Hay que ir al estadio, hoy lanza Tati Valdés, al menos en la memoria
Hoy lanza “El Tati’‘, hay que ir a verlo. La voz se corría en Matanzas de que Jorge Luis Valdés iba a subirse en la lomita y era como si una ráfaga de interés renovado recorriese una ciudad habitualmente aletargada por una vida simple y amable, provinciana y en extremo tranquila, casi gris.
La noticia de su muerte el martes estremece esa opacidad permanente y remueve recuerdos, porque Valdés era algo distinto y en su momento cumbre, lo mejor de lo mejor del pitcheo cubano. No tenía la recta más potente ni la curva más pronunciada, pero su inteligente mezcla, sus secuencias para nada repetidas y el dominio de la zona de strike le convertían en una maravilla digna de verse.
Cuando abría en el montículo, se sabía que caminaba largo, pero al día siguiente podía caminar corto. Eran los tiempos donde los pitcheos no se contaban, y en ocasiones no se respetaba eso de los cinco días. Cuantas veces Valdés iniciaba un día y relevaba al siguiente. Su brazo era de goma, elástico e inmune a las lesiones. Un caso así en estos días sería algo impensable.
No era de esos pitchers que gesticulaba ni miraba atravesado al bateador. Se paraba con aplomo e iniciaba los movimientos con una gracia sin par, como si fuera un bailarín que repite sus gestos de danza, sabiendo que el público le contemplaba extasiado. Que Matanzas, mi patria chica, le haya tenido es un privilegio y que haya brillado en la época del aluminio resulta un elogio en sí mismo.
Desde los mundiales juveniles a los de categoría mayor, desde Juegos Olímpicos a Copas Intercontinentales, Valdés era garantía de triunfo, pero nada superará, al menos en mi memoria, los dos títulos consecutivos con Henequeneros a principios de la década de los 90, cuando el entonces director Gerardo “Sile” Junco echaba mano de su brazo para mantener a flota al equipo en una época en que los Industriales y los santiagueros eran poderosos e intimidantes, y Villa Clara comenzaba a emerger como la potencia que sería poco después.
La frase “Caballo de Hierro’‘ se ha gastado de tanto uso, pero a Valdés le venía como anillo al dedo. Jamás dijo que no podía, nunca utilizó un pretexto. Lanzaba y lanzaba como si fuera lo más natural del mundo y posiblemente jamás hubiera sabido de una Tommy John.
Pero se sabía que su fortaleza en el brazo cedería al paso del tiempo y que la debilidad de la bebida se cebaría en el serpentinero zurdo con fuerza tremenda. Hace años atrás una persona le había visto muy deteriorado, de manera alarmante. Eso, sin embargo, es parte de la historia y de la travesía humana.
A Valdés prefiero recordarlo como aquel hombre estoico, que guardaba sus emociones fuera del estadio o al menos las contenía tan bien que no se percibían. Aquel que siempre tomaba la pelota en cualquier circunstancia, como abridor, relevista intermedio o cerrador. Matanzas nunca más vivió momentos como los de aquellos Henequeneros.
Prefiero recordarle como casi la única cosa que me hacía asistir al estadio, cuando todos los chico del barrio se daban cuenta de que le tocaba en la rotación. Después de que se marchó del juego activo, yo también colgué mis spikes con aquel béisbol que poco a poco se iría deshilachando hasta convertirse en los harapos de estos días. Ya nada me llamaba la atención.
Al menos hoy, “El Tati’‘ Valdés sigue lanzando, pero en la memoria.
Esta historia fue publicada originalmente el 29 de enero de 2025, 1:47 a. m..