De mi casa veía la suya: Arozarena y Pagés, una amistad nacida en Cuba que llegó al Juego de las Estrellas
Randy Arozarena pertenece a otra especie. El no vino al Juego de las Estrellas para cumplir con el protocolo. Caminar por la alfombra roja, atender a la prensa, posar para las fotos y espera que todo termine cuanto antes. Él disfruta cada segundo.
Lo hace con la misma sonrisa con la que celebra un jonrón en octubre, con la misma energía con la que roba una base o con la espontaneidad que lo ha convertido en uno de los peloteros más carismáticos de las Grandes Ligas.
A su alrededor siempre hay risas, abrazos, selfies y niños que quieren acercarse a ese jugador que nunca parece olvidar lo afortunado que es por vivir del deporte que ama.
Y quizá esa sea la mayor virtud de Arozarena. Nunca ha dejado que el béisbol se convierta únicamente en un trabajo.
Disciplina a toda prueba
“Yo disfruto como quiera. Disfruto del juego, aprendo y eso es lo que me mantiene estar aquí”, expresó el jardinero, mientras recorría todos los lugares relacionados con el Partido Estelar en Filadeflia con la tranquilidad de quien sabe que aún sigue viviendo un sueño.
Detrás de esa alegría permanente, sin embargo, existe una disciplina que muchas veces pasa inadvertida.
“La responsabilidad que tengo conmigo mismo y con el equipo de poder ayudar, de hacer las cosas bien para el mismo objetivo que tenemos todos, que es ganar una Serie Mundial’’, manifestó el nativo de Pinar del Río.
“El sacrificio... todo eso es una cadena. Todos esos eslabones se unen y ese es el gran trabajo que he venido haciendo hasta hoy. Por eso me dieron la oportunidad de estar aquí”.
Habla de sacrificio con la misma naturalidad con la que sonríe. Porque entiende que una cosa no existe sin la otra. Su carisma suele llevarse los titulares, pero quienes lo conocen saben que detrás del personaje existe un profesional obsesionado con mejorar cada temporada.
Motivos para celebrar en Filadelfia
En Filadelfia también encontró otro motivo para celebrar. Pocas veces el béisbol cubano había reunido a tantos representantes en un Juego de las Estrellas.
Compartir el vestuario con Aroldis Chapman, Andy Pagés, Miguel Vargas y el resto de los peloteros nacidos en la isla tiene para él un significado especial.
“Eso significa mucho’’, agregó Arozarena.
“El béisbol cubano nunca ha caído. El talento cubano siempre ha estado presente. Sentirse orgulloso de dónde tú naciste es muy importante. Todo el trabajo que pasamos nosotros allá para hoy estar aquí y poder representar a Cuba en un Juego de Estrellas significa muchísimo”.
No habla solo de él. Habla de una generación. Habla de los sacrificios compartidos y de un talento que sigue dejando huella en el mejor béisbol del mundo.
“Estoy agradecido con la vida, con Dios, por ser cubano también’’, apuntó el jardinero de Seattle.
“Que todo ese sacrificio salga a flote y te premien con un Juego de Estrellas es muy bonito”.
Vecinos de toda la vida
Pero si hubo un momento que iluminó especialmente su rostro fue cuando apareció el nombre de Andy Pagés. No son simplemente dos cubanos compartiendo un Juego de las Estrellas. Son vecinos de toda la vida.
“Vivíamos como a 200 metros. De mi casa podía ver la casa de Andy”, recordó entre sonrisas.
La historia parece sacada de una película. Los dos crecieron en el mismo pequeño pueblo, jugaron en el mismo estadio y Arozarena fue testigo del talento de aquel niño que soñaba con llegar algún día a las Grandes Ligas.
“Lo vi crecer desde que tenía siete años’’, rememoró el patrullero.
“Verlo ahora aquí, en Grandes Ligas, compartiendo un Juego de Estrellas conmigo, es muy bonito. Estoy orgulloso de él y también de nuestro pueblo, que no llega ni a mil personas. Estar representando a nuestra tierra aquí, a nivel mundial, es muy bueno”.
Ese orgullo también se extiende a su familia. Cuando le preguntan qué hará durante estos días en Filadelfia, no habla de fiestas ni de compromisos comerciales.
“Voy a andar con mi familia. Que se tomen fotos, que vean a los jugadores, que vivan la experiencia”, recalcó Arozarena, para quien el Juego de las Estrellas no es solo un premio personal. Es un recuerdo que quiere compartir con quienes lo acompañaron en el camino.
Antes de despedirse dejó un mensaje que resume perfectamente quién es.
“Para los cubanos, que los amo mucho’’, señaló con un brillo en los ojos. “Gracias por apoyarme siempre. Apoyen a todos los cubanos, que nosotros representamos siempre a la isla donde quiera que vayamos”.
Y, sin olvidarse del país que también lo adoptó como uno de los suyos, añadió entre risas: “Los mexicanos son los míos. Gracias siempre por tanto amor. I love you”.