Inolvidable Sexta de Mahler por la Orquesta de Cleveland
La residencia invernal de la Cleveland Orchestra en Miami es un divisor de aguas en la audiencia local. Es una presencia “con bemoles” y las razones son varias, las dos más visibles una programación complaciente y ejecuciones irreprochables aunque carentes de la personalidad por la que una orquesta como esta ha ganado prestigio legendario. Para feliz beneplácito de todos los sectores, la Sexta de Mahler el pasado fin de semana marcó esa ansiada “excepción a la regla” y un anhelo porque esa excepción se convierta de aquí en más, en regla.
En manos de Franz Welser-Möst, el Mahler borró la impresión decididamente mixta del Beethoven-Shostakovich la semana anterior, fue como ráfaga de aire fresco que dejó la impresión de que una orquesta de este calibre debe dejar en una audiencia conquistada que supo agradecer de pie –esta vez no aquejada de la reacción resorte automático tan de moda– y en la que se vio una gran cantidad de gente más joven que el común denominador. Razón tenía Mahler al afirmar “Mi tiempo está por llegar”.
Esta Sexta –“trágica” pero no “patética” como la de Tchaicovsky– en palabras de Alban Berg “Es la única Sexta a pesar de la Pastoral”, señala una de las cumbres del genio mahleriano, deja atrás las cuatro primeras del Wunderhorn, anticipa la compleja mordacidad de la Séptima y la desarmante inmensidad de la Novena. Otra vez autorretrato y viaje por una vida en cuatro movimientos pasando por todos los estados anímicos para concluir con su inveterado pesimismo, bien definió el director en su breve alocución al público “Un viaje interior a su inconsciente” aludiendo a la conexión Mahler-Freud. El director austríaco, que ya había entregado una notable Tercera hace dos temporadas, brindó una versión espléndida, de corte ortodoxo y sin aristas extremas con una orquesta inmaculada que exhibió un dorado timbre mate, obviamente centroeuropeo, apreciándose a sus integrantes involucrados con una pasión infrecuente cuando tocan en el soberbio marco acústico del Knight Hall del Arsht Center.
Welser-Möst eligió el formato original con el Andante en segundo lugar, inmediatamente después del Allegro energico con sus alusiones a Bruckner y a la propia Alma Mahler. En la Sexta, marcial y vigorosa, no cabe duda que la torturada procesión va por dentro, el único escape son los cencerros alpinos que se escucharon propiamente celestiales, de otra dimensión, contrastando con la flagelación constante de los temas principales. Ese segundo movimiento de una liviandad y ensoñación única en Mahler, definitivamente una de sus páginas más excelsas fue vertido con una exquisitez y contenida emoción memorables. La sedosidad de las cuerdas lideradas por William Preucil, la imperceptible entrada de los metales y maderas conjuraron un paisaje nocturno de dimensión onírica. La orquesta pareció respirar al unísono, deslizándose en imperceptibles portamentos y glisandos hasta desintegrarse. No se abocó Welser-Möst a cargar las tintas, ni a las sonoridades más profundas o estridencias ni a excesos melodramáticos sino a mostrar la trama, lo que se enfatizó mejor aún en la magistral orquestación del Scherzo. Para el largo aliento del último, descomunal como casi todos los últimos movimientos del compositor, se apreció la sucesión anímica escalonada, esperanza versus desesperación, y sus ecos webernianos de la Segunda Escuela de Viena, cada vez más trágica y espasmódica hasta llegar al breve estertor final.
Una Sexta sobresaliente que pide por más repertorio acorde en próximas temporadas. Quizás el polémico Bruckner del director austríaco o aquella nunca concretada Octava Sinfonía “de los mil” mahleriana que engalanaría el ámbito perfecto del hall. Si es pedir demasiado, soñar no cuesta nada.
Esta historia fue publicada originalmente el 14 de marzo de 2015, 8:00 a. m. with the headline "Inolvidable Sexta de Mahler por la Orquesta de Cleveland."