El caso Puig, la hipocresía y la denuncia
Basta sentarse a ver la galería humana para contemplar a los que ponen cara de asombro, como si se tratase de noticia nueva, cuando se describe la manera en que Yasiel Puig llegó a Estados Unidos, cuando se relata su relación con un grupo de maleantes relacionados con narcotraficantes y de las sumas involucradas en transacciones dudosas, donde cabe todo, hasta la vida y la muerte.
Las revelaciones de un par de revistas –LA Magazine y ESPN- acerca de los detalles de la fuga de Puig no han hecho otra cosa que poner rostros, fechas y lugares definidos a una historia que todos o la mayoría conocen, pero de la que nadie, mucho menos ninguno de los involucrados habla.
En una comunidad en la cual miles de familias han utilizado el mismo recurso durante décadas para traer personas de Cuba, no cabría esperar otra cosa de quienes lucran con el valor de los peloteros de la Isla. La diferencia es el precio: un ser humano común y corriente gira alrededor de los $10,000 más o menos. Un futuro miembro de Grandes Ligas, $200,000 más o menos.
Ningún pelotero, salvo casos contadísimos de quienes vinieron por alguna vía legal o los que se fugaron en torneos internacionales, como Aroldis Chapman, arriba a Estados Unidos por obra y gracia de la providencia. Las redes de traficantes humanos que existen para unos también transportan a los otros.
Unos van a parar a México, otros dan a Haití o República Dominicana, en dependencia de las relaciones establecidas. Esto no es cosa nueva como se dice por ahí, sino una práctica de años de la cual se han beneficiado muchos –las Grandes Ligas, las agencias de representación, los equipos-, incluyendo a los propios peloteros, quienes no hablan nunca del tema por un temor entendible.
¿Por qué estos muchachos llegan a ceder hasta el 20 o 30 por ciento de sus ganancias?
Por desesperación. Se los dice uno que estuvo a punto de montarse en una lancha o de hacer cualquier locura con tal de escapar de ese régimen que te obliga a perder tus días en un lento morir. Nadie que no haya experimentado esto puede criticarlos.
Lo que sí es criticable, tanto en el caso de Puig como el de Chapman, es que, de comprobarse finalmente su implicación en los casos de personas detenidas por su culpa, lo hayan hecho para congraciarse momentáneamente con ese mismo régimen que los tuvo pisoteados.
Si las demandas interpuestas contra ambos peloteros demuestran que ellos conspiraron voluntariamente para encarcelar a individuos acusados de “tráfico humano’’ merecen, entonces, todo nuestro desprecio. Uno no puede llegar a cometer una vileza ni en las peores condiciones. En Cuba no hay nada peor que un chivato. Y creo que en Miami también.
Me pueden decir lo que gusten. El tráfico humano es una práctica condenable en los tribunales, pero la bajeza de una denuncia política resulta punible en los corazones de quienes precian la libertad por encima de todo. Aprecio y admiro a Puig y a Chapman por lo que hacen en los terrenos de juego. Ojalá no me hagan despreciarlos por lo que hicieron fuera de estos.
Esta historia fue publicada originalmente el 22 de abril de 2014 a las 5:31 p. m. con el titular "El caso Puig, la hipocresía y la denuncia."