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Tannhäuser, aunque la música es lo único que vale

El 31 de octubre desde el Met neoyorquino se transmitirá en cines un esperado Tannhäuser, una producción que ha sobrevivido casi 40 años por ser “la más romántica puesta de la más romántica ópera de Wagner”. Al mismo tiempo, aparece en DVD del Tannhäuser desde el Festival de Bayreuth 2014 y, después de verlo, cabe preguntarse si el público que esperó años por una onerosa entrada que le posibilite la devota peregrinación al templo wagneriano no sufre del síndrome de Estocolmo. Tanto los que aplauden como los que abuchean están literalmente secuestrados, inmersos en una dualidad de la que Tannhäuser es su mejor exponente.

En este caso, como en tantos otros, la radical reelaboración del drama musical wagneriano actúa como boomerang a la exhortación del compositor Kinder, schafft Neues! (Niños, creen algo nuevo) cuando desaparece la línea entre la experimentación y el disparate, cuando la energía consumida en devanarse los sesos tratando de captar el mensaje del director de escena ni siquiera permite la apreciación de la música.

Visualmente, la fealdad imperativa se manifiesta en falta de prolijidad escénica que contamina la vista, sin contar el costo sideral de la producción. No hay hacia dónde mirar con la excusa de una conceptualización que a los 20 minutos deja de importar. Esta puesta de Sebastian Baumgarten lleva la búsqueda pedida por Wagner a un desatino abigarrado hasta caer en una fosilización que acaba con el postulado original. En comparación, hasta las recientes, fascinantes osadías de Robert Carsen (el héroe como pintor) o Kasper Holten (el héroe como escritor) resultan convencionales. La dicotomía del personaje, su lucha interior y su encuentro con el mundo real se ve reducido a un escenario-instalación del holandés Joep van Lieshout que evoca los procesos de la vida en un laboratorio o caldera, quizás el concurso de canto del Wartburg haya sido inspirado por la escena de la competición canora de Y la nave va, de Fellini.

Además, Venus está embarazada y se pasea con un chupetín hasta tener la cría al final de la ópera mientras Elisabeth canta haciendo yoga para acabar autocrucificándose al terminar el segundo acto. El poeta Wolfram se rasca algún picor ignoto y el coro en uniforme de mucama (ellas) y en camiseta (ellos) barren, acomodan, pasan la escoba o un trapito por las axilas después de haberse abrazado apasionadamente, será porque están en Bayreuth y el verano de Franconia quema cuando no hay aire acondicionado. Hartos de ver tanta gesticulación críptica, el coro se transforma en zombies o trogloditas que saltan como simios felices con la expiación del héroe. En este caos escénico no hay descanso para la indigestión visual, solo queda la piedad para con intérpretes y asistentes.

Si Tannhäuser ejemplifica la lucha de dos mundos opuestos, Baumgarten lo logra al enfrentar lo escénico con lo musical que, en las antípodas ofrece una altísima calidad. Desde el abismo místico, la orquesta surge maravillosa bajo Alex Kober más un coro dirigido por Eberhard Friedrich que no tiene rivales en el mundo. La Venus de Michelle Bredt cumple así como el excelente Wolfram de Markus Eilche, pero las palmas se las lleva la Elisabeth de Camilla Nylund y en especial, el notable Tannhäuser de Torsten Kerl. El tenor danés no sólo logra llegar fresco al final, en uno de los papeles más demandantes de la literatura para su cuerda sino que su sonido luminoso recuerda a Wolfgang Windgassen. Suele suceder que el rol titular es el talón de Aquiles del elenco, afortunadamente no en este caso.

Crear controversia per se parecería ser el motivo de esta escenificación de una de las óperas más bellas del repertorio, la que queda reducida a un tedio descomunal gracias a la aridez de una propuesta que acaba fagocitándose a sí misma. El despropósito sólo se justifica en la impecable realización musical, hubiera bastado con un CD. Si música y escena significan lo santo y lo profano, la meta está lograda. Mientras el Met revive una joya, Bayreuth sugiere que esta vezlos niños han ido demasiado lejos”, y no por escandalizar sino por cansar con un discurso pretendidamente intelectual que por rebuscado, aburre. Y eso, en cualquier escenario, es pecado mortal.

(WAGNER, TANNHÄUSER, KOBER, OPUS ARTE OA 1177)

Esta historia fue publicada originalmente el 22 de octubre de 2015, 0:07 p. m. with the headline "Tannhäuser, aunque la música es lo único que vale."

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