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‘Campos de fresa para siempre’, John Lennon cumple ochenta años

Han pasado cincuenta años desde que los Beatles se separaron, y en diciembre de cumplirán cuarenta del asesinato de John Lennon, dos números redondos todavía marcados por la grandeza de las canciones que una vez sonaron alegres y prodigiosas en los viejos tocadiscos. A nadie debe extrañarle que medio siglo más tarde, los Beatles sigan conmoviendo como el primer día con su entusiasmo imperecedero. Escuchar a los Beatles es seguir siendo joven.

Parece mentira que este viernes John Lennon esté cumpliendo ochenta años. Es imposible no pensar en John (con Paul, George y Ringo pasaron a ser nombres que no necesitan el apellido) cómo uno de esos cuatro provincianos, venidos de una ciudad devastada por la guerra, que se apoderaron de todo el planeta con la riqueza de sus canciones y, sin proponérselo, terminaron por reinventar la música. Sin el genio, la espléndida insolencia y la creatividad fundamental de John Lennon no hubieran existido los Beatles, y sin los Beatles el siglo XX sería otro.

John Winston Lennon nació en Liverpool, Inglaterra, el 9 de octubre de 1940, en plena Segunda Guerra Mundial, mientras los aviones de la Luftwaffe nazi bombardeaban la ciudad. No tuvo precisamente una infancia feliz. Su padre, Alfred Lennon, era un marino mercante que pocas veces estaba en casa, hasta que un día desapareció por completo. Después fue su madre, Julia Stanley, quien lo abandonó, dejándolo al cuidado de su hermana Mimi y de su cuñado, que lo adoraron.

John era un niño introvertido y listo que luego se volvió un adolescente rebelde e indisciplinado, que fue expulsado de varias escuelas y no sabía qué quería hacer con su vida. Hasta que descubrió los discos de Elvis Presley, Little Richard, Chuck Berry, Buddy Holly y Fats Domino. Entonces, no paró de escucharlos y al cumplir quince años supo que lo único que le interesaba era cantar y tocar rock and roll.

En el verano de 1957, amenizando con The Quarrymen —el grupo que había formado— una fiesta escolar, conoció a un muchacho dos años menor que él, y que, como él, solo soñaba con tener una guitarra en las manos. Se hicieron amigos, se incorporó a la banda a la que le cambiaron el nombre para The Silver Beatles y, después de varios otros intentos, se quedó definitivamente en The Beatles.

El recién llegado se llamaba Paul McCartney, los dos acordaron firmar todas las canciones que compusieran como Lennon & McCartney, y fueron unas doscientas. Era la primera —y la última— vez en los anales de la música en que dos monstruos, que ignoraban que lo eran, se sentaban a escribir juntos, y dejaban un legado tan fértil en menos de ocho años. El resto, como se dice, es historia. De la requetebuena.

Los Beatles: George Harrison, Paul McCartney, John Lennon y Ringo Starr en 1965.
Los Beatles: George Harrison, Paul McCartney, John Lennon y Ringo Starr en 1965. File photo UPI

Entre 1962 y principios de 1964 los Beatles conquistaron Europa. Pero fue sólo después de su visita a Estados Unidos que estremecieron al mundo entero. Los hombres se dejaron la melena, los bigotazos, y todos soñamos con tener camisas naranjas, corbatas púrpuras y suéters de color mostaza; y las mujeres se colgaron collares, se dejaron crecer el cabello hasta la espalda y le declararon el odio a los sostenes. En medio de la más desaforada vorágine de triunfos, excesos, polémicas, giras y gloria jamás experimentada por artista alguno, se hicieron ricos y famosos, y se convirtieron en ídolos de millones de personas.

