Lanzador cubano brilla en la hora grande y recompensa la paciencia de los Padres
Adrián Morejón no lo tuvo fácil.
Desde que debutó en Grandes Ligas en 2019, la etiqueta de promesa lo acompañaba de la mano, pero también la sombra de las lesiones que parecían cortarle las alas cada vez que intentaba volar más alto.
Cirugías, largos meses de rehabilitación, dudas en el horizonte… muchos se preguntaban si aquel brazo zurdo que un día deslumbró en los campos de Cuba y luego en el sistema de los Padres podría algún día explotar en plenitud.
San Diego, sin embargo, nunca dejó de creer. Paciencia, tiempo, confianza. La organización apostó por el talento de Morejón y en estos choques de postemporada, en la hora de la verdad, recogió los frutos de esa fe inquebrantable.
Con los Padres en jaque, obligados a ganar para forzar un tercer juego ante los Cachorros, el cubano fue llamado al rescate.
Y respondió como los grandes. En 2.1 entradas de relevo no permitió hits, no regaló carreras, ponchó a un bateador y retiró en línea a los siete rivales que enfrentó, mostrando un dominio absoluto.
Lo hizo, además, con su sello: una sinker que alcanzó las 99.2 millas por hora y que dejó sin respuesta a Michael Busch.
En total realizó 33 envíos, de los cuales 20 fueron strikes (60.7 %), y nada menos que 24 superaron las 95 MPH.
Fue, literalmente, la mejor versión de Morejón en toda la campaña y llegó justo cuando más lo necesitaba su equipo.
No es exagerado decir que fue su salida más importante desde que firmó como profesional. Porque no solo se trató de la victoria 3-0 de San Diego sobre Chicago, ni de empatar la Serie de Comodines.
Resultó la confirmación de que, tras años de incertidumbre, Morejón ha vuelto a ser el pitcher que todos esperaban.
Su triunfo también tuvo aroma histórico: se convirtió en apenas el segundo lanzador cubano en lograr una victoria en una Serie de Comodines, después de Aroldis Chapman en 2020 con los Yankees.
Y más aún, es el primer cubano que gana en playoffs desde que Néstor Cortés lo hiciera en 2022 con Nueva York.
Con 26 años, se inscribe además en la corta lista de serpentineros antillanos que triunfaron jóvenes en octubre: Liván Hernández lo hizo con 22 años en 1997 —cuando conquistó Miami— y con 25 en 2000. Ahora es Morejón quien se suma al linaje.
En definitiva, la crónica en Wrigley Field no es solo la de un triunfo para los Padres, es la del renacimiento de un pitcher que muchos daban por perdido y que hoy empieza a escribir, con letras mayúsculas, su propia historia de resiliencia.
El destino quiso que Morejón se ganara este momento. San Diego, que le esperó con paciencia infinita, celebra ahora el mejor premio: un brazo cubano que vuelve a brillar en la hora grande.