Béisbol

Un recuerdo para Willis, la sonrisa que alumbraba a Miami

Dontrelle Willis sonríe en el dugout de los Marlins antes del juego contra los Mets, el sábado en Miami.
Dontrelle Willis sonríe en el dugout de los Marlins antes del juego contra los Mets, el sábado en Miami. pportal@elnuevoherald.com

De la serie de estatuillas que están regalando los Marlins esta temporada como parte de una promoción de lujo, ninguna levanta más nostalgia que la entregada este sábado a 10,000 aficionados: la de Dontrelle Willis, quien lleva encapsulado todo lo bueno y lo malo que le puede pasar a un deportista profesional.

Cuesta creer que Willis, en algún momento la figura más querida del sur de la Florida al mismo nivel de Dwyane Wade, viva en el retiro con apenas 34 años, que su sonrisa aparentemente eterna y enorme se haya apagado en los terrenos de béisbol. El Tren-D prometía no detenerse nunca, pero de manera inexplicable avanzó poco.

¿Quién no recuerda a Willis? La pierna levantada, la gorra de lado, la camisa medio abierta, y la sonrisa más ancha y verdadera del béisbol definían todo lo que era: el hombre más apasionado que pisaba un terreno de Grandes Ligas.

¿Cómo es posible que un hombre que estuvo muy cerca de ganar el Cy Young, que fue el Novato del Año y campeón de la Serie Mundial, elegido varias veces al Juego de las Estrellas y con las condiciones físicas más envidiables del planeta -recuerdan su bateo, su forma de correr las bases-, se perdiera en un agujero negro del tamaño del box?

¿Cómo, a los 26 años de edad, se entiende que alguien que era el más amado de los niños, el preferido de los mánagers y el más buscado por los medios de difusión, viera destrozada su autoestima y su capacidad para lanzar el más simple de los strikes?

Esa es la pregunta de los 50,000 pesos.

Habría que apuntar a la salida de Willis del sur de la Flora para encontrar el inicio de los problemas. Un abridor, en los días que le toca actuar, es lo más parecido a un monje. Hermético, estudioso, se concentra en la tarea por delante, en el desmenuzamiento de los bateadores rivales al más mínimo detalle.

Willis llenaba esta descripción al principio de su carrera, pero luego se le podía ver hablando de cualquier tema -menos de pitcheo- con la prensa o cualquiera que entrara a las instalaciones de los Marlins y luego en Detroit.

De cierto modo, su concentración estaba en otra parte y sus números comenzaron a desinflarse en el apartado de las victorias y a crecer en los renglones de la inefectividad y las bases por bolas otorgadas.

El verdadero desastre vino siendo parte de los tigres, donde Willis llegó a ser colocado en la lista de inhabilitados por un desorden de ansiedad que lo obligaba a tratarse con medicamentos y terapias de meditación.

El Tren-D, siempre se nos dijo, estaba destinado a ser el futuro de las Mayores, el mejor embajador que encontraría el béisbol en décadas, y terminó hundido ante la necesidad de trabajar bajo presiones extremas.

Afortunadamente, Willis ha reconstruido su vida como comentarista de televisión y si su sonrisa ancha no alumbra los terrenos de béisbol, al menos será el recuerdo de una de las alegrías más grandes vivida en la historia de los Marlins con el título mundial del 2003.

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