Azores paisaje y quietud
Cuando José Sousa viajó de la isla de San Miguel al Portugal continental en los años 80 del pasado siglo para realizar el servicio militar, muchos de sus compañeros se creían cualquier historia que les contara sobre el archipiélago de las Azores, un lugar mítico del que algunos ni habían oído hablar.
Sousa, que hoy trabaja como guía turístico en su isla natal, la mayor del archipiélago portugués, explica que en la Península Ibérica quedaban sorprendidos con su acento que, en ocasiones, ni entendían. Cuenta que incluso llegaron a creer su relato de que era posible caminar de una isla a otra cuando baja la marea.
Las Azores, nueve islas volcánicas con cerca de 250,000 habitantes, se encuentran en mitad del Atlántico norte y alejadas de todo abrigo continental, lo que hace que la historia de Sousa sea descabellada y que los azorianos hayan permanecido relativamente aislados hasta hace no demasiados años.
RUTAS ABIERTAS
Sin embargo, con la liberalización de las rutas aéreas a las dos principales islas, San Miguel y Terceira, la oferta de vuelos ha aumentado drásticamente por la llegada a las Azores de compañías de bajo coste, como Ryanair e EasyJet.
Los azorianos prevén que el turismo aumente gracias a estos vuelos, aunque no están seguros de que lo haga de forma sostenida.
Tanto Sousa como muchos de los trabajadores del sector servicios de San Miguel se preguntan si el archipiélago será una moda pasajera o si las compañías low cost ayudarán a que se consolide como destino.
Los profesionales del sector como Paula Almeida, directora de reservas del resort Caloura, aseguran que hasta ahora la mayoría de los visitantes eran alemanes, y que es previsible que con los nuevos vuelos aumenten las visitas de portugueses y de turistas de otros países.
Dalia Costa, visitante de las islas procedente de la ciudad lusa de Aveiro junto con su familia, afirma que las Azores “no han sido tradicionalmente un destino muy habitual entre los portugueses, salvo para las franjas de edad más avanzadas”.
Pese a ello, Costa cree que las vacaciones en el archipiélago “presentan numerosos atractivos para las familias”, como las excursiones a pie en medio de una naturaleza exuberante o las diferentes atracciones derivadas de la actividad volcánica, como los baños de aguas calientes.
Y es que los viejos problemas de conexiones han dejado como herencia en el archipiélago una tranquilidad y un paisaje que, hasta ahora, han sido sus principales reclamos para los visitantes.
Las lagunas gemelas en Sete Cidades, una verde y otra azul; la reserva natural de Lagoa de Fogo; o los numerosos miradores colgados sobre el Atlántico, son algunas de las excursiones más demandadas en San Miguel, de las que Sousa presume.
No obstante, los iniciados pueden descubrir enclaves tan espectaculares y menos explotados en islas más pequeñas, como Faial, Flores, Corvo, Pico, Graciosa, San Jorge o Santa María.
UN REFUGIO PARA LA TRADICIÓN
A pesar del aumento reciente en el número de visitas al archipiélago, con las cifras de pernoctaciones creciendo cerca del 30 por ciento mes a mes, según el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) luso, las Azores siguen siendo, en muchos sentidos, un oasis para la tradición.
Pequeñas localidades como Furnas, de unos mil quinientos habitantes, conservan la tranquilidad y la autenticidad, pese a ser muy solicitadas por los viajeros, especialmente por sus piscinas naturales con aguas calientes gracias a la actividad geotérmica, que hasta hace poco eran de libre acceso y muy usadas por los locales, según explican los vecinos.
Esa energía se emplea incluso para la preparación de platos típicos de la región, como el cocido de Furnas, que se cocina enterrado, gracias al calor derivado de la actividad volcánica, lo que le da un sabor especial.
En lugares como Furnas, el tiempo se detiene durante la temporada baja y son mayoría los habitantes dedicados a la agricultura o la ganadería, actividades que suponen cerca de la mitad de la economía del archipiélago.
En particular, dentro del sector primario es típica la producción de leche y, según el servicio estadístico del archipiélago, el ratio de vacas por habitante en San Miguel es casi de uno a uno, por lo que los prados llenos de estos animales constituyen una de las postales más típicas de las zonas rurales azorianas.
Conocida por su paisaje como “la isla verde”, San Miguel fue también el primer lugar de Europa, y actualmente el único, donde se produce té, en dos fábricas situadas en las localidades de Porto Formoso y Gorreana, esta última en funcionamiento desde comienzos del siglo XIX.
Paseando por los pueblos pequeños y tranquilos es fácil encontrar tradiciones aún más antiguas, como los “romeiros”, peregrinos que desde el siglo XVI recorren a pie y vestidos con trajes tradicionales la complicada orografía de la isla durante la cuaresma, de ermita en ermita y de iglesia en iglesia, cantando salves a la virgen.
La arquitectura de las Azores, incluida la de estos templos religiosos, utiliza la piedra negra volcánica característica del archipiélago, y está muy marcada por las reconstrucciones parciales a lo largo de los años, debido a los daños sufridos por los edificios debido a los terremotos periódicos.
Es por eso que la conservación del patrimonio azoriano no siempre ha sido fácil. Sin embargo, eso no ha sido inconveniente para que, tres años después de uno de los mayores terremotos registrado en las Azores en las últimas décadas, el sismo de la isla de Terceira en 1980, la capital de esa isla, Angra do Heroísmo, fuera declarada Patrimonio Mundial de la UNESCO.
La localidad fue escala frecuente en los viajes transoceánicos durante siglos, lo que dejó un aire colonial en sus construcciones volcadas al mar y siempre vigilantes del cercano cráter del volcán submarino Monte Brasil.
APUESTA POR LA CULTURA
Por su situación geográfica única, la identidad de las Azores no está centrada solo en sus propias tradiciones, sino que la historia de las islas también está marcada por su condición de lugar de paso y punto militar estratégico.
La emigración azoriana es responsable de que el archipiélago tenga importantes lazos con países como Canadá y Estados Unidos, además de Brasil y otras naciones de habla portuguesa.
Con esa voluntad de mirar a los tres continentes de los que las Azores han sido punto de encuentro, Europa, América y África, se inauguró este pasado mes de marzo el Centro de Arte Contemporáneo Arquipélago, en San Miguel.
“Queremos huir de la idea más conocida de las Azores, exclusivamente paisaje, y trabajar la identidad azoriana desde la perspectiva de las diferentes disciplinas artísticas”, explica Fátima Marques, directora de ese centro artístico.
Arquipélago se encuentra situado en una antigua fábrica de alcohol de la localidad de Ribeira Grande, y el proyecto de reconstrucción del edificio es finalista del principal premio europeo de arquitectura, el Mies van der Rohe.
Marques añade que el proyecto cultural tiene también como objetivo hacerse internacional, y establecer colaboraciones con otros centros artísticos para llevar a las islas exposiciones y actuaciones foráneas, presentando a las Azores como ligazón intercontinental.
De ese modo, la cultura es una de las apuestas de futuro del Gobierno regional para que, si las previsiones se cumplen y los visitantes se multiplican, el archipiélago consiga un turismo sostenible sin renunciar a su tranquilidad ni a los contrastes derivados de ser, a la vez, un enclave remoto y conexión de diferentes mundos.
Esta historia fue publicada originalmente el 13 de junio de 2015, 9:34 a. m. with the headline "Azores paisaje y quietud."