Un funeral para Alí, ¿un entierro para el boxeo?
La sombra de Muhammad Alí planea sobre el boxeo como un recordatorio. El deporte que diera al ícono más grande se encuentra en hora bajas, con las alas rotas y la confianza por los suelos. El funeral de la leyenda encierra en su luto un réquiem adelantado, una alarma roja apuntando a que el estado de cosas no aguanta más.
Hubo una vez en que Jack Dempsey era más popular que Babe Ruth, en que el "Asesino de Manassa'' encontraba mejor resonancia que el "Sultán de la Estaca'', en que una pelea de boxeo como la de Joe Louis y Max Schmeling parecía decidir los destinos de la Segunda Guerra Mundial. El campeón pesado era el rey del universo. Alí lo era en el ring y lo seguirá siendo en el imaginario popular.
Ya no más. El campeón pesado, o vale decir mejor, los campeones pesados, son apenas figuras de opereta, como ese Tyson Fury que, en la época de Alí, no habría pasado de ser un contendor mediocre, un bufón de segunda carente de técnica o pegada. Qué digo Alí. Foreman, Frazier, Norton, Spinks, Holmes…cualquiera de ellos reinaría hoy por encima de esa masa irreconocible que puebla la división máxima.
Ahí radica la grandeza de Alí como boxeador. Brilló más que nadie en una época de titanes, que perdió con un Frazier temido y se enfrentó a un Foreman que de solo subir al ring inspiraba pavor por su pegada. Nunca le dijo que no a un rival -lo de Teófilo Stevenson es una nota al pasar- y peleó donde lo llamaran, en Africa, en Sudamérica, en Asia. El embajador perfecto.
Fueron esas caídas y levantadas las que forjaron la leyenda en el ring, su capacidad para vencer mentalmente cuando aún no había lanzado el primer golpe. Destrozaba las neuronas del otro con su martilleo verbal constante, a veces brutal e injusto. Habría que estar en la piel de Foreman, cuando escuchaba las 24 horas el grito de "Alí, bomaye'' -"Alí, mátalo'', salido de miles de gargantas en Zaire.
Pero al final, estaba allí sin excusas, delante de Foreman, aguantando sus andanadas furiosas, esperando el momento en que ese desgaste mental se activara -octavo round- e iniciar entonces un contraataque metódico, inteligente y decisivo. Alí hablaba, pero respaldaba sus palabras con la acción.
Hoy muchos hablan, pero a las bravuconadas les sigue el vacío. A diferencia de otros tiempos, los mejores no enfrentan a los mejores y la excusa de que el boxeo es un negocio infesta las buenas intenciones y encoleriza a un público que se distancia, cansado de promesas y mentiras.
No importa que la gente no quiera un Manny Pacquiao-Timothy Bradley III, de nada valen los reclamos sobre una Terence Crawford-Viktor Postol que no merece venderse en Pago Por Ver; promotores y boxeadores llevan años viviendo de espalda al fanático y siguen ignorando la escritura en la pared.
De tanto manoseo y regalo, una corona mundial es un título inservible. Saúl "El Canelo'' Alvarez abandona el suyo sin miramientos para no enfrentar a Gennady Golovkin en 160 libras, mientras que Adonis Stevenson y Sergey Kovalev recurren a cuanta estratagema encuentran a mano para dilatar el choque imprescindible en las 175. Es como si los Yankees rechazaran jugar contra Boston.
Así nos va en el boxeo. Nos va y muy mal. En este salvaje oeste cada cual tira de su carro y es en fechas como esta, cuando se le dice adiós a un eterno como Alí, que se recuerdan los momentos de oro que quién sabe si alguna vez volverán. El féretro de "el más grande'' no solo contiene un cuerpo gastado, sino también la advertencia del desastre que ya está aquí.
Siga a Jorge Ebro en Twitter: @jorgeebro
Esta historia fue publicada originalmente el 10 de junio de 2016, 0:15 p. m. with the headline "Un funeral para Alí, ¿un entierro para el boxeo?."