Fútbol

El Maracanazo, 70 años de una historia de gloria, dolor, racismo y política

Pasaron 70 años de quizás el momento más dramático en la historia del fútbol mundial y las emociones siguen vivas. Solo basta mencionar el nombre como fue bautizado este acontecimiento para que los fantasmas aparezcan en toda su dimensión: Maracanazo.

En efecto, un 16 de julio de 1950, en el estadio Maracaná de Río de Janeiro ante más de 220,000 personas, el gigante Brasil era el inmenso favorito para vencer al pequeño Uruguay en la final de la Copa del Mundo.

Solo bastaba un empate a los dueños de casa para consagrarse campeones, porque fue la única vez en la historia de los mundiales que se disputó la final por puntaje, con cuatro equipos que se enfrentaron todos contra todos.

Brasil goleo 7-1 a Suecia y 6-1 a España para acariciar la copa Jules Rimet. Uruguay, en cambio, había llegado con agonía tras igualar 2-2 con España y superar 3-2 a Suecia.

“Cuando saltamos a la cancha estallaron tantos artefactos pirotécnicos que el humo hacía imposible ver más allá de un metro”, me dijo Roque Gastón Máspoli, una tarde de carnavales de 1987 en Guayaquil, donde el exarquero de los uruguayos en 1950 era el entrenador del Barcelona SC. “Luego cuando nos formamos en línea para los saludos de protocolo escuchamos al gobernador de Río de Janeiro decir a sus jugadores: ‘Saludo a los campeones del mundo”.

Mario Filho, el periodista brasileño que precisamente da el nombre al estadio Maracaná, escribió en su libro “O Negro no Futebol Brasileiro” que antes de la final de 1950 se desató una confianza desbocada en todo el país.

“Las fábricas y las imprentas habían producido millones de banderines y postales con el título ‘Brasil Campeón del Mundo’”, escribió Filho. “El sábado, un día antes del partido, un vespertino no se contuvo y proclamó a Brasil campeón en una edición especial”.

El alcalde de Río, Mendes de Moraes, ordenó preparar el carnaval más grande que jamás en la historia se hubiese visto. Miles de bolsas fueron colocadas alrededor del techo del estadio para hacer caer el confetti tan pronto Brasil se coronara.

Era época de elecciones. Y la noche anterior a la final, los seleccionados brasileños se relajaban viendo un partido de voleibol en el club Sao Januario de Vasco da Gama, donde estaban concentrados.

De pronto llegó una orden para que los jugadores pasaran a los salones del club donde los candidatos a las elecciones locales de Río habían llegado para celebrar a los futuros campeones, tomarse fotos con ellos y tratar de aprovechar la popularidad de los astros.

El entrenador de Brasil, Flavio Costa, no podia decir nada porque él era candidato a concejal.

Lo peor ocurrió el domingo. A las 11 de la mañana aparecieron otros candidatos que no habían estado la noche anterior y que también consideraban una buena idea para sus respectivas campañas fotografiarse con los futuros campeones mundiales, y de esta manera los seleccionados vivieron horas de tensión, alboroto y presión apenas horas antes del momento culminante.

Las cosas no comenzaron bien para Brasil en la cancha. Uruguay pudo neutralizar a la máquina brasileña que en sus dos primeros partidos de la ronda final había anotado 13 goles. El primer tiempo terminó 0-0.

Apenas a los dos minutos de reanudado el partido, Friaca puso a Brasil arriba y el Maracaná estalló. Se venía la goleada, de seguro.

El capitán de los celestas, Obdulio Varela cogió la pelota y fue a reclamarle al árbitro inglés George Reader por un supuesto fuera de juego. Como el reclamo no fue atendido, Varela se fue caminando con el balón hasta donde el juez de línea para insistir en su protesta. También recibió una negativa.

Había pasado más de un minuto. Nadie se explicaba qué pretendía el capitán charrúa. Solo él sabía que había conseguido calmar a sus compañeros y enfriar el ambiente.

José Schiaffino, a pase de Alcídes Gigghia, silenció el Maracaná con el gol de empate. Brasil todavía era campeón del mundo, pero Gigghia se encargó se cambiar la historia a 11 minutos del final.

“Nunca el cielo de Brasil fue tan celeste” publicó a lo largo de sus páginas centrales el vespertino Ultima Hora, en Perú. En todo el mundo los periódicos hicieron eco de su asombro con el resultado.

La seleccion brasileña no reapareció sino hasta 1952 y jamás usó camisetas blancas como en la tarde del 16 de julio de 1950.

Bigode, Juvenal y Barbosa fueron culpados por la derrota y acusados de “cobardes” por el periodismo brasileño. Los tres eran negros.

Cincuenta años después, Barbosa moría en extrema pobreza luego de haber pasado toda suerte de humillaciones.

En su libro “Futebol Nation. The story of Brazil through soccer”, David Goldblatt relata que Barbosa recordaba que una vez entró a una barra y una mujer le comentó a su hijo: “Mira, ahí está el hombre que hizo llorar a Brasil”.

Goldblatt recuerda en su libro que en 1994, Barbosa fue echado del campamento de entrenamiento de la selección brasileña en Teresópolis pues podía “salar” al equipo antes del Mundial de Estados Unidos.

“Brasil no volvió a poner un arquero negro hasta Dida en 1991”, escribió Goldblatt. “La multirracial confianza de Brasil se había disuelto en una ácido baño de racismo, autodudas y autodesprecio”.

En una entrevista, Varela, el artífice del triunfo charrúa, confesó que esa mismo noche se fue a un bar. El local estaba despiadadamente vacío. El hombre que atendía la barra le comentó al capitán acerca de la enorme tristeza que había sufrido el país con la derrota. Las calles estaban desoladas y el silencio era como un grito que no podía desahogarse.

“Si hubiese sabido que íbamos a causar tanto dolor, nos hubiésemos dejado ganar”, confesó Varela en la entrevista.

Esta historia fue publicada originalmente el 15 de julio de 2020, 11:17 p. m..

Reciba acceso digital ilimitado
#TuNoticiaLocal

Pruebe 1 mes por $1

RECLAME SU OFERTA