El sarcasmo que John traía desde la adolescencia pronto se convirtió en parte de su atractivo. Era la exuberancia y el descaro. En noviembre de 1963, en un evento muy solemne, el Royal Variety Performance, la gala que se celebra todos los años con la realeza británica, John le dijo al público: “Para el último número les voy a pedir su ayuda. Los que están sentados en las butacas baratas, aplaudan. Los demás, solo tienen que hacer sonar sus joyas”. Soltó la bomba en presencia de la Princesa Margarita y de la Reina Madre de Inglaterra antes de interpretar Twist and Shout, el contagioso número con el que solían cerrar sus conciertos. Años después, John desencadenó un enorme escándalo con una de sus frases más célebres y atrevidas: “Los Beatles son más populares que Jesucristo”.

John se casó dos veces, tuvo dos hijos, se volvió solista, se apartó de la música, fue perseguido por el FBI y el 8 de diciembre de 1980, cerca de las once de la noche y tras regresar de una grabación, un psicópata, cuyo nombre no debe repetirse nunca más —como pidió Elton John—, lo mató disparándole cinco veces por la espalda a la entrada del edificio Dakota, en Nueva York, donde vivía con la japonesa Yoko Ono, su segunda mujer, para muchos la causante de que los Fab Four se separaran.

John Lennon en 1974.
John Lennon en 1974. Bob Gruen / www.bobgruen.co

Aunque lo han intentado, nadie ha podido compararse a la inteligencia, fecundidad y sensibilidad que le aportaron los Beatles a la música, con el ácido y corrosivo John Lennon al frente. La grandeza del cuarteto fue desde un principio avasalladora, y nunca nadie se les acercó demasiado, ni siquiera los trepidantes Rolling Stones que todavía, con más de setenta años, tocan, llenan stadiums, y se divierten. Los Beatles se mantuvieron varios años luz por delante del resto de cualquier músico, porque eran —y siguen siendo— algo tan intenso e irresistible que ocurre solo una vez en la vida; una belleza estética que va más allá del cine, de la literatura, de la pintura, y que quedó grabada de manera indeleble en nuestras emociones. Podemos escuchar de nuevo cualquiera de sus canciones —Strawberry Fields Forever, In My Life, Penny Lane, Hey Jude, Norwegian Wood— y, maravillados, descubrir matices deslumbrantes, sonidos insospechados, y una melancólica felicidad que no cesa.

Recuerdo la primera vez que oí a los Beatles, que escuché su nombre y supe que existían. Fue en las Navidades de 1964, en una fiesta en el Cerro, cerca del cine Maravillas, a la que me invitó un amigo de la secundaria. En ninguna fiesta faltaban los discos de Paul Anka, pero esa noche, por encima de Diana y de Put your head on my shoulder, escuché unos gritos voraces, unas guitarras que producían una sensación rara, unas voces acopladas, una batería y una explosión de gozo que arrebataba, y daba ganas de vivir. Era algo que fascinaba absolutamente, algo que se parecía al rock que yo conocía desde niño, pero sonaba muchísimo más inventivo y melodioso; algo que sacudía a cualquiera y tenía una fuerza que nos atrapaba.

Mi amigo preguntó quiénes eran los que cantaban y tocaban con tal frenesí, y alguien le respondió: “Es una banda inglesa. Cuatro tipos que se peinan de lo más raro, usan trajes sin solapa y botines con punta de estilete, pero no sé el nombre”. Un flaco al que le decían Chipojo por lo desgarbado que era, atajó a todos con un furor en la mirada que denotaba la inmensidad de la genuina pasión, el irrepetible hechizo de tener diecisiete años y estar vivo: “¡Son los Beatles!”, gritó, y seguimos oyéndolos arrobados, y jamás nos volvió a interesar Paul Anka. Yo no lo sabía, pero a partir de esa noche mi vida iba a ser otra, y el mundo iba a cambiar para bien y para siempre.

Hoy, al cumplir ochenta años, John Lennon regresa junto a los Beatles con el embrujo, la perfección y el entusiasmo de lo que jamás envejecerá porque es eterno. Ahora sabemos que en realidad ni él ni los otros tres muchachos se han ido nunca. Los dioses están siempre a nuestro lado, acompañándonos a través del universo, son inmortales.

Esta historia fue publicada originalmente el 9 de octubre de 2020 a las 7:00 a. m..

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Jorge Posada profile
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