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‘Doña Rosita la soltera’, homenaje a Federico García Lorca

Desde la izq.: Cristina Rebull, Rodolfo Jaspe, Alejandra Cossío y Vivian Ruiz, en ‘Doña Rosita la soltera’.
Desde la izq.: Cristina Rebull, Rodolfo Jaspe, Alejandra Cossío y Vivian Ruiz, en ‘Doña Rosita la soltera’. Teatro Prometeo

Las primeras palabras que leemos, una acotación, en la obra de Federico García Lorca (1898-1936), Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores, son: “Habitación con salida a un invernadero”. Esta fue la última pieza que estrenó en vida, en Barcelona, con la compañía de Margarita Xirgu en diciembre de 1935, a ocho meses de su asesinato en Granada. Y eso es precisamente lo que vemos al abrirse el telón, una “habitación con salida a un invernadero”, en un fiel diseño de escenografía de Jorge Noa y Pedro Balmaseda para el montaje de Gonzalo Rodríguez –a quien recordamos por su brillante labor en varias de las últimas producciones de Pro Arte Grateli–, que dirige la pieza y también se ocupa de las luces y la música, en el Koubek Center, nueva sede del Teatro Prometeo. A cada lado, enmarcando grandes espejos, cinco hermosos relojes antiguos, y en el centro, al fondo, junto a una de las puertas de acceso al invernadero, un gran reloj de pie, que en conjunto y con poco despliegue dan clase, señorío, a la mansión, a la vez que sutilmente aluden al tiempo, factor de gran importancia en esta pieza. Y por doquier, sillas, muchas sillas, que juegan un papel preponderante aunque tal vez algo arbitrario, en todo el movimiento escénico. Es curioso que en un trabajo reciente de Noa y Balmaseda, las sillas también desempeñaban un rol central.

Rodríguez reduce los tres actos de la pieza original a dos. En el primero se presentan los personajes, se sientan las bases de la tragedia personal de Rosita, que de hermosa joven en edad de merecer, con primo pretendiente, se llega a convertir con el paso del tiempo, en una solterona, casi lo peor que le podía ocurrir a una mujer en esa época, mientras se muestra un retrato de la sociedad de su tiempo con algunas de sus figuras más grotescas. En el segundo acto, la mansión en venta a punto de ser abandonada –el invernadero desmantelado y en las paredes las manchas oscuras que marcan el sitio que ocupaban los relojes– con una Rosita transformada en una mujer resignada a su destino. Tres estupendas actrices, Cristina Rebull (Doña Rosita), Alejandra Cossío (La Tía) y Vivian Ruiz (El Ama) dan vida a los personajes centrales. Al principio de la obra, Cristina Rebull nos regala una Doña Rosita, fresca, rozagante, juvenil, enamoradísima, llena de ilusiones y de esperanzas y, a medida que pasa el tiempo, la vemos convertirse en ser amargado, lleno de frustraciones y vencido. Alejandra Cossío, una actriz de carácter, con gran porte y elegancia nos da una Tía autoritaria, que pasa un poco de la obsesión de su marido por la botánica, pero que ama y sufre por Rosita. Vivian Ruiz como El Ama es el alma de la pieza. Esta gran actriz está en su mejor momento y derrocha dominio, gracia y picardía a raudales. El Tío (Rodolfo Jaspe), ensimismado, retraído, poco expresivo, demuestra su cariño por Rosita con una flor que logra cultivar para ella. Jaspe sale airoso en su papel a pesar de su juventud. Las tres Manolas (Magyani Medina, Grethel Ortiz, y Mariel Corona) aportan simpatía juvenil y una alta dosis de lirismo. Con ellas, sin dudas, Lorca rinde homenaje a su querida Granada. Las solteronas, interpretadas por las mismas actrices, y la Madre de ellas (Florencia Loguzzo), tratando de aparentar lo que no son, representan un toque exquisito de cursilería, que el autor remarca en su texto, aunque en el montaje de Rodríguez se eleven las cotas y se exagere un poco, quizás con la intención de balancear el trabajo de las actrices, que divierten al público con sus ocurrencias y un vestuario rayando en lo ridículo. Las hijas de Ayola (Shirley Álvarez y Dayana Morales), un fotógrafo muy conocido en ese tiempo, exhiben con desenfado el paso del tiempo. El Señor X, un personaje inspirado en un catedrático universitario que Lorca padeció, pedante, snob y fanático de la tecnología, lo desarrolla muy bien el actor Bruno Gatti. El resto de elenco lo integran alumnos de Prometeo, que se desenvuelven con soltura. Una mención especial para Jeffry Batista, en sus dos breves papeles como el novio y el muchacho, deja huella. Una fuerte promesa de joven actor.

Doña Rosita la soltera resultó una bonita puesta y un homenaje a su autor, aunque el director se tomó una licencia algo atrevida al transformar el desmayo con el que termina la pieza original en un suicidio sugerido.

Esta historia fue publicada originalmente el 31 de julio de 2017, 4:21 p. m. with the headline "‘Doña Rosita la soltera’, homenaje a Federico García Lorca."

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