Béisbol

Preston Gómez y la terquedad de la memoria

La noticia de la muerte de Preston Gómez me ha estremecido de manera similar a la de Celia Cruz. No los conocí a los dos, jamás intercambié con ellos una palabra, pero lo sentí como si me arrancaran un palmo de vida, me quitaran un soplo de aire.

Será el exilio, la lejanía, la noción que es uno menos de los nuestros y uno más de los grandes que se va para siempre, pero sobre todo porque pasé gran parte de mis casi 40 años sin saber que existían por decisión de otros.

Nos los negaron, así de un plumazo. En el caso de Gómez, puede que algún comentarista de pasada haya dejado caer su nombre en transmisiones dominicales de pelota, pero no recuerdo nada en la prensa cubana sobre su tremenda trayectoria en las Grandes Ligas.

En la actualidad es más difícil esconder los triunfos de quienes buscaron otra geografía, otro futuro más allá de la pesada maquinaria política de Cuba y su sombra sobre el deporte.

Muchos, ahora, en la isla son familiares a la trayectoria del Duque Hernández, de su hermano Liván, hasta de los últimos pasos de los recién llegados Yadel Martí y Yasser Gómez, pero décadas atrás existía un muro impenetrable, gris, oscuro, que no era visible y estaba presente.

No recuerdo que en 1975 se hiciera mención de Luis Tiant y Tany Pérez, quienes brillaban y sostenían un duelo en la Serie Mundial desde sus respectivos equipos, los Medias Rojas de Boston y los Rojos de Cincinnati.

Ni que se hablara de los títulos de bateo de Tony Oliva, ni de la curva mortífera de Camilo Pascual, y la valentía de Mike Cuellar y tantos otros jugadores que en la década de los 60 representaran, momentáneamente, las últimas gotas de talento de lo que había sido un verdadero mar de peloteros cubanos en las Mayores.

Cuando uno no sabe de algo, pues es ciego de cierta manera e inmune al dolor del desconocimiento, pero ahora me molesta sobremanera que las nuevas generaciones de cubanos sigan camino en la vida sin el dato de que Tany Pérez cuelga una placa entre los inmortales de Cooperstown, bajo el mismo techo donde está la de Martín Dihigo.

Pudiera decirse que, en términos generales, el dato no es vital. Bueno, para otro cualquiera quizá, para un cubano, sin embargo, creo que le interesaría y estaría muy orgulloso de lo logrado por un muchacho que salió de un central de Ciego de Avila, el Violeta, para llegar a lo más alto del béisbol.

Nacido en otro central, el Preston de Camagüey, Gómez escribió una historia grande como mánager, primero de los Cubans Sugar Kings, equipo cubano que ganó el campeonato de Triple A de Estados Unidos y luego al frente de los Padres de San Diego.

Hoy ya no está entre nosotros, pero algún día, no se cuál, habría que construirle una estatua en Cuba, y no sólo a él sino a todos esos héroes que llevaron al país desde lejos en su corazón, sin que en ese propio país se les mencionara por la terquedad y la estupidez de quienes quisieron condenarlos al olvido.

Por suerte, la memoria es más terca que los gobiernos y no se le puede tener escondida para siempre.

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mmartinez @elnuevoherald.com



Esta historia fue publicada originalmente el 14 de enero de 2009, 5:54 p. m. with the headline "Preston Gómez y la terquedad de la memoria."

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