De la pesadilla al delirio, la inolvidable noche de los Marlins sobre los poderosos Yankees
El béisbol, por momentos, se convierte en una de esas películas donde uno piensa que el guionista se pasó de la raya. Pero no. Lo que ocurrió este viernes por la noche en el loanDepot park fue real, con carne, hueso, madera y sudor. Un juego que comenzó como pesadilla, terminó como delirio, y el protagonista fue alguien que hace un año vestía el uniforme del enemigo.
Agustín Ramírez, sí, ese mismo. El receptor que los Yankees enviaron a Miami como pieza clave en el cambio por Jazz Chisholm Jr., conectó el batazo más suave —y al mismo tiempo más ruidoso— de su joven carrera: un infield hit frente al plato que permitió a Xavier Edwards anotar la carrera del gane en un marcador 13-12 que será recordado por largo rato.
Fue una noche de locura. Fue una noche de remontadas. Fue una noche de orgullo. Porque los Marlins estaban abajo 6-0. Luego 9-4. Después 12-10 en el noveno. Y aún así, encontraron la manera de ganar. No se trata solo de los batazos —que hubo y de sobra—, sino de una actitud que ha contagiado al clubhouse desde mediados de junio.
Este equipo, el mismo que estuvo 16 juegos por debajo de .500, ahora ha ganado 28 de sus últimos 42. Son los mejores del béisbol en ese tramo junto a Milwaukee. Y si alguien pensaba que el paso era casualidad, esta victoria ante unos Yankees reforzados fue una prueba de fuego superada con nota sobresaliente.
Todo parecía escrito para los del Bronx. Jonrón de Giancarlo Stanton para abrir el marcador. Otro de Trent Grisham más tarde. Uno más de Anthony Volpe en el octavo. Un lineup largo, profundo. Y un bullpen que ahora incluye a Camilo Doval, David Bednar y Jake Bird.
Pero en la séptima, los Marlins dijeron “hasta aquí”.
Kyle Stowers, con las bases llenas, mandó la pelota más allá del muro del izquierdo para su segundo grand slam del año. Y no fue cualquier batazo: la pelota rozó el guante de Jasson Domínguez antes de perderse entre el público. El estadio explotó. La remontada estaba viva.
Poco después, Javier Sanoja —el mismo infielder bajito y veloz que llegaba a la serie con un solo cuadrangular en 91 juegos— desapareció la bola por segunda vez en la noche. Dos jonrones para él. Tres carreras impulsadas. La gente no lo podía creer.
Con el juego empatado a nueve, los Marlins tomaron ventaja. Jakob Marsee conectó un doble, su primer hit en Grandes Ligas. Edwards siguió con sencillo. Y Ramírez remolcó con línea al izquierdo. Parecía que Miami ya lo tenía ante los podereosos Yankees.
Pero Volpe volvió a aparecer en el octavo con un cuadrangular para empatar. Y en el noveno, los Yankees tomaron ventaja de nuevo con hits de McMahon y el propio Volpe. El guión pedía héroes. Y los Marlins los tenían.
En el noveno, Sanoja comenzó con sencillo. Marsee recibió boleto. Edwards pegó hit al derecho. Y entonces, vino el error: José Caballero dejó pasar la bola y el empate se coló sin pedir permiso. Edwards voló hasta tercera.
El estadio se puso de pie. El drama estaba servido. Ramírez, el ex Yankee, conectó un toque improvisado que apenas rodó frente al plato. Austin Wells tomó la bola, pero ya era tarde: Edwards cruzó la goma y los Marlins salieron disparados del dugout.
Fue uno de esos momentos donde la emoción supera a la lógica. Donde el corazón pesa más que el currículum. Donde un equipo, que hace poco parecía destinado al olvido, vuelve a soñar con fuerza. Este viernes, en el sur de la Florida, ganó el béisbol. Ganó el drama. Y ganaron los Marlins.