El encanto mayor de Puerto Rico marchita a los tulipanes de Holanda en semifinal del Clásico
Ninguno de los encantos de Puerto Rico puede ser superior por estos días al de su equipo de béisbol. Con el juego más inspirado y pasional que pueda advertirse, los boricuas están por segunda ocasión consecutiva en el mayor escenario del Clásico Mundial.
Cuando pasada la una de la madrugada del martes, Carlos Correa anotaba en la 11na entrada la carrera que ponía marcador definitivo de 4-3, el equipo de Puerto Rico culminaba su tarea de marchitar los tulipanes holandeses y levantar de sus asientos a miles de aficionados en el Dodgers Stadium.
Puerto Rico está en la final del Clásico en espera del ganador entre Japón y los Estados Unidos, otro choque que se antoja lleno de ansiedad y expectativas, como ya es costumbre en este evento que ha marcado un parteaguas entre lo que habían sido sus tres primeras ediciones y esta repleta de magia y espectáculo.
Sume este entre los juegos legendarios que nos ha regalado una competencia que comenzó sin grandes pretensiones y hoy llena el imaginario de muchos aficionados que antes ni prestaban atención. El Clásico, sin duda alguna, alcanzó su mayoría de edad.
Si al inicio parecía que la acción desbordaría la pizarra de carreras, luego el encuentro se fue decantando más por el lado de la estrategia, del movimiento de relevistas y los riesgos calculados, mientras se establecía la trinchera del 3-3 y los ceros caían una detrás del otro, aumentando la intensidad contenida, a punto de desbordarse de un momento a otro, con alguna escaramuza de pelea que no pasó de gestos y advertencias.
Las oportunidades de triunfo se sucedían de uno y otro lado. Holanda, camuflada bajo el aroma y el talento de sus territorios del Caribe, dejó a 10 hombres en base; Puerto Rico a nueve, en una paridad pasmosa que colocaba mano a mano a dos de los infields más completos y vistosos que las Grandes Ligas podrían ofrecer.
Si de un lado los Correas, los Lindors y los Báez hacían jugadas de encomio; los Simmons, los Schoops y los Bogaerts no cejaban en su defensa del diamante en una férrea protección del empate.
Hasta que llegó el tiempo del béisbol de gratis: los extra innings.
Holanda, entonces, desaprovechó su chance con dos hombres en primera y segunda. Puerto Rico no dejaría pasar la suya para dominar un juego donde, por un momento, el béisbol pasó a un segundo plano por detrás de las voluntades.
El aplauso para estas islas mágicas de Curazao y Aruba, que producen peloteros de alto calibre en un territorio ínfimo y con una población mínima. La ovación para este Puerto Rico que ha buscado el triunfo como nadie, que ha mostrado hambre como ninguno, que tiene la vista puesta en el trofeo que le arrebató República Dominicana hace 4 años.
Ahora, piensan todos los boricuas, la historia será diferente.

Esta historia fue publicada originalmente el 21 de marzo de 2017, 2:06 a. m. with the headline "El encanto mayor de Puerto Rico marchita a los tulipanes de Holanda en semifinal del Clásico."