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Ramírez Villamizar: geometría propia y sagrada

Muestra de sala de la exposición “Eduardo Ramírez Villamizar. Geometría Propia y Sagrada”, en la Durban Segnini Gallery de Miami.
Muestra de sala de la exposición “Eduardo Ramírez Villamizar. Geometría Propia y Sagrada”, en la Durban Segnini Gallery de Miami. Imagen de cortesía

En el panorama de la escultura abstracto-geométrica colombiana y latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX, dos nombres aparecen especialmente destacados: Eduardo Ramírez Villamizar (1922-2004) y Edgar Negret (1920-2001).

La exposición Eduardo Ramírez Villamizar. Geometría Propia y Sagrada es una oportunidad privilegiada para acercarse en profundidad a la dilatada trayectoria artística de Villamizar. Entre otras cosas, porque expone casi cuarentas obras, muchas apenas exhibidas, pero sobre todo porque ofrece una síntesis de más de cinco décadas de trabajo. Ello quiere decir que recorre los tres formatos artísticos que definieron los aportes formales de Villamizar a la poética abstracto-geométrica: Pintura, Relieves y Escultura. Desde pintura fechada en 1951, pasando por los magníficos relieves de los sesenta y setenta, hasta las esculturas de los años 1980 y 1990.

La muestra curada por Adriana Herrera y Nicolás Bonilla, cuenta con una cuidada edición de catálogo bilingüe español e inglés, en dos tomos con abundante documentación en torno a la trayectoria del artista.

De todo ello, de sus estancias en Paris y Nueva York hay una síntesis muy particular en esta muestra. Por ejemplo, la pintura Untitled (1951), habla de sus primeros pasos en la poética abstracta cuando entra en contacto con la abstracción en el París de principio de los años 1950. Es una pintura acrílica con fondo plano y vacío sobre el que flotan dos cuerpos, especies de caligrafías de dos espirarles, donde una parece ser la sombra o el reflejo de la otra. Es una pintura, en palabras de Ana María Franco, de composición suelta y libre en la organización de los planos geométricos, aspectos que abandonará por la adopción de composiciones con estructura más rígida a finales de los años 1950. (Ramírez Villamizar. Geometría y Abstracción, 2010)

El mundo animal y vegetal como expresión inabarcable de la naturaleza, y en particular el caracol y la serpiente serán elementos recurrentes. Precisamente hay en la muestra obras tanto de pintura, como relieves y esculturas que incluyen al caracol en sus títulos. Cuenta Nicolás Bonilla en el catálogo que Villamizar tenía una gran atracción por los caracoles hasta convertirse en un estudioso de sus formas y significados. Las obras de relieves exhibidos, sobre todo los blancos, son reveladoras de un cambio en su trayectoria artística. Revelan el tránsito de las pinturas de formas abstractas geométricas bidimensionales de los años 1950, al relieve de estructuras tridimensionales de la década de 1960. De este año, coincidiendo con su segunda visita a N. York, se exhiben ahora, entre otras, White depth y Silence surface. La composición de estos relieves en madera, ilustran un lenguaje abstracto geométrico, hecho a base de repetir formas simples reflejadas en los planos por el juego de luces. En estos relieves, el color cae de las sombras grises proyectadas sobre el blanco como un registro de los diferentes grosores de la madera en el plano.

Las esculturas de mediados de los años 1960 son fundamentalmente consecuencias formales de los relieves. Pero también por el intercambio sobre la génesis, organización y percepción del espacio mantenido por Villamizar con el arte minimalista que, en los años de sus residencias en Estados Unidos, se imponía en el escenario artístico norteamericano. El énfasis de la muestra no está en ese período de producción escultórica, sino en el que va desde finales de los años 1970. Antes Villamizar había trabajado y expuesto en Estados Unidos, realizando importantes encargos de escultura monumental como, por ejemplo, Cuatro torres, Vermont´s interstate (1971) y Columnata (1972). Conjunto escultórico, encargado por la ciudad de N. York, para el Fort Tryon Park. Este y otros proyectos visibilizaron a Villamizar como una de las voces más destacada de la escultura latinoamericana, consolidando su singularidad poética y discursiva en el circuito artístico norteamericano e internacional de los años sesenta y setenta.

El mundo precolombino cayó con todo su peso en la obra de Villamizar durante su visita a Machu Picchu en 1983. Entre los textos del catálogo hay un elocuente escrito de Villamizar tocando el tema: Homenaje a los artífices precolombinos (1989). “Mi entusiasmo por todas las expresiones de la estética precolombina -dice Villamizar-, desde la arquitectura hasta la orfebrería, pasando por la escultura y la cerámica, ha estado siempre marcado por la admiración y el estudio”. En la muestra, obras como Manto emplumado de 1988 y, diez años después, Cóndor y la solemne Puerta ruina, proyectan a Villamizar sumergido en un simbolismo abstracto-geométrico de espacios laberínticos. Laberintos cuya modularidad registra las inclinaciones de planos para construir espacios inéditos, inescrutables que evocan constelaciones culturales precolombinas. Son esculturas de metal cuyas superficies “crudas” imprime al tacto un aura primitiva, casi ancestral.

En Villamizar, la escultura secciona el espacio, envolviéndolo entre la quietud y lo convulso a través de una simbología que imbrica “la naturaleza con su poderosa biogeometría de la espiral o lo concéntrico -el caracol y la serpiente-; la simbología mística del ascenso o el vuelo, y lo cósmico…”. (Adriana Herrera Eduardo Ramírez Villamizar. Geometría Propia y Sagrada). Y tienen mucho de inspiración estas obras en las majestuosas geometrías de Machu Picchu, en la inconmensurable energía de sacralidad que ofrecen sus formas geométricas proyectando, entre las nubes y el sol, sus sombras en las cumbres andinas. Hay en Villamizar sacralidad, un espíritu solemne al sentido de la vida. Como también hay de solemnidad y de sagrado en las pinturas de Fernando De Szyszlo y las esculturas de César Paternosto, dos grandes abstractos que también peregrinaron a Machu Picchu. La vida: lo primero que se cuida sagradamente antes de desaparecer es lo más excepcional, cuya experiencia rompe los moldes de la homogeneidad espacio temporal que tiene el mundo.

Si la obra de Villamizar busca insistentemente simbolizar la sacralidad es porque advierte que la vida ha dejado de ser algo divino. La modernidad en su proceso desacralizador, desencantamiento o secularización del mundo para Max Weber, dejó la vida a la intemperie en un espacio público que ya no la considera divina.

“Eduardo Ramírez Villamizar. Geometría Propia y Sagrada” en Durban Segnini Gallery, 3072 SW 38 Avenue. Hasta el 31 de Marzo. www.durbansegnini.com.

Dennys Matos es crítico y curardor de arte. Reside y trabaja entre Miami y Madrid. dmatos66@gmail.com.

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