María Antonieta Collins

El amor a los nueve años: ‘Te amo hasta el infinito’

‘Te amo, te adoro... más que al infinito’.
‘Te amo, te adoro... más que al infinito’. AP

Mi hermano Raymundo me cuenta que mi sobrinito, de solo nueve años sigue enamorándose de sus compañeritas de salón.

“Me dijo: ‘Oye, papi, tengo nueva novia’. ‘¿Qué paso?’, le respondí. ‘Nada, que nos mandamos recaditos’. ‘Ah, pues vamos a guardarlos. ¿Te parece?’ Pronto llego con los recaditos perfectamente doblados en forma minúscula”. Raymundo padre decidió guardar los mensajes de amor de su hijo de nueve años en una cajita.

“Me dio risa porque las generaciones han cambiado. A mí la primera vez que me gustó una niña fue a los seis años y me rompí la cabeza para llamar su atención haciendo malabares físicos. Hoy los niños son más inteligentes. En vez de hacer cosas que los puedan herir, lo arreglan todo escribiendo mensajitos en la escuela”.

La curiosidad me picó y pedí ver la cajita plástica con el tesoro literario que seguramente dentro de una década hará reír a Raymundito. Los mensajes vienen en pequeños pedazos de papel de dos pulgadas por dos, es decir un cuadrado cortado con las tijeritas de su enamorada.

“Te amo” dice uno. “Te adoro”, dice otro letras naranja. Uno más grande es la respuesta a algo que seguramente dijera el niño: “Yo más que al infinito”.

La tos me ganó. Pregunté la edad de ella y también tiene nueve años, lo que no la inhibe para dar rienda suelta a unas emociones muy definidas. Otro mensaje convenció a mi sobrino por si las dudas: “Eres el mejor novio el mundo”.

¡Madre mía! Dije al leer ese y otro: “Te amo más que a las galaxias”.

Pregunté entonces si la niña gusta de la astronomía por aquello de las galaxias.

“Noooo, tía, es que estábamos hablando de Star Wars”, me dijo el adorable Romeo.

“Te amo 1000%”” me dejó en claro que la chiquilla va bien en matemáticas porque escribe las cifras correctamente. Otro pedazo de papel azul tenía una corta respuesta: “Yo más”.

“Es que, si yo le pongo que la quiero cada vez más, ella me dice que mucho más, y así estamos subiendo y subiendo la cantidad de lo que nos queremos. Ella ya le dijo a su mamá que tiene novio y su mamá le respondió que no había problema. En mi tiempo me hubieran castigado tres meses sin salir más que a misa. Pero no todo es miel sobre hojuelas.

“Con mi anterior novia –dice Raymundito– todo salió mal por una mentira. Ella tiene un informante que se sienta dos o tres lugares detrás de mí y le dijo que pensaba que yo la estaba engañando con otra niña; yo le dije que no, pero no me creyó. Me dijo: ‘Entonces terminamos’. Y le respondí: ‘Está bien, terminamos”.

Raymundito, que es como un adulto chiquito, muy caballeroso, me deja boquiabierta. “Me gusta mi actual novia porque me manda papelitos, la otra nunca. Mi novia me pide que comamos juntos en el recreo. Es muy diferente a la otra. Compartimos lonchera”.

No sé como no solté la carcajada ante la ingenuidad y belleza de un alma sin contaminación que cuenta la historia sin alterarla, tal y como la está viviendo. El problema no es lo que diga la mamá. Mi hermano tampoco dice nada, solo se ríe de las ocurrencias y las anécdotas que le cuenta su hijo. Al final, cuestioné al padre: “¿Qué piensas? “

“Me da risa, ¿qué más me puede dar? No es un tema tan profundo. Son solo niños. La niña es la hija menor de una familia donde los hermanos ya van a la universidad y no imaginan a la pequeña de la casa escribiendo mensajes al novio. ¿A qué edad a ti te gustaban los niños?”

Le respondo que como a los 12, y recuerdo que me encantaba mandarles recaditos en el catecismo, hasta que mi hermana interceptó una de las misivas, se la dio a mis padres, y el castigo que me dieron en casa, la recuerdo aun hoy. “¿Y entonces? Es solo que los niños de hoy son más adelantados”.

mariaantonietacollins@yahoo.com

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