María Antonieta Collins

Los desconsiderados en las colas

Al hacer una línea, sea en el banco o donde sea, lo primero es respetar los derechos de los demás.
Al hacer una línea, sea en el banco o donde sea, lo primero es respetar los derechos de los demás. the Miami Herald

Últimamente me sorprende ver que he estado en dos pleitos en las colas en menos de tres semanas. Esta vez se trataba de una larga línea en un banco, mientras todos los que estábamos allí esperábamos con la paciencia del profeta Job para poder llegar a una cajera y cobrar el cheque.

El asunto no era el poco personal del banco para tantas personas, sino lo que sucedía entre los que esperábamos. Mientras avanzaba lentamente aquella cola, de pronto, quienes estábamos hasta el final, con 14 o 15 personas adelante, nos dimos cuenta de que aquella línea no avanzaba por una sencilla razón: había una mujer hablando por teléfono con alguien y el espacio que había entre ella y el próximo era enorme.

Una de las personas que esperaba, cortésmente le pidió que avanzara para que los demás pudiéramos hacer lo mismo. La respuesta de aquella mujer fue inesperada. Primero, ni siquiera se molestó en dejar de hablar para atender a quien amablemente le hacía una petición. Solo cuando decidió dejar de hablar por teléfono comenzó aquel capítulo de programa cómico.

“¿Y quién te piensas que eres para interrumpir una plática de teléfono y que yo te responda?” Ella le respondió a la señora, que gentilmente le pidió que avanzara, de forma irrespetuosa y a gritos. La señora le respondió: “Señora, lo único que yo le estoy pidiendo, es que avance y tenga consideración con quienes esperamos detrás de usted”.

La respuesta enfureció más a la mal educada que seguía sin avanzar. “¿Y adónde creen ustedes que van a ir si yo me muevo? ¿Van a llegar más rápido a que los atiendan? ¡Fíjate que no! Para que los atiendan a ustedes me tengo que ir primero yo, y eso no va a suceder porque me quede parada esperando mientras hablo por teléfono!”

Los que escuchábamos aquella plática surrealista y sin el menor dejo de vergüenza en aquella mujer egoísta, nos dejó boquiabiertos y mirándonos los unos a los otros. “Si yo me muevo o no eso no hará que los cajeros trabajen más rápido.

La mujer, seguía en su perorata, mientras todos la observaban. No pude más y salí en defensa de la educada clienta de aquella cola que intentó conminarla a la compasión por los demás.

“Señora –le dije–. Aquí nadie quiere pasar por encima de nadie. Pero, ¿se ha puesto a pensar en que avanzar aunque sean dos pulgadas en una cola, significa un alivio para quienes esperan?

Entonces me respondió de forma muy grosera: “No, no pienso en eso, porque bastantes colas tuve que hacer en mi país. Lo de aquí no es nada. Aquí cuando mucho son 20 minutos, media hora; en cambio, allá era asunto de horas”.

Le dije que se trataba de considerar a los demás. Mientras esto sucedía la mujer continuaba deteniendo el avance de la fila que ya era muy larga. “¿Y qué van a hacer? ¿Saltar por encima de mí?”, dijo desafiante.

Por supuesto que nadie hizo nada. Estábamos ante una persona sin el mínimo sentido de educación, aunque los demás comenzaron a censurarla, sin que eso hiciera mella en ella. Y siguió hablando por teléfono, como si disfrutara viendo nuestro enfado. Por fortuna, la llamaron y, como por arte de magia, la cola avanzó y nos dejó reflexionando: Por favor nunca piense: “Comiendo mis dientes, qué me importan mis parientes”.

mariaantonietacollins@yahoo.com

@CollinsOficial

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