Béisbol

Juan Luis Baró: el prodigio cubano de la promesa inconclusa

JUAN LUIS Baró durante el Juego de las Estrellas Cubanas celebrado en la Universidad Internacional de la Florida el 18 de enero.
JUAN LUIS Baró durante el Juego de las Estrellas Cubanas celebrado en la Universidad Internacional de la Florida el 18 de enero. el nuevo herald

Juan Luis Baró es el primero en reconocerlo: posiblemente no haya habido otro jugador en la pelota cubana de las últimas décadas con tantas condiciones como él y que lograse tan poco en relación con su talento.

Cuando el matancero irrumpió en las Series Nacionales en 1978, expertos y aficionados se maravillaban ante la corpulencia de este primera base que podía correr las bases más rápido que nadie y pegarle con tanta fortaleza a la bola como si tuviera un martillo en las manos.

“Sí, la vida me dotó de esa rara combinación de fuerza y velocidad: le pegaba duro a la bola, en la misma costura, y corría como si estuviera en una carrera olímpica de 100 metros planos’’, expresó Baró, de 54 años. “Tenía el mundo en mis manos y en el béisbol pude haber conseguido lo que me hubiera propuesto’’.

Los periódicos de la época hablaban del número 3 de Matanzas como el futuro de la primera base, el hombre que sucedería a Antonio Muñoz y, de no ser así, un potencial jardinero de los equipos nacionales.

De 1980 al 85 Baró era uno de los fijos en la preselección del Cuba y estuvo en el equipo grande para los Centroamericanos de 1982, pero su gran momento se produjo en una llamada Copa Meteoro de la Confraternidad que tuvo lugar en República Dominicana.

El jueves 26 de septiembre de 1985, en un partido contra Puerto Rico, Baró conectó un batazo por encima de la cerca que marca los 411 pies de distancia al plato en el estadio Quisqueya ante un envío del boricua Geraldo Rosado para que Cuba se llevara un triunfo 6-2.

No son pocos los dominicanos que rememoran el batazo de Baró, una anécdota que es testigo del enorme poder del zurdo, pero que también resulta un reflejo de todo lo que le quedó por alcanzar.

“Sí, a cada rato me recuerdan ese batazo y me dicen en tono de broma que la pelota todavía no ha caído’’, sonrió Baró. “Sabes, pude haber estado en el Cuba por mucho tiempo, pero cuando uno es joven le parece que todo es eterno, que dura por siempre’’.

Pero, por supuesto, su presencia en el principal conjunto de la isla se fue disipando y la carrera de Baró comenzó a eclipsarse por problemas de indisciplina en unos casos y de lo que él considera injusticias por otro.

En cierta ocasión una bronca con un árbitro en una provincial le costó una temporada de castigo, en otra un encontronazo con el entonces manager yumurino, Sile Junco, le obligó a retirarse de Matanzas y terminar su carrera en Cienfuegos.

“La vida uno no puede controlarla como quiera y las cosas suceden para bien o para mal’’, afirmó Baró. “De poder volver atrás algunas cosas las habría hecho diferente, otras no las cambiaría por nada del mundo’’.

Con sus intermitencias y claroscuros, el matancero resumió su carrera en 17 Series Nacionales con 1,343 imparables en 4,425 turnos para promedio de .304 con 157 jonrones, 238 dobles y 667 impulsadas.

Y si en Dominicana es recordado por su vuelacercas enorme, en Cuba todavía se comenta en las peñas deportivas aquellos Juegos de Estrellas, donde las competencias de habilidades –corrido de home a primera, y vuelta al cuadro- eran dominadas por un Baró que era puro músculo, más cercano de Ben Johnson que de Carl Lewis.

Sin duda, desde la aparición de Luis Giraldo Casanova en Series Nacionales, cuatro temporadas antes de su debut, la isla no había presenciado un prodigio igual, esa suma perfecta entre tipo físico y las habilidades técnicas, pero a diferencia del “señor pelotero’’, la carrera de Baró no llegó a cumplir su vasta promesa.

“De nada vale lamentarse y de hecho no me quejo de nada’’, recalcó Baró, quien llegó para establecerse en Miami vía reunificación familiar hace apenas unos meses. “Creo que hice bastante y cuando estaba en el terreno me entregaba por completo al juego. ¿Qué pudo ser más? Eso queda para los historiadores’’.

Artículos relacionados el Nuevo Herald

  Comentarios