Ardor, letargo en la selva
Ardor, del argentino Pablo Fendrik, más bien nos hunde en un tibio sopor, a pesar del título. La culpa no es de la selva de Paraná, hermosa y mítica donde este filme se desarrolla por entero. Aquí hay, incluso, una idea muy atractiva: transpolar un western a la Amazonía, con los ingredientes dramáticos del género: los buenos, los villanos, el héroe solitario, la mujer raptada, el duelo. Dos grandes rostros de México y Brasil, Gael García Bernal y Alice Braga, encarnan sus personajes lo mejor que pueden, y en roles secundarios están Claudio Tolcachir, Lautaro Vilo, Jorge Sesán y Julián Tello. No se trata de las partes por separado, sino de la concepción dramatúrgica de un todo lo que no logra funcionar.
Y es que el cineasta se ha ocupado más de elaborar una estética –concentrado en crear una atmósfera mística, recóndita, misteriosa– que en contar una historia. Al drama de los moradores del lugar, que sufren la invasión y crueldad de otros hombres –mercenarios locales– para apoderarse de sus tierras, le cuesta trabajo desplegarse, desprenderse del dominio de la forma expresiva. Largas pausas y silencios se anteponen a la acción. La hermosa fotografía de Julián Apezteguia expresa la inmensidad selvática, la cámara se mueve lentamente, la trama parece detenida. Pero entonces, un terrible disparo nos sacude, reaviva la expectativa. Los matones aparecen con su despiadada misión: a punta de pistola, fuerzan a un pequeño propietario a firmar el contrato de venta de su finca. La escena sigue las leyes del género: muerte y rapto.
Es interesante la figura del guerrero (García Bernal), con su aura de misterio, que sale del río o de la hondura de la selva –es como el enigmático héroe de los westerns que llega de alguna parte, y salva a la muchacha. Y en desigual duelo se bate en secuencia final con ocho matones. Mientras, un tigre imponente y hermoso acecha por los alrededores: es el espíritu de la jungla, peligro y protección a la vez.
Pero el filme tiene un lado insostenible en su desencantada narrativa. Aunque reforzada por la intensidad sonora –música de Sebastián Escofet–, le falta vida, sangre que fluya por las venas de la historia, aunque hay mucha derramada en violentas escenas. La línea argumental es vaga, imprecisa, la narración da saltos inexplicables. Las palabras son escasas, y cuando se sueltan, no trasmiten verdadero contenido dramático. Aquí, salvo las chacras quemadas de la selva, no hay ardor sino letargo, espeso e impenetrable. •
Esta historia fue publicada originalmente el 16 de julio de 2015, 1:52 p. m. with the headline "Ardor, letargo en la selva."