De Betty la fea al teatro en Florida: Lorna Cepeda y Natalia Ramírez presentan “Muertas de la Risa”
Durante años, el público las vio lanzarse miradas fulminantes y pronunciar frases que todavía hoy se repiten como mantras de sobremesa. Marcela Valencia y Patricia Fernández “La Peliteñida” trascendieron la pantalla en Betty La Fea. Pero esta vez, Lorna Cepeda y Natalia Ramírez no llegan como rivales de telenovela, sino como cómplices sobre el escenario.
Arriban a Florida con Muertas de la Risa, una comedia negra escrita y dirigida por Juan Ricardo Gómez, que las trae de gira por Estados Unidos con funciones en Miramar y Orlando. Y si algo queda claro al escucharlas, es que la química que las convirtió en fenómeno televisivo sigue intacta, pero ahora respira teatro en vivo.
La historia arranca en una morgue. Dos mujeres llegan a reconocer a su ser amado. El giro: el muerto es el mismo para ambas. Lo que podría ser una tragedia se transforma en una cadena de enfrentamientos, confesiones y situaciones tan incómodas como hilarantes.
“Entre más amplio sea el contraste, más interesante me parece”, dice Cepeda. Y en ese contraste, dolor y carcajada, duelo y sarcasmo, encuentra el motor de la obra. La situación es extrema, pero el público, aseguran, se identifica. Quizás porque el amor, incluso cuando termina mal, siempre tiene algo de tragicomedia.
La idea nació de una inquietud de Cepeda, pero para ella no había duda sobre su compañera de escena. “No pude pensar en otra persona”, confiesa sobre Ramírez. No solo por su talento actoral, sino por su experiencia como productora y su dominio del escenario. “Nos complementamos bastante”, resume. Yin y yang. Precisión y desparpajo. Dos energías que chocan y se sostienen.
El teatro, coinciden, les ofrece un vértigo distinto al de la televisión. No hay segundas tomas. No hay edición que salve un tropiezo. “Cada función es un desafío”, explica Ramírez. “Es entender al público, ver cómo se comporta, ajustar el ritmo, la manera de decir una frase. Esa sinergia no tiene descripción”. La risa, en ese intercambio vivo, se convierte en termómetro y recompensa.
Para los millones que las conocieron en Yo soy Betty, la fea, el reencuentro tiene inevitablemente un componente nostálgico. Pero sobre las tablas no son Marcela ni Patricia. Ramírez interpreta a Caroline, un personaje “ardiente, sexual”, muy lejos de la ejecutiva elegante y contenida que marcó su carrera. “Marcela Valencia jamás”, dice entre risas, celebrando la oportunidad de mostrar nuevas capas.
Cepeda siente que el público hace la transición casi de inmediato. “Sienten el amor cuando salimos, pero al minuto ya se están metiendo en los personajes”, comenta. No hay espacio para quedarse en el recuerdo: la historia los arrastra.
Eso no significa que las frases del pasado hayan quedado atrás. En la calle, a Cepeda todavía le gritan “¡los seis semestres de finanzas!” o “¡desgraciado!”. Ramírez escucha el clásico “¿qué es lo que pasa aquí?”. Y, más recientemente, una línea que conecta con tiempos modernos: “la pobreza me está respirando en la nuca”. La memoria colectiva es persistente.
Cuando se les pide definir la obra en una sola palabra, no dudan. “Risa”, dicen al unísono. Una palabra simple para una trama que se mueve entre la rivalidad femenina, los celos y la revelación de secretos. Una palabra que, quizás, resume también el motivo por el que siguen convocando multitudes.
En Miramar y Orlando, donde la comunidad latina ha abrazado durante décadas las historias que cruzan fronteras, el reencuentro promete algo más que nostalgia. Promete cercanía. La posibilidad de verlas sin filtro, reaccionando en tiempo real, respirando el mismo aire que el público.
Porque si algo demuestra Muertas de la Risa es que algunas duplas no se agotan con los años. Cambian de escenario, cambian de tono, pero conservan esa chispa que hace que, incluso en una morgue, la carcajada termine ganándole a la tragedia.
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