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Un siglo de María Félix

A mediados de los años 50, hiperbólico pero acertado, al hablar de la actriz Ava Gardner, el escritor norteamericano Ernest Hemingway dijo: “Es el animal más bello del planeta”.

Desde entonces, la frase, dicha en una época en que el cine contaba con varias mujeres deslumbrantes, se ha repetido hasta el cansancio. Una de esas mujeres, María Félix, no era sólo bella entre las bellas, sino que era de una belleza singular, irrepetible; mejor aun: absolutamente original. El destino es veleidoso y si ha habido alguien que encarne a plenitud la palabra diva -tan manoseada y mal usada en estos tiempos- no hay nadie como María Félix.

María de los Angeles Félix Güereña nació en Alamos, Sonora, el 8 de abril de 1914. Poco después, la familia se mudó a Guadalajara, donde la niñez y adolescencia de María estuvieron marcadas por la íntima relación que tuvo con su hermano Pablo, a tal punto que Don Bernardo, el severo padre, y Josefina, la madre, decidieron separarlos para así evitar la tentación de que se enredaran en una relación incestuosa. El muchacho fue enviado a estudiar a una escuela militar, y allí murió asesinado de un balazo por la espalda en un incidente que nunca se aclaró del todo.

La muerte del hermano sumió a María en una inconsolable tristeza. Ya famosa, le reveló a un conocido periodista la historia de este primer amor. Recordó los paseos a caballo abrazada a su hermano; recordó su voz y su guitarra; el lunar que tenía en la mejilla; sus ojos claros; su pelo rubio, su apostura. Y terminó acuñando valientemente una sentencia memorable: “El perfume del incesto no lo tiene ningún otro amor’’.

Desde muy joven, gracias a su físico impresionante, empezó a llamar la atención de hombres de todas las edades. Un día los estudiantes de la Universidad de Guadalajara le pidieron que se postulara en un certamen donde se elegiría a la reina de la escuela, y lo ganó. Ser coronada reina y desfilar en una carroza por la ciudad fue un sueño que se le hizo realidad y que seguiría siéndolo para siempre.

Para escapar de la férrea disciplina de su padre y poder irse de la casa, se casó precipitamente con Enrique Alvarez, que trabajaba como vendedor de la firma de cosméticos Max Factor. La juventud y la inexperiencia de los dos condujeron al divorcio, y de esta unión María tuvo su único hijo, Enrique Alvarez Félix, quien se haría actor.

Se trasladó luego a Ciudad de México, donde tras un encuentro casual, el ingeniero Fernando Palacios se la presentó al director cinematográfico Miguel Zacarías, quien en 1942 le propuso debutar en el cine protagonizando junto a quien sería más tarde su tercer marido, Jorge Negrete -entonces la figura cimera del cine azteca-, El peñón de las ánimas. Apenas le bastaron tres películas para alcanzar la fama. Su tercera cinta, Doña Bárbara (1943), de Fernando de Fuentes, basada en la novela homónima de Rómulo Gallegos, la hizo una gran luminaria y gracias al fuerte carácter del personaje y a su propia e impactante personalidad se convirtió pronto en una leyenda viviente de la Época de Oro del cine mexicano: La Doña.

Aunque se ganó la fama de mala, los que la conocieron íntimamente afirman que fue una mujer maravillosa, con gran sentido de la amistad, simpática, culta y encantadora.

Un poco como Greta Garbo, pero sin caer en los extremos de la sueca, María Félix armó un símbolo que protegió contra todo. Desde un principio percibió que en torno a ella se había creado un mito y sintió que su imperativo mayor era respetarlo. Su distancia, su altivez, su bravura, representaron el arquetipo de la mujer fatal, inabarcable, sin fronteras y cimentaron su fama de mujer calculadora, fría y ambiciosa. A partir de ese momento, su carrera conoció un ascenso meteorórico y los títulos de sus películas son el mejor ejemplo de su temperamento recio y soberbio: La mujer sin alma, La devoradora, La mujer de todos, Mesalina y La Bella Otero. La Academia Mexicana de Ciencias y Artes Cinematográficas le otorgó el Premio Ariel a la mejor actriz tres veces: en 1947, por Enamorada; en 1949, por Río escondido, y en 1951, por Doña Diabla.

