Viajamos en el tiempo a los años 60, cuando las tarjetas de béisbol eran un tesoro | Opinión
La evolución de los recuerdos deportivos, de los objetos de colección, me sorprendió esta semana al descubrir por primera vez un fenómeno de moda llamado NBA TopShot.
Estoy más cerca de ser un ludita que de estar a la vanguardia de las últimas tendencias, así que no es de extrañarse que no conociera estas llamadas “tarjetas digitales de basquetbol”.
Me enteré de la existencia de NBA TopShot la misma semana en la que me metí en mi garaje, rebuscando en grandes contenedores de plástico, en busca de algo perdido hace mucho tiempo.
Mi juventud.
Y allí estaban, apiladas en viejas cajas de zapatos: Cientos y cientos de tarjetas de béisbol y football, casi todas de los años 60. En una época en la que los Beatles y Motown eran la banda sonora de Estados Unidos y LBJ estaba en la Casa Blanca, yo era un loco del coleccionismo de tarjetas. Obsesivo.
Compraba un paquete de tarjetas Topps (era un niño Topps) y no podía esperar a llegar a casa y desenvolver el misterio. Lo más probable era que salieran jugadores normales. Oh, pero qué tal si era oro y te salía Mickey Mantle. ¡O Willie Mays!
Coleccioné tarjetas sin parar desde principios de los 60 hasta principios de los 70, desde la primaria hasta el inicio del high school.
Esta semana, más de medio siglo después, descubrí que aquellas viejas cajas de zapatos se estaban deshaciendo, pero que el tesoro largo tiempo olvidado que guardaban — esos rectángulos de cartón fino de 3.5 por 2.5 pulgadas — estaba milagrosamente intacto, no todas pero sí muchas tarjetas, en lo que los expertos en coleccionismo llamarían estado perfecto.
El viaje al pasado ocurrió por accidente el martes, durante mi programa semanal en el Dan Le Batard Show With Stugotz. Alguien me preguntó si era una persona que almacena cosas compulsivamente. Tuve que declararme culpable y puse como ejemplo mis viejas tarjetas de béisbol. Poco después, a petición del programa, me encontraba en mi garaje, en directo, viajando al pasado para volver a ver a mi yo de 12 años.
Recordé que tenía cajas llenas de tarjetas de béisbol, pero casi había olvidado que también había coleccionado un montón de football (por no hablar de un puñado de tarjetas diversas, como las de Batman, James Bond y un set de dragsters y hot rod).
Después de escuchar la descripción de algunas de las tarjetas al aire, un abogado que no conozco me ofreció $10,000 por toda la colección, sin verla.
El jueves, un experto en valoración de tarjetas, Tyler Holzhammer, de la aplicación Sports Card Investor, estuvo en el Le Batard Show para identificar las más valiosas entre mis tarjetas, entre ellas una Mickey Mantle de 1968, una Mantle del 69, una Nolan Ryan del 69, una Hank Aaron del 68 y una Carl Yastrzemski de 1961.
Todas ellas valen más de $100 cada una, y quizá mucho más si las tarjetas fueran autentificadas y se encontraran en buen estado.
Mi colección de football incluye tarjetas de los años 60 de Joe Namath, O.J. Simpson, Larry Csonka, Paul Warfield (con los Browns) y Nick Buoniconti (con los Patriots), por nombrar algunos. ¡Y a Y.A. Tittle!
Este coleccionista de arte de Miami acaba de vender un videoclip gratuito por $6.6 millones. Todo es criptográfico.
Por desgracia, varias tarjetas que habrían valido mucho dinero se devaluaron porque de niño había escrito en ellas con bolígrafo. Entre ellas, una Mantle de 1966 y una Pete Rose del mismo año. Eso es una prueba de que de niño coleccionaba tarjetas para tenerlas, sin pensar en lo que podrían valer en 10 o 20 — o 50 — años.
Sigo pensando lo mismo. Para mí, las tarjetas no son una inversión, sino un recuerdo vivo, una gran parte de mi infancia que no está a la venta.
No son solo las tarjetas valiosas, son las docenas de futuros miembros del Hall of Fame en mi colección. Muchas otras tarjetas de menor importancia cuentan una historia.
Está Freddie Patek, el jugador más bajo con 5-4. Está Bob Uecker. Está Jim Bouton, el tipo Ball Four. Y Bo Belinsky, el pitcher/playboy que salió con Ann-Margaret.
Y está Brian Piccolo, homónimo de la película Brian’s Song.
“Esa es su única tarjeta”, dijo Holzhammer, explicando el sorprendente valor de la tarjeta de Piccolo. “Esa fue su tarjeta de novato, y tras esa temporada falleció”.
Tengo tarjetas de Fritz Peterson y Mike Kekich, los lanzadores de los Yankees que en 1972 intercambiaron esposas y familias, incluidos niños y perros.
Así que, ahora, medio siglo después, la moda del TopShot de la NBA implica la compra de paquetes digitales de breves videoclips que uno “posee” y puede conservar, intercambiar o vender. Pongo “poseer” entre comillas porque la destacada clavada de LeBron James por la que acabas de pagar es, casi con toda seguridad, algo que ya has visto hasta la saciedad en ESPN Sports Center y que puedes volver a ver, a la carta, en YouTube de forma gratuita.
Los recuerdos digitales tienen su lugar.
Pero esta semana recordé lo que significaba para mí tener tarjetas de béisbol en la mano. La expectación al abrir con cuidado el papel encerado y el olor de ese fino trozo de goma de mascar te golpeaba.
Esta semana recordé lo que significan las tarjetas de béisbol para mí, y no solo las tarjetas de la lista A consideradas valiosas, como el puñado que tengo de mi ídolo de la infancia, Yaz, incluida esa tarjeta del 61 que parece tanto un cuadro como una fotografía.
Redescubrir una tarjeta en particular me hizo sonreír.
Toda mi vida, como broma, al levantarme de la mesa o salir de un restaurante después de una gran comida, a veces digo: “I’m fuller than Vern Fuller” (“Estoy más lleno que Vern Fuller”).
Pues bien, ¡ahí estaba! Mi tarjeta de 1968 de Vern Fuller, ex segunda base de los Cleveland Indians.
“Pon esa en el contenedor de un dólar”, dijo Holzhammer.
No, me la quedaré, gracias.
Fuller tiene hoy 77 años y vive en Wisconsin.
Debería hacer un esfuerzo por localizarlo, pero me daría vergüenza intentar explicar por qué demonios he estado diciendo su nombre durante todas estas décadas.