¿Qué pasaría si se apagara el internet en todo el mundo? | Opinión
Imagina que despiertas una mañana como cualquier otra, coges tu celular, pero algo anda mal. El Wi-Fi no funciona, el 5G tampoco, y al intentar entrar a tus redes, todo está muerto. Al principio piensas que es tu compañía, pero pronto descubres lo impensable: el internet se apagó, no solo en tu casa, no solo en tu país y en todo el planeta. De un segundo a otro, quedamos desconectados.
Lo que parece una idea de película de ciencia ficción no está tan lejos de la realidad. Hace poco, el 28 de abril, un apagón masivo dejó sin electricidad ni internet a España y Portugal durante casi 10 horas. Hospitales, trenes, aeropuertos, cajeros automáticos, todo colapsó. Fue una muestra clara de lo frágil que es nuestra dependencia digital. Imagina que eso sucediera a nivel global. El caos sería inmediato.
Sin internet, los bancos colapsarían, los vuelos se cancelarían y muchas empresas no podrían funcionar. La bolsa de valores entraría en pánico, y el comercio internacional se detendría. Incluso en casa lo sentiríamos: Alexa dejaría de responder, y Spotify se silenciaría. Algunos lo llamarían el fin del mundo moderno, otros, una extraña oportunidad de reencontrarse con el silencio.
En las oficinas reinaría el desconcierto. Sin correos electrónicos ni videollamadas, los jefes tendrían que buscar un lápiz para escribir, si es que aún recuerdan cómo usar uno. Muchos redescubrirían el sonido del bolígrafo sobre el papel.
El caos se extendería a los hospitales. Sin internet, se perdería el acceso a historiales médicos, citas y cirugías programadas. El sistema de emergencias también fallaría: sin GPS, sin bases de datos en línea, los tiempos de respuesta serían un desastre.
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Las universidades entrarían en crisis. Clases virtuales, bibliotecas digitales, plataformas académicas, todo desaparecería. Y ni hablar del amor: las apps de citas también dirían adiós. Se acabaría el “match” y volvería el cortejo cara a cara, con sudor, tartamudeo y frases improvisadas. Muchos tendrían que volver a usar su encanto en persona o imprimir su biografía para repartirla en la calle.
Los pedidos a domicilio se esfumarían. Nada de aplicaciones ni delivery con un clic. Habría que salir, hacer la lista a mano y esperar en largas filas. Las plataformas de pago digital como Zelle o CashApp quedarían fuera de servicio, y si no tienes efectivo, no puedes pagar. Volveríamos al dinero físico o incluso al trueque.
El trabajo remoto se convertiría en un recuerdo. Muchos empleados tendrían que regresar a las oficinas, pero muchas empresas ya no tienen espacio físico para todos. Sería como un “juego de la silla” en el mundo laboral. Y los videojuegos online, fuera. Servidores caídos, cuentas bloqueadas, progreso perdido. Sería un golpe fuerte para millones que viven su tiempo libre conectados.
Las relaciones a distancia sufrirían. Sin videollamadas ni mensajes, algunos volverían al arte perdido de escribir cartas, con espera de semanas incluida. Los influencers también tendrían que reinventarse: sin redes, no hay likes, ni hashtags, ni contenido viral. Quizá algunos regresarían a lo que estudiaron.
Los adolescentes vivirían una crisis existencial: sin TikTok, sin Instagram, sin nada. Y lo peor: sin Google para buscar si el dolor de cabeza que tienen es un resfriado o algo peor.
Los coach de redes, esos que hoy enseñan desde cómo manifestar abundancia hasta cómo sanar traumas con un batido, desaparecerían como por arte de magia. Antes no existían, y la gente igual sobrevivía. Si tenías un mal día, tu mamá te curaba con tres chancletazos y una comida caliente. Nada de frases motivacionales con música de fondo, solo sentido común y frijoles.
También se irían los tutoriales. Esa biblioteca infinita de consejos caseros desaparecería, y volveríamos al método prueba y error y error. Incluso los “psíquicos digitales”, que se autoproclaman visionarios con predicciones que mágicamente siempre se cumplen, se quedarían sin escenario. Sin likes, sin “esto resuena contigo”, sin voz grave, ni fondo de galaxia. Solo ellos y su espejo.
Y si te preguntas por la información, volverían los medios tradicionales: televisión, radio, periódicos. También regresarían los rumores, los chismes de esquina y las teorías no verificadas. Aunque, si somos honestos, eso nunca se fue del todo.
Entonces, ¿qué pasaría si se apagara el internet en todo el mundo? Pasaría de todo. Caos, risa, creatividad, desesperación, y nostalgia. No sería el fin del mundo, pero sí el comienzo de otro completamente diferente. Un mundo donde tendríamos que reaprender a esperar, a escuchar, a convivir con el silencio y con nosotros mismos.
Tal vez es hora de valorar cada vez que el Wi-Fi tarda cinco segundos en conectar. Porque si algún día desaparece de verdad, tendremos que recordar cómo era vivir en un mundo donde las fotos se revelaban, los amigos se aparecían sin avisar, y el aburrimiento no se resolvía deslizando el dedo sobre una pantalla.
Puedes contactar a Alina Rubí, astróloga y coaching espiritual, llamando al 305-842-9117 o visitando su sitio web www.esoterismomagia.com.