El agradable recuerdo de la amarga derrota de Cuba en el Clásico Mundial
Así como esos buenos amigos que solo se ven de funeral en funeral, la derrota de Cuba ante Japón en el Clásico Mundial ha servido, utilizando esta fórmula macabra, para revivir en lo posible la amortiguada pasión por un deporte que alguna vez resultó sangre de la sangre y carne de la misma nacionalidad.
La triste realidad de la derrota, los errores evidentes de este conjunto antillano venido a menos, las decisiones de sus dirigentes, han sido pasto de comentarios que hacía rato no percibía entre aquellos que horas después se arremolinaban en peñas deportivas o aparatos de televisión para seguir con interés las evoluciones del Madrid ante el Napolés o esperan por la remontada heroica este miércoles del Barcelona frente al PSG.
¿Qué pasó con aquella época en que solo o mayormente hablábamos de pelota? Se ha perdido con una transmutación del alma cubana que mira más hacia las ligas europeas y mayormente española, que se ingenia -vaya usted a saber cómo- los costosos jerseys de Cristiano Ronaldo y Lionel Messi. Lo veo en quienes me rodean y en quienes llegan, lo noto en las conversaciones de todas las edades, en las fotos de allá y acá. Y me duele. Y me apena.
La decisión del manager cubano Carlos Martí de colocar a su peor abridor ante Japón ha traído una cascada de reacciones, casi todas adversas, pero igualmente apasionadas a las que hubiera provocado Zinedine Zidane o Luis Enrique con esos 4-4-2, o 4-3-3, que tan orondamente ponemos en nuestras bocas para dejarle saber a los otros cuanto sabemos de estrategia.
Personas que contemplan el Clásico como un aperitivo deportivo y no un evento de primera magnitud desempolvan sus conocimientos de béisbol para criticar el paupérrimo bullpen cubano, la terrible mecánica defensiva y recordar que, "si estuvieran nuestras estrellas de Grandes Ligas, otro gallo cantaría''.
Cuba cayó en el Tokyo Dome, pero no todo está perdido. Algo queda de eso que nos emocionaba ayer. Dentro de las muchas cosas que restan por reconstruir en la isla se encuentra el béisbol en toda su extensión, con personas e ideas nuevas, o las mismas de hace tiempo, de hace mucho tiempo. Quién sabe.
Hoy hablamos de Lázaro Blanco como si fuera epicentro de las esperanzas, de pasar a la siguiente fase como el gran premio al final del horizonte, de estrategias aparentemente inteligentes, aunque en el fondo cobardes, de ceder un juego sin el más mínimo pudor, para caerles encima a los más débiles.
Hace rato que Cuba dejó de salir como el guapo del barrio a intimidar e imponer. Por varias razones que van desde las fugas de sus mejores peloteros hasta situaciones políticas que ahora no vienen al caso. Hace rato, también, que Cuba dejó de tener en lo más alto del altar al béisbol. Y no me vengan con morales patrioteras ni aquí en Miami ni en La Habana, que la realidad vale mucho más que los convencimientos. Y la dichosa remontada ocupa tanto o más espacio que la expectativa del choque contra Australia en el Clásico.
Tristemente, la derrota ha vuelto a asomar la vieja pasión, o al menos atisbos de ellas. ¿Cuánto ha cambiado del alma cubana para haber llegado a este punto? ¿Quiénes son los culpables? Eso es tema de sociólogos que algún día podrán explicar cómo el gol igualó o superó al jonrón en el imaginario de mi tierra.
Y no me vengan con cuentos, que acaban de ver la anotación de Ramos y soltado un “Hala Madrid’’, que más castizo no ha podido sonar.

Esta historia fue publicada originalmente el 7 de marzo de 2017, 4:37 p. m. with the headline "El agradable recuerdo de la amarga derrota de Cuba en el Clásico Mundial."