Cuelga los guantes un inolvidable: se despide el cerebro más brillante del boxeo moderno
El boxeo se despertó el miércoles con una noticia que golpea más fuerte que cualquier gancho al hígado: Vasiliy Lomachenko ha decidido retirarse.
Sin ruido, sin drama, sin cámaras encendidas. Así, con la misma sobriedad con la que peleaba. A los 37 años, el ucraniano dice adiós a los cuadriláteros, y lo hace como lo que fue siempre: un pensador del ring, un adelantado a su tiempo.
No hacía falta que hablara demasiado. Sus movimientos eran el idioma más claro del boxeo. Cada paso, cada finta, cada ángulo que creaba... todo parecía sacado de una partitura escrita por un genio obsesionado con la perfección.
Loma no peleaba, interpretaba. Y ahora se despide con la frente en alto y un legado a prueba de modas y estadísticas.
En su mensaje de despedida, Lomachenko fue más humano que figura. Agradeció a Dios, a sus padres, en especial a su padre Anatoly –el arquitecto de su estilo casi imposible de imitar– y a su familia, por estar allí en cada triunfo y en cada revés.
Y sí, también recordó sus errores. Pero incluso en la derrota, Lomachenko fue distinto: nunca perdió su esencia, nunca dejó de buscar la verdad técnica en cada round.
Desde su debut profesional en 2013 hasta su última joya en mayo de 2024 –una lección de boxeo ante George Kambosos Jr. que le valió el título FIB en las 135 libras–, Lomachenko fue construyendo una obra que no necesita explicación.
Su ascenso fue meteórico, ganando su primer campeonato mundial apenas en su tercera pelea, ante Gary Russell Jr., en una actuación que todavía se estudia en gimnasios del mundo.
Hay que hablar también de sus derrotas porque en ellas también se reveló el carácter del campeón.
Su caída ante Orlando Salido fue un escándalo de golpes bajos y libras de más.
Contra Teófimo López se guardó demasiado durante medio combate. Y frente a Devin Haney fue víctima de una decisión que aún genera debate. Pero el que sabe de boxeo entendía que el ucraniano siempre peleaba con algo más que los puños.
Lo suyo no era solo boxeo. Fue educación emocional. Un tipo que ganó dos oros olímpicos, que enfrentó a los mejores sin excusas, que cambió la percepción sobre lo que podía hacer un peleador pequeño, técnico, cerebral. No llenaba arenas como otros, pero bastaba verlo una vez para no olvidarlo jamás.
Quizás este retiro no sea una salida definitiva. Quizás en algún momento lo veamos en una esquina, como entrenador, como guía, como el hombre que traduce en palabras todo lo que no se puede explicar de su boxeo. Sería un regalo para el deporte que tanto le dio.
Por ahora, lo único seguro es que el telón ha caído para uno de los mejores de esta generación. Un boxeador que no buscaba ser famoso, sino perfecto. Y muchas noches lo fue.
Esta historia fue publicada originalmente el 5 de junio de 2025, 10:44 a. m..