El cubano Ortiz aspira a coronar el gran salto desde el monte hasta la cima
Luis Ortiz le huyó una vez al boxeo. No siempre tuvo esa pesada figura intimidatoria que hoy posee. Por el contrario, cuando llegó al centro de entrenamiento procedente “del monte” (como él mismo califica el lugar donde creció) llevado por el entrenador Jesús Martínez Peña, arribó con 67 kilos y 13 años de edad. Si el resto de los muchachos inscritos en esa especie de acopio del talento natural boxístico en la isla tenían que hacer dieta y privarse de algunos alimentos, todo iba a parar a la boca y estómago de Ortiz.
“Ortiz cómete, esto. Ortiz cómete aquello”. El camagüeyano primero fue asociado a su gran capacidad de digerir grandes cantidades de alimentos que a su fuerte pegada.
Sin embargo, nada de esto era extraño para un niño que venía del mundo de lo privado: privado de comida, privado de zapatos, privado de autoestima.
“Si soy feo ahora, te puedes imaginar cómo era a las 14 años”, bromea el actual campeón interino de la máxima categoría de la AMB sentado en un salón de un hotel de Washington mientras recuerda que los primeros zapatos de boxeo que le regaló Martínez le servían para todas las ocasiones: ir a la escuela, ir a la calle e ir a las fiestas, aunque eran pocas.
“Bailaba poco con las chicas, quien se le iba a medir a un pelao tan maluco como yo. Y lo peor no era eso, tú sabes que la gente del monte no sabe combinar bien la ropa. Así que poco de interactuar con las muchachas”, recuerda con cierto cruel humor.
Antes que el entrenador Martínez sacara de una bolsa negra esas primeras zapatillas blancas que tuvo en su vida, Martínez lo esperaba sentado en un viejo mecedor de estructura de hierro oxidado frente a su casa. Luis se fue del centro deportivo donde lo había llevado el busca talentos, huyendo de las pocas comodidades que había tenido en su vida, por el peso de conciencia que le produjo dejar sola a su madre en el campo recogiendo las piedras de los surcos para que las cuchillas que pasaban cortando la caña no se astillaran.
“Me fui de aquel lugar donde me llevó el profesor Martínez no porque estuviera mal allá o no me gustara. No podía estar tranquilo dejando a mi madre sola con mis hermanas haciendo el trabajo fuerte mientras lo único que yo hacía era tirar ‘piñazos’ [golpes]. Un día que fueron a pasar revista de los integrantes del centro de entrenamiento no me encontraron más. Me fui de nuevo al monte. Le estaba huyendo al boxeo, pero no por miedo, por necesidad. No tenía nada. Ni zapatos, inclusive”.
Por eso cuando se percató que el entrenador de boxeo Jesús Martínez estaba sentado en aquella vieja mecedora, que al mecerse parecía desprendérsele una cáscara más del óxido, puesta en el frente de su casa, supo que se estaba enfrentando a algo a lo que no iba a poder negarse.
Lo que más le sorprendió a ‘King Kong’ Ortiz en ese momento, no fue la presencia de aquel adulto obsesivo que veía en él un tremendo talento natural, sino aquellas botas blancas que sacó como de un sombrero de copa de mago y que despidieron una especie de radiante luz que encandilaron los ojos de aquel pequeño de 13 años que no musitó palabra alguna ante una de las cosas más bellas que había visto en toda su corta vida.
“Me ponía esas botas de entrenar para todo. No me las quitaba. Eran como mi segunda piel [risas]. Si hubiera sido un asiduo asistente a fiestas en mi pueblo, hasta con ellas habría ido a bailar. Tú sabes, era mi tesoro. Me las dio el profesor Martínez para que regresara al centro de entrenamiento. Me dijo que no solo regresara por aquellas botas blancas, que él se comprometía a gestionar una especie de licencia a mi edad para que me dieran algo de dinero por ello y así mandarle algo de plata a mi mamá. Lo hizo. Me entregaban unos 112 pesos cubanos, le daba una parte a mi mamá, con la otra compraba queso y lo negociaba en la escuela a la que iba”, recuerda Ortiz.
Eso era mejor que aquel ardor en las manos que experimentó cuando agarró el machete para cortar monte, sentía que los callos le producían un calor más fuerte que el sol que reposaba sobre su nuca. “Esto no es para mí”. Cogió aquel alargado acero con cacha dura negra, lo tiró en el monte con aquella rebeldía que da la infelicidad de hacer algo que no te gusta y se fue a correr de regreso a su casa, antes de tener aquel encuentro con Jesús.
De regreso al boxeo recuerda que comenzó en la categoría de los 75 kilogramos, con 16 años y una corpulencia a la que cada día más le agregaba carnes a dicha contextura y con la que comenzó a derribar rivales como castillos de naipes.
Con los 112 pesos que ganaba le metía más pan y croquetas al estómago. Era un triturador de comida. Poco a poco fue ganando peso, estatura y poder en sus nudillos.
En la rama aficionada lo esperaban 362 peleas por delante. Integró por varios años el equipo nacional de Cuba. A los 23 años ganó su primera medalla de plata en un Campeonato Nacional Cubano en la categoría de los 95 kilogramos. Entre el 2005 y 2006 obtuvo dos medallas de oro en el tradicional torneo ‘Playa Girón’ en su país y se subió a lo más alto del podio en Los Juegos Panamericanos de Brasil 2005. Terminó su vida de amateurismo con foja de 343 triunfos con 19 derrotas.
“Ahora con el cetro de campeón mundial de los pesos pesados, no puedo olvidar al comisionado Titi Bazurto. Él y el profesor Martínez hicieron todo lo posible para que pudiera tener una licencia deportiva y devengar unos pesos, que aunque pocos hoy en día, para mí fueron mucho en ese momento definitivo. Hoy quizás estaría en el campo, tal vez con mi familia la cual extraño, pero no sería quien soy en este momento”.
La inmensa mole de músculos frente a mí parece estremecerse en lo más secreto al momento que volvieron a pasar por su mente aquellas postales de la pobreza en las que se enmarcó la vida del que hoy es el 83 peso completo de Cuba que incursionó en la máxima categoría del pugilismo mundial y el primero en ceñirse el cetro de campeón mundial de los pesos pesados.
Este sábado tendrá que ratificarlo frente a Tony Thompson, aquí en Washington, un pesado que como él adoptó el apodo de otro de las fieras naturales creadas por el cine, Godzila, y que recrearán uno de los más enconadas luchas que tan solo se puede dar en el celuloide, pero que tomará vida dentro de 16 cuerdas del escenario DC Armory en la capital del país.
Esta historia fue publicada originalmente el 4 de marzo de 2016, 5:56 p. m. with the headline "El cubano Ortiz aspira a coronar el gran salto desde el monte hasta la cima."