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‘Everest’, admirable espectáculo visual

Everest es sinónimo de majestuosidad y belleza, las que Baltasar Kormákur lleva a la pantalla en impresionante 3D, para rememorar una de las gestas más trágicas del hombre en su afán por escalar la montaña más alta del Himalaya. Y de altura es también el reparto: Jason Clarke, Josh Brolin, Jake Gyllenhaal, Keira Knightley, John Hawkes, Robin Wright, Emily Watson.

Detrás están las memorias de alguien que estuvo allí, el cronista Jon Krakauer, en la primavera del año 1996, cuando una de las más brutales tormentas de nieve azotó la montaña. El filme recoge la proeza de tres grupos comerciales de expedicionarios, que ayudados por guías y sherpas cumplieron el sueño de coronar el Everest, pero 15 de ellos no pudieron descender para contarlo.

La imponente imagen va a la vanguardia con los montañistas. Detrás va la narrativa; corren los primeros 45 minutos de metraje en los campamentos base sin que acabe de romper la crisis. La cinta se mantiene más cercana a la crónica histórica que al espectáculo épico, al tono hollywoodense –lo que la hace singular–, y con ello se debilitan las fibras de identificación emocional con los personajes, descendiendo una cantidad de metros el nivel de dramatismo, para tratarse del Everest.

Pero el filme es un admirable espectáculo a nivel visual. Rodado en Nepal, en el Everest y los Alpes, la imagen se enaltece con sus imponentes panorámicas aéreas, pasmosos paisajes, inmensas grietas, picos, precipicios, frágiles puentes a alturas de vértigo, y allá, perdidos en la inconmensurable e inhóspita inmensidad de nieve y rocas, unos hombrecitos se ven como hormigas con alma de gigantes, intentando llegar a la cima del mundo.

Esta historia fue publicada originalmente el 17 de septiembre de 2015, 1:06 a. m. with the headline "‘Everest’, admirable espectáculo visual."

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