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Los boxeadores cubanos ante la encrucijada del cambio

Todavía no se apagan los ecos de las pasiones despertadas por la pelea de Erislandy Lara en Las Vegas y ya se advierte el rumor creciente antes de la presentación de Guillermo Rigondeaux en Macao. Y es que para bien o para mal, los púgiles cubanos están en boca de muchos, lo cual no necesariamente es algo negativo, más allá de los resultados reales en el cuadrilátero.

Ningún otro país posee tantos campeones mundiales y olímpicos en el pugilismo amateur que Cuba y su famosa escuela de boxeo –una frase que merecería una aclaración necesaria, porque José Gómez es muy distinto a Adolfo Horta- que produce guerreros a borbotones y técnicos, al punto que es un cubano, Pedro Roque, el técnico de la escuadra olímpica de Estados Unidos.

Sin embargo, el éxito en el ámbito profesional no ha sido el mismo y solo muy pocos de los exponentes de esa escuela logran llegar a un nivel de reconocimiento en términos de peleas y bolsas financieras.

¿Por qué no pueden imponerse los cubanos? Las razones son muchas, pero la principal se puede resumir en una frase: les cuesta mucho trabajo desprenderse de elementos del boxeo amateur que no les convierten favoritos del público y de lo que este busca en estos tiempos “agresivos’’.

La pelea de Lara contra Saúl “El Canelo’’ Alvarez fue un ejemplo de eso. El cubano boxeó de manera elegante, bella, con movimientos de pies y manos que hace dos décadas atrás le habrían atraído miles de elogios, pero el mexicano ganó porque ante los ojos de los jueces atacó más y aunque pegó menos, pegó más duro.

Sin duda, la actuación de Lara le mereció el triunfo para muchos fanáticos puros del boxeo, pero de esos existen cada vez menos. El deporte de los puños se ha convertido en una manifestación de la sociedad, cada vez más violenta, cada vez más deseosa de una gratificación inmediata.

¿Cómo se explica la popularidad de las Artes Marciales Mixtas? Porque apela a los elementos más bajos del ser humano, a una brutalidad ancestral y donde la mayoría de los combates termina con los rivales sangrando o desmayados. El público del boxeo quiere esto también, nocauts, riñas, y en eso los guerreros mexicanos, a quienes admiro de todo corazón, tienen el primer puesto.

Los mexicanos, y en menor medida, los boricuas y los rusos salen a tirar golpes desde el primer round, sin pedir tregua ni dar cuartel, mientras los cubanos estudian a su oponente, tratan de imponer el jab en un alarde de técnica que hoy parece pasado de moda y que no impresiona a las grandes masas, sobre todo esas que asisten a los casinos en Las Vegas y las que pagan por los circuitos de televisión.

Otro ejemplo: Rigondeaux, quien este sábado expone sus dos coronas de las 122 libras en China ante un tailandés desconocido y en una televisora de menor alcance, porque su promotor, Top Rank, no le interesó darle promoción a este combate, a pesar de que la cartelera será transmitida a nivel mundial por HBO.

Los expertos del boxeo coinciden en que Rigondeaux, un doble campeón olímpico, es un dechado de técnica y todavía se recuerda su actuación contra el filipino Nonito Donaire, quien un día antes de ser humillado en el ring por el cubano, había sido elegido el Mejor Boxeador del Año en Estados Unidos.

Los niveles de teleaudiencia, empero, disminuyen cada vez que pelea el prodigio cubano. A pocos parece interesarles su excelencia deportiva, su velocidad de piernas y manos, y especialmente su capacidad para evadir los golpes del contrario. Rigondeaux sigue al pie de la letra la máxima de dar y que no me den, pera esa es una regla en desuso.

Al final, los boxeadores cubanos están obligados a revisar sus estilos, a proponer más y arriesgar en cuerpos a cuerpos, como lo hace, por ejemplo, Yuriorkis Gamboa, aunque esto cueste un nocaut de cuando en cuando. Gústeles o no, lo importante no es el talento sino la percepción pública de los aficionados, promotores y televisoras.

Los cubanos están obligados a cambiar, pues de lo contrario…

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