Aunque triunfó plenamente en Europa, nunca hizo cine en Hollywood, porque según dijo “sólo me ofrecían papeles de indias sumisas con canastas, y yo hago de india cuando me da la gana y nada más que en México’’. Sin embargo, casi obtuvo el papel protagónico del clásico western Duelo al sol. Era la estrella de la película y hasta tenía el primer crédito por encima de Gregory Peck, pero compromisos de rodajes en Italia y Francia impidieron que participara y el personaje terminó haciéndolo Jennifer Jones. Años después dijo: “Una de las pocas cosas que me ha pesado en la vida es no haber hecho de Perla Chávez’’.

En los años 40 conoce al compositor Agustín Lara y el romance termina en matrimonio. Como regalo de bodas en 1945, Lara le regala la canción María Bonita, que se convertiría en su himno. Los furiosos celos del llamado músico-poeta, sin embargo, hacen que se separen, y de nuevo María provoca comentarios por sus amoríos con otros hombres. El pintor Diego Rivera se enamora perdidamente de ella y cuenta la leyenda que hasta Frida Kahlo quedó prendada de la enigmática María.

Estuvo a punto de casarse con el actor argentino Carlos Thompson cuando los dos filmaron en Argentina La pasión desnuda, dirigida por Luis César Amadori. La fecha de la boda estaba fijada, pero la actriz se arrepintió.

De regreso a México, tras haberse odiado a muerte durante la filmación de El peñón de las ánimas, de pronto surge una pasión con Jorge Negrete. Las dos figuras máximas del cine mexicano, ya reconciliadas, salían a todas partes, ocupaban cintillos de revistas y periódicos y vivían una etapa de amor muy intensa y serena. El 18 de octubre de 1952 la pareja más famosa de todo México se casaba en la boda más espectacular de la época, transmitida por radio a toda América Latina. Pero el tercer matrimonio le duró poco; mientras rodaba otra película en Europa y él se presentaba en el teatro Million Dollar, de Los Angeles, Negrete tuvo una fuerte recaída de la cirrosis hepática que padecía desde muy joven y murió a los pocos días en el hospital Cedros del Líbano, un golpe muy duro para ella. Llegó a verlo con vida. “Viniste, negrita’’, le dijo Jorge y cayó en coma para no despertar más.

A principios de los años 50, conoció a Alex Berger, un industrial millonario francés, pero los dos estaban casados y la relación no prosperó. Ya viuda de Negrete, vuelven a encontrarse y descubren ser el uno para el otro. Se casan en una sencilla ceremonia en París en la primavera de 1956, y ella se integra a la alta sociedad parisina; le encanta su rol. Duraron casados 18 años hasta la muerte de él.

En 1981, conoció al pintor francés Antoine Tzapoff, se convirtieron en pareja y vivieron juntos largos años, compartiendo su tiempo entre París, Ciudad de México y Cuernavaca.

La hermosura de la sonorense hizo que en Europa fuera adorada. Según expertos, su cara tenía las facciones más perfectas del cine mexicano y una de las mejores simetrías de cualquier cine. María no tenía fama de buena actriz pero ni falta le hacía; cuando se habla de ella, lo que sale a relucir es su esplendor, su majestuosidad, su célebre lunar en la mejilla, y su “ceja de lujo’’, que alzaba como nadie: nació estrella y estrella fue siempre.

Musa de importantes escritores, pintores y músicos del siglo XX, María Félix es una de las mayores leyendas -la segunda gran figura, sólo detrás de Pedro Infante, el ídolo indiscutible- del cine mexicano.

En total hizo 47 películas, y en 1971 se estrenó su última película, La generala. A partir de entonces, La Doña se dedicó a viajar, a ir a los toros, a la ópera, a cuidar su cuadra de caballos y a disfrutar su vida de mujer de la alta sociedad de París.

Luego de algunos años padeciendo de varias enfermedades, entre ellas osteoporosis, el 8 de abril del 2002, exactamente el mismo día que cumplía 88 años, María Félix murió en su casa de la Colonia Polanco, en México, D.F.

Su mayordomo, administrador y brazo derecho, Luis Martínez de Anda, la encontró muerta en su recámara, y la versión oficial fue un ataque cardíaco durante la madrugada.

Pero ya se sabe que las diosas nunca mueren, y María Félix era una diosa del cine, siempre resucitada. Cada cierto tiempo las diosas cumplen cien años.

Esta historia fue publicada originalmente el 5 de abril de 2014, 0:00 a. m. with the headline "Un siglo de María Félix."

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