Boxeo

Robeisy Ramírez en el espejo de Yordenis Ugás. El fuego de la humildad y la convicción de la fe

Robeisy Ramírez en el espejo de Yordenis Ugas

Nadie entre los cubanos como Yordenis Ugás para encontrar las reservas morales y físicas que permitan subir la cuesta del descalabro, esa que ahora enfrenta el doble campeón olímpico Ramírez tras su derrota de sábado ante el desconocido Adan González
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Nadie entre los cubanos como Yordenis Ugás para encontrar las reservas morales y físicas que permitan subir la cuesta del descalabro, esa que ahora enfrenta el doble campeón olímpico Ramírez tras su derrota de sábado ante el desconocido Adan González

Robeisy Ramírez no tiene que buscar muy lejos para encontrar inspiración. Entre los suyos hay uno que se topó de golpe con la adversidad, que estuvo muy cerca de destruirle y lo acorraló contra la pared, hasta que él decidió reencontrarse con su espíritu guerrero y recuperar el terreno y tiempo perdidos.

Nadie entre los cubanos como Yordenis Ugás para encontrar las reservas morales y físicas que permitan subir la cuesta del descalabro, esa que ahora enfrenta el doble campeón olímpico Ramírez tras su derrota de sábado ante el desconocido Adan González.

Incredulidad primero, reconocimiento después. Esos fueron los dos estadíos emocionales de Ramírez en sus declaraciones a la prensa. ¿Quién puede culpar al chico? Nadie se esperaba su derrota, menos él mismo, que siente por estos días la punzada del fracaso momentáneo y del camino torcido, al menos por ahora.

Nada resulta fácil en la vida. Eso lo descubrió Ugás hace cuatro años, cuando dos derrotas consecutivas ante Emanuel Robles y Amir Imam lo sacaron del cuadrilátero y apagaron su estrella. El mundo del boxeo le dijo adiós y él se despidió en silencio, sin tener pasaje de retorno.

Ugás, seguro como Ramírez ahora, se preguntaba ¿cómo era posible que un hombre con sus entorchados de amateur, que había vencido a varios que luego se convirtieron en campeones del mundo, incluido el virtuoso Terence Crawford, con una medalla olímpica en su palmarés, pudiera perder de esa manera?

A veces cuesta más entenderse uno consigo mismo que con el mundo exterior. Dos años le tomaría a Ugas esa larga conversación interior, ese reconocimiento íntimo frente al espejo del alma, pero cuando decidió regresar era un guerrero totalmente distinto.

Volvió con el calor de la batalla y la humildad del que no ha logrado nada. De cierta manera se olvidó de su pasado sin olvidarse de quién era. Aceptó pelear con el que fuera, sabedor de que iba de víctima y no de victimario; aceptó combates con varios días de anticipación y en lugares remotos. A sangre y fuego se produjo su renacimiento.

Pero, porque siempre hay un pero, Ugás no caminó por ese valle de trampas solo. Tuvo la suerte de encontrar a un profesor como Ismael Salas que le alimentó el hambre de triunfo, que suministró combustible para su maquinaria humana y le guió con mano sabia. La fe del guerrero hizo el resto. ¿Tiene Ramírez un Salas en su esquina? ¿Tendrá Robeisy la fe de un Ugás?

Al menos sí tiene el ejemplo y la historia, que no son pocas cosas.


Ahora puede parecer que el mundo se abre delante del abismo, que la critica destroza la piel y la reputación de manera inmisericorde, pero Ramírez habrá de aprender a cerrar la puerta a ruidos externos y concentrarse en lo que realmente vale y en aquellos que valen, y no en esos que abandonan el puerto de la amistad a las primeras de cambio.

Un toque de arrogancia y un mundo de confianza nunca vienen mal en el boxeo, pero la honestidad con uno mismo no tiene precio, la humildad de reconocer y aprender es invaluable. Ugás lo supo en lo más oscuro de su carrera. Robeisy Ramírez no debe llegar a un sitio sin tanta luz para descubrirlo.

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