María Antonieta Collins

Con una madre como esa...

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La escena fue tan desagradable e impactante que no tuve más remedio que escuchar lo que pasaba y escribir esta columna que nos sirve a todos.

El vuelo de Miami a Dallas estaba demorado más de una hora, lo que acortaba el tiempo para tomar la siguiente conexión.

Cuando finalmente llegamos a Dallas la desesperación embargaba a todos los que teníamos que tomar el siguiente avión. La mayoría comenzamos a hacer planes. Del equipo de tres personas, Jorge Álvarez el camarógrafo, Cynthia Oviedo la productora, y yo, mi humanidad era la que más cerca estaba de la puerta del avión.

Como ya lo tenemos programado, en esa eventualidad a mi me toca salir corriendo —gracias a Dios el ejercicio diario me mantiene en forma— y mientras corro al siguiente avión la rutina es llamarles por teléfono para informarles cómo está el camino.

Estaba preparándome para la carrera cuando escuché a una mujer a unos cuantos pasajeros hacia atrás decir a voz en cuello a sus hijos:

“¡En este momento ustedes dos corren y empujan a quien tengan al frente, así tengan que pasar por encima de Dios! ¡Los quiero afuera del avión corriendo hacia la puerta donde está nuestro vuelo! ¿Me entendieron?”.

Era una madre joven de dos muchachos, una niña de unos 12 años y un niño como de 14 que escuchaban las insólitas instrucciones de quien debiera enseñarles otra cosa.

“¡Como si tienen que tirar al piso a quien sea! ¡Como si el que está en medio es un cojo o alguien en silla de ruedas! ¡Solo importa que no perdamos el próximo avión!”.

Me quedé atónita. La plática era totalmente en español. Volteé hacia la madre aquella mientras uno de sus hijos le preguntaba en español, por lo que los pasajeros anglos no entendían absolutamente nada, mientras los hijos la estaban cuestionando.

“Pero... ¿si no nos dejan pasar? ¿No ves que hay una fila delante de nosotros que también tiene prisa en salir?”.

“Óiganme bien: ¡me valen muy poco lo que piensen los demás! ¡Aquí lo único que importa somos nosotros y el dinero que pagué para estas vacaciones! ¡No me interesa si alguno de ustedes tira a alguien y se cae y se rompe el pie! ¡Ustedes salen corriendo y hacen lo que estoy ordenándoles!”.

No pude más y abrí mi boca.

“Señora, —le dije— ¡qué vergüenza escuchar lo que usted está diciéndole a sus hijos! ¿Cómo es posible que les ordene comportarse como trogloditas pasando por los pasajeros sin importarle si hieren a alguien en su tropel?”. La mujer aquella me miró como si tuviera puñales que quisiera clavarme. No me importó y como estaba atrapada detrás de mí tuvo que escucharme.

“Por personas como usted pasan las cosas malas que estamos viviendo y luego queremos que los hijos entiendan que la violencia y la mala educación y la falta de respeto al prójimo es algo que se enseña en casa”.

Aquella mujer tan “valiente” no contestó nada a mi discurso. ¿Por qué no enseñarles a estos niños que pidiendo las cosas por favor y explicando cortésmente a otros su urgencia lograrían más cosas que arrollando a ancianos y enfermos que tengan la mala suerte de estar en su camino? ¡Que pena oír sus instrucciones!

En ese momento se abrió la puerta del avión y nos permitieron salir. Paré mi discurso y me fui corriendo, huyendo de aquella madre energúmena que nos hace pensar: ¿Por qué somos violentos e irrespetuosos si eso es lo que enseñamos a nuestros hijos?

Twitter: @CollinsOficial. mariaantonietacollins@yahoo.com.

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