María Antonieta Collins

Disfrazados, pero honestos y solidarios

‘En época de declaración de impuestos las cosas son buenas y gano buen billete; una oficina contable nos contrata para que nos vistamos como la Estatua de la Libertad’.
‘En época de declaración de impuestos las cosas son buenas y gano buen billete; una oficina contable nos contrata para que nos vistamos como la Estatua de la Libertad’. AP

Hablaba con uno de nuestros camarógrafos de algo que acabo de ver camino al trabajo y que me ha indignado. Se trataba de un hombre, vestido de pescado. Sí, escribí bien: de pescado. Y su atuendo era para atraer clientes al negocio que lo contrató. Y que era una pescadería localizada dentro de un centro comercial. El personaje estaba de pie, al borde de la calle y hacía señas a cada automovilista que pasaba para atraerlos a comprar en la pescadería.

Como había mucho tráfico, los jóvenes que ocupaban el auto que iba delante de mí, comenzaron a burlarse de aquel humilde trabajador y hasta le hicieron señas groseras. Eso me provocó profundo enojo, a tal grado que apenas pasé por donde estaba, con tráfico y todo, me estacioné para pedirle disculpas por los insensibles que lo habían ofendido.

“No se preocupe, señora, usted no puede imaginar lo que hay que soportar dentro de estos disfraces durante horas, ni las cosas que la gente nos grita. Este no es el primer trabajo que hago disfrazado; de hecho, tengo varios al mismo tiempo. Mire, en épocas de declaración de impuestos las cosas son buenas y gano buen billete, porque hay una oficina contable que nos contrata para que nos vistamos como la Estatua de la Libertad. Y entonces paso de la pescadería o de andar con carteles que anuncian planes telefónicos, a pararme a pleno sol vestido de Estatua de la Libertad para que los ciudadanos se animen a declarar sus impuestos en la oficina que me contrató. Por ahora, recién llegado como estoy a esta ciudad, es la única forma que tengo de ganarme el pan”.

El camarógrafo guardó silencio. “Te escuchaba –dijo– porque confieso que, cuando llegué a Miami, no conocía a nadie y no tenía un centavo. El primer trabajo que tuve fue en una campaña política cargando letreros de apoyo a un candidato de Hialeah. A pleno sol, con lluvia, como fuera, yo llevaba por todas partes un letrero que apoyaba a determinado candidato y me pagaban por el día trabajado. Me sucedía de todo. Un día, los de la campaña del contrincante de aquel, se acercaron a quienes hacían el mismo trabajo que yo, pero de otro candidato, y les llevaron comida. Yo solo miraba, hambriento, pero resulta que los ‘colegas del mismo oficio’, es decir, los otros propagandistas políticos se dieron cuenta de que yo no había comido y me ofrecieron comida. Acepté de inmediato. En conclusión, éramos rivales en el mundo de los anuncios políticos, pero, a la hora de compartir la comida, fueron muy solidarios”.

Una compañera del departamento, entra en la filosófica plática en la que pedíamos respeto para un oficio tan incómodo.

“Bueno, está el que se viste de Estatua de la Libertad, otros se visten de pollo para anunciar restaurantes de comida rápida; otros no se visten de nada, pero deben bailar con un cartel que anuncia un sistema telefónico barato. Me río con el que baila, por lo divertido que es y porque pone al mal tiempo buena cara, pero jamás me burlo de quienes ganan el dinero honestamente”.

Honesta y difícilmente, porque debe ser terrible no poder trabajar en otra cosa que no sea dentro de un disfraz, a veces con altas temperaturas en nuestra ciudad. Lo único que les pido a quienes tienen la fortuna de no vivir de ese oficio es lo siguiente: cuando vea quienes trabajan disfrazados en la calle, no se burle; por el contrario, salúdelos, que también nos hacen agradable el camino.

mariaantonietacollins@yahoo.com

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