito respondió convincente: “No, papá. Nosotros ya somos novios”.

“¿Cómo es eso? –preguntamos casi a coro. Y él, sin inmutarse, respondió–: “Mi amigo me dijo que si ella me había dicho que yo también le gustaba, eso era ya ser novios”.

¡Madre de Cristo! ¡Los tiempos modernos! He omitido el nombre de la dulce Julieta para no dañar tan temprano amor. Pregunté al cándido Romeo: “¿Y cuántos años tiene la niña?” “¡Ella es menor que yo! –dijo orondo–. Tiene ocho años”. Y escribo esta columna que, dentro de algunos años, le recordará a que edad surgió su primer amor. ¡Si ese amor de la infancia nos durara siempre!

mariaantonietacollins@yahoo.com

@CollinsOficial

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