Béisbol

La mediocridad invade al béisbol cubano: reflexiones luego de la Serie del Caribe en Panamá

El torpedero cubano Jorge Alomá batea ante los Toros de Herrera en el partido final de la Serie del Caribe celebrado el 10 de febrero de 2019 en el estadio Rod Carew en Ciudad de Panamá, Panamá.
El torpedero cubano Jorge Alomá batea ante los Toros de Herrera en el partido final de la Serie del Caribe celebrado el 10 de febrero de 2019 en el estadio Rod Carew en Ciudad de Panamá, Panamá. AFP/Getty Images

Los Toros de Herrera de Panamá, sirviendo como sede en sustitución de Barquisimeto por la situación política existente en Venezuela, se coronó campeón de la Serie del Caribe cuando el domingo derrotó 3-1 a los Leñadores de Las Tunas de Cuba en el estadio Rod Carew.

Para los panameños representa su segunda corona en la historia de este evento, la primera fue en 1950 con el equipo Carta Vieja.

Varias razones indican que Panamá merece desde hace tiempo su ingreso oficial a la Serie del Caribe: por su contribución al éxito en la primera etapa, por tener pelota profesional en su país, por contar con buenos jugadores y ahora por ganar este torneo.

Por su parte, Cuba volvió a perder por quinta ocasión en seis ediciones desde su regreso en 2014 como país invitado. El único éxito fue en 2015 cuando los Vegueros de Pinar del Río dirigidos por Alfonso Urquiola derrotaron a los Tomateros de Culiacán de México.

En esta ocasión, los Leñadores que con sus refuerzos representa en la actualidad casi el equipo nacional de la isla, aunque llegaron a la final demostraron que la pelota cubana está muy lejos del nivel de décadas pasadas.

Es muy difícil ganar cuando una novena depende de un solo bateador que remolca carreras, en este caso Alfredo Despaigne. Y eso le ocurrió a Cuba, con el peor bateo del torneo.

En cinco partidos ganaron dos y perdieron tres. Y en ellos anotaron nueve carreras para un bajo promedio de 1.8 por juego, de las cuales cinco fueron impulsadas por Despaigne. Sus bateadores pegaron ocho imparables en 53 turnos con hombres en circulación para un pobre average de .151.

Y como dice un viejo refrán beisbolero: el que no anota, le anotan. Y sin anotar, no se ganan partidos.

El pitcheo antillano trabajó de manera eficiente en toda la serie, incluyendo las dos aperturas del derecho Freddy Asiel Álvarez, pero no recibió el respaldo ofensivo de sus compañeros.

Mención especial merece el lanzador Lázaro Blanco, ganador de los dos juegos de su equipo sin permitir carreras en 12 entradas, incluyendo el penúltimo choque ante los Cardenales de Lara de Venezuela, para ser el pitcher más destacado del torneo. En las tres series en que ha participado, Blanco suma cuatro triunfos y un revés con cinco carreras limpias para 1.22 de efectividad.

Un serpentinero joven que mostró talento fue el relevista Raidel Martínez, un derecho que posee una recta con velocidad superior a las 96 millas por hora.

Cuando repasamos la historia, vemos que antes de eliminarse el béisbol profesional en la isla, Cuba llegó a ser la primera potencia a nivel regional y la segunda a escala mundial sólo superada por las Grandes Ligas de Estados Unidos. En estos momentos y desde hace tiempo, la tierra de Martín Dihigo, Tany Pérez y Omar Linares, no es ni la octava del mundo.

Entre 1949 y 1960, los cubanos ganaron siete de 12 Series del Caribe, incluyendo cinco consecutivas. Sumando ambas épocas, el resultado es ocho en 18, con una de seis en la nueva etapa.

En los torneos celebrados en Panamá antes de este último, los antillanos ganaron tres veces. En 1952 con los Leones del Habana (5-0) dirigidos por Miguel Ángel González, en 1956 con los Elefantes de Cienfuegos (5-1) comandados por Oscar Rodríguez y en 1960 con los propios Elefantes (6-0) con el piloto Tony Castaños, equipos de la extinta Liga Profesional Cubana.

En aquella etapa brillaron varias figuras, entre ellas Lorenzo ´´Chiquitín´´ Cabrera, campeón de bateo en 1951 y que mantiene el promedio más alto de estos torneos con .619 (13-21), Héctor Rodríguez, Edmundo Amorós, Pedro Formental, Agapito Mayor, Rafael Noble, Orestes Miñoso y el curveador estrella de la lomita Camilo Pascual que en tres series logró seis triunfos sin derrotas.

Existe algo innegable. La mediocridad invade al béisbol cubano. No por haber perdido, pues en cualquier deporte es algo natural ganar y perder, sino por el bajo talento que enseñaron la mayoría de sus jugadores, en especial los bateadores que no están ajustados para enfrentar con éxito a lanzadores de recursos superiores a los que actúan en la isla.

La única tabla de salvación que tiene la pelota nacional cubana es que avance el acuerdo entre las Grandes Ligas y la Federación Cubana de Béisbol. Si este pacto se mantiene sin interrupción, entonces los resultados podremos verlos a mediano y largo plazo con figuras jóvenes que practican en terrenos y placeres a lo largo y ancho de una isla que produce peloteros por naturaleza, pero que carece de recursos y elementos para desarrollarlos al más alto nivel.

En caso contrario, si este acuerdo se interrumpe por algún problema que ocurra, entonces seremos testigos de un deterioro mayor de la pelota cubana.

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