Béisbol

De pospuesto a cancelado, los Miami Marlins varados en Filadelfia entre oleadas de pruebas

Que fácil cambia la percepción en cuestión de horas. Lo que el domingo en la tarde parecía un acto de integridad deportiva hoy se mira como una irresponsabilidad total. Los Marlins ganaron la serie contra los Filis, pero perdieron una batalla en la opinión pública. ¿Cómo salieron al terreno con cuatro casos de coronavirus? ¿Cómo se pusieron en peligro a ellos mismos y al equipo contrario? ¿Cómo nunca, jamás, consideraron el hecho de que lo correcto sería no jugar?

Los peloteros decidieron salir al terreno en un chat donde Miguel Rojas lleva la voz cantante. Pensaron que era parte del territorio lidiar con las bajas del COVID-19 y se dispusieron a destrozar a los Filis pensando que en la tarde del domingo estarían de regreso a Miami, sin saber que entraban en una zona de tormenta pública y cuarentena colectiva con 17 personas infectadas.

El equipo permanece varado en Filadelfia entre oleadas de pruebas para descartar o confirmar una situación que parece irse de las manos, aunque las autoridades del beisbol digan que es “manejable’’ y todo apunta a que tendrán que echar mano de los jóvenes estacionados en el cuartel primaveral de Jupiter.

Pero la culpa no es de los peloteros. Como esos boxeadores que se niegan a poner pie en tierra o los corredores de maratón exhaustos, los jugadores de los Marlins creyeron que hacían lo correcto, hacer su trabajo contra cualquier obstáculo. A un boxeador al borde del nocaut lo salva un juez, a los peces debieron ser salvados fuerzas superiores.

Si las Grandes Ligas sabían, porque sí lo sabían, que habían cuatro casos en peloteros importantes el domingo temprano, ¿por qué no llegó la orden de contención, aislamiento y, por último, de suspensión del encuentro en Filadelfia? Esta decisión no puede dejarse en manos de los peloteros. Su naturaleza competitivo siempre los traicionaría.

Más culpa tienen los jerarcas de las Mayores en este tema, pero tampoco los jugadores están exentos. El sistema de “burbuja’‘ con un ambiente controlado y mejor preparado para enfrentar el COVID-19 no fue aceptado por los peloteros que no querían alejarse de sus familias ni por los propietarios que deseaban percibir los ingresos de los anunciantes en los parques.

Y ahora la preocupación y el miedo se extiende por toda la industria. Si Mike Trout, el jugador más visible del béisbol, tuvo dudas al principio por el futuro nacimiento de su hija, ¿qué pasará ahora por su mente? ¿Si la explosión del virus atenaza a los Yankees de la manera en que lo ha hecho en los Marlins, cómo reaccionarán en Nueva York?

No hay que imaginar cómo luciría un equipo de los peces si tienen que buscar de pronto 12, 14 reemplazos en Jupiter dentro del grupo de 60 disponibles. La afectación al nivel de calidad y competitividad de las Grandes Ligas quedaría expuesta de una manera tragicömica.

El Comisionado del béisbol, Rob Manfred, se ha dado la tarde de control de daños, explicando su confianza en los protocolos sanitarios, en el cierre de clavijas para impedir que se repita la nefasta experiencia de los Marlins, que por cierto residen en el epicentro del virus, en la peor zona de contagio y en un estado que se acerca a las 6,000 muertes y los 433,000 casos confirmados.

La contienda no será cancelada, por ahora. Pero basta que un par de clubes más vivan la pesadilla actual de Miami y todo podría cambiar de manera dramática para peor. Después de tanto luchar por que se diera la voz de “play ball’‘, tras tanta batalla por dólares y beneficios, las Grandes Ligas se enfrentan a un posible abismo que nace de dos adjetivos: de pospuesto a cancelado.

Esta historia fue publicada originalmente el 28 de julio de 2020, 8:20 a. m..

Jorge Ebro
el Nuevo Herald
Jorge Ebro es un destacado periodista con más de 30 años de experiencia reportando de Deportes. Amante del béisbol y enamorado perdido del boxeo.
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