‘Memoria del silencio’ evoca con acierto una nación dividida
Con expectativa llega a nosotros una versión escénica de la primera novela de Uva de Aragón. El Koubek Theater del Miami Dade College acogió el pasado fin de semana un acontecimiento de la cultura “autóctona”, poco frecuente en la ciudad: el acercamiento teatral al dolor de Cuba. Memoria del silencio, en la versión dramática que dirige Virginia Aponte, aborda humanamente, es decir, fuera de la rigidez de los esquemas ideológicos, el absurdo de la revolución y la amargura del exilio. La distancia reflexiva y el compromiso emocional con que la autora y la directora, ambas de origen cubano, conducen esta obra de explícita universalidad, le impregnan una cubanía profunda y auténtica, inclusiva, en la que se percibe el aire fresco del futuro.
El argumento no puede ser más provocador. Dos hermanas se encuentran en Miami después de 40 años sin verse y con muy poca comunicación. Una pasó la vida en la isla comunista, la otra terminó por adaptarse a vivir en Estados Unidos. La conversación, cautelosa de no caer en temas irreconciliables, les permite hacer memoria de lo que vivieron por separado. Zurcen trozos de recuerdos para rescatar, bajo la historia política de estos países, una historia familiar rasgada por la incomprensión y el odio de los cuales ambas fueron víctimas al principio, y luego, por inercia, representantes. Recordaron, entre lágrimas, risas y varios platillos, momentos intensos y otros dolorosos como la muerte del padre y el suicidio de ambos esposos, cada uno, un modelo intransigente en su posicionamiento político.
Es en extremo curioso que la alegoría históricocultural que, en esencia, constituye esta pieza, se realiza desde un discurso femenino en el que la desaparición del obstáculo machista favorece el éxito del reencuentro. No es, en los últimos años, la única obra artística cubana compuesta desde esta lógica. Pero sí es la que consigue desde la estrategia del abrazo, como acto de reconciliación y auténtica justicia, proponer la metáfora de la familia –tema central del teatro cubano– en términos de estrategia política para la refundación nacional. La hermana miamense consigue volver a la casa paterna, y en el umbral del encuentro con la madre anciana termina la obra.
Memoria del silencio ofrece un espectáculo venezolano sobre una obra cubana. Esta simbiosis de urgente perspicacia señala otro acierto de esta presentación que arroja la dolorosa luz del ejemplo cubano sobre la incierta realidad de la Venezuela de hoy. Vale recordar que la obra llega al sur de Florida después de sus presentaciones en Caracas. Los actores venezolanos que conforman el elenco entienden el conflicto de sus personajes aunque su perspectiva interpretativa no sea criolla. Soraya Siverio, Lucrecia Baldassare, Unai Amenábar y Carlos Domínguez asumen con empeño y credibilidad las circunstancias dramáticas. Quizá faltó la sutileza sensorial de determinados contextos y la veracidad del acento cubano (recurso innecesario para este cronista), pero consiguen emocionar en más de un momento. Lo menos feliz de la propuesta es su falta de independencia respecto al original literario que terminó por imponer una frontalidad y verbalismo nada favorables al hecho teatral. El principal acierto espectacular son las escenas de recuerdos, cuya evocación de una nación escindida ya forma parte de la memoria teatral de Miami. •
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Esta historia fue publicada originalmente el 6 de octubre de 2014, 8:00 a. m. with the headline "‘Memoria del silencio’ evoca con acierto una nación dividida."