Frank Sinatra: La Voz cumple 100 años
Ya se sabe que las canciones tienen una fuerza de evocación que perdura más allá del instante en que se oyen. En tres o cuatro minutos, el cantante narra una historia que en el cine duraría hora y media y en un libro tendría tal vez 250 páginas. Muy pocos intérpretes han sabido expresar las canciones de la forma en que las decía Frank Sinatra; con una emoción indeleble, una soltura única y las pausas que hacían falta; usarlas para contar la historia de su vida y las vidas de todos nosotros, como si fueran relatos. Hay que decirlo sin temor: Sinatra cantó como nadie, mejor que nadie.
Ahora que está cumpliendo cien años y hay nuevos libros sobre él, especiales de televisión para celebrar su aniversario, un documental y una extraordinaria colección de su trayectoria, no hay homenaje mayor que volver a escucharlo cantar.
Francis Albert Sinatra nació el 12 de diciembre de 1915, en Hoboken, Nueva Jersey, de padres italianos. Fue el primer y único hijo de Antonino Martino Sinatra, llamado Marty, nacido en Sicilia, y de Natalina Della Garaventa, oriunda de Génova, y a la que le decían Dolly. Al nacer con más de 13 libras de peso, hubo necesidad de usar fórceps, lo que le causó una cicatriz en el cuello y la mejilla, además de perforarle el oído, daño que le quedaría para siempre. Con un padre muy tímido y obediente, que casi no hablaba ni decidía nada en la casa, era Dolly –una mujer imponente y corpulenta– quien llevaba los pantalones; la verdadera cabeza de la familia. Personaje importante en Hoboken, tenía un talento natural para los idiomas y ayudaba a todo el que le hiciera falta. Dolly entraba y salía de los juzgados acusada de hacer abortos ilegales y fue un factor dominante en el desarrollo de la personalidad del joven Sinatra. A pesar de crecer en medio de tiempos difíciles, como fue la Gran Depresión de los años 1930, Frank tuvo una infancia mimada; tenía mucho más que sus amigos y era el muchacho más elegante del barrio.
Desde muy niño, Sinatra mostró gran interés en la música; se enternecía junto al radio oyendo a sus orquestas e intérpretes favoritos y pasaba largas horas en la taberna propiedad de sus padres intentando cantar. Ya adolescente, sus ídolos eran Bob Eberly, Rudy Vallée y Bing Crosby, sobre todo Crosby al que admiraba mucho y trató de imitar. Influenciado por Crosby, Louis Armstrong y Billie Holiday, aprendió a cantar solo. A los 15 años un tío le regaló un ukulele y empezó a amenizar bodas italianas, pequeñas fiestas escolares y asociaciones de la ciudad. En 1935, su madre convenció a un trío local, The Three Flashes, para que le permitieran sumarse al grupo, que con su llegada pasó a llamarse The Hoboken Four. No tardó mucho en ser la voz principal. Después de ganar un conocido concurso de radio, el cuarteto logró un contrato de seis meses para actuar en emisoras y teatros de todo Estados Unidos.
Cuando abandonó el grupo, nuevamente fue su madre quien le consiguió un trabajo por $15 a la semana como camarero, maestro de ceremonias y cantante en The Rustic Cabin, un motel-restaurante de Englewood Cliffs, Nueva Jersey, que los viernes transmitía en directo para una estación radial de Nueva York, entonces el centro de la música popular del país. En 1939 el trompetista y director de banda Harry James lo contrató como vocalista. A los pocos meses, frustrado porque no alcanzaba el triunfo que se proponía, dejó a James y pasó a ser el principal solista de la orquesta de Tommy Dorsey, que junto a la de Glenn Miller y la de Benny Goodman, era una de las big bands más importantes de la industria. Dorsey tenía un enorme control de la respiración al tocar el trombón y Sinatra lo imitó, aprendiendo a respirar mientras cantaba: parecía que estaba riéndose, pero en realidad buscaba aire por un costado de la boca. Juntos grabaron más de 100 discos hasta que en 1942 Sinatra decidió que era hora de empezar por su cuenta.
En plena Segunda Guerra Mundial, con una personalidad cautivadora, atractivos ojos azules y una voz que encantaba, el mundo fue testigo de algo sin precedentes: miles de muchachas hacían larguísimas colas desde el amanecer para ver a Sinatra en el teatro Paramount, de Nueva York; se enamoraban de él, enloquecían y caían rendidas. En apenas 15 meses, se convirtió en la sensación musical del país y no tardó mucho en llegar a Hollywood. Luego de dos películas mediocres con la RKO, el poderoso magnate de la MGM Louis B. Mayer lo contrató en 1945 para filmar la comedia Anchors Aweigh con Gene Kelly que fue un éxito rotundo y lo hizo una estrella.
A Cuba con una maleta de dólares
Según le contó a las autoridades, en febrero de 1947 estaba en Miami en un día lluvioso y fue a buscar el sol en Cuba. Llegó a La Habana y se hospedó en el Hotel Nacional, donde coincidió casualmente con más de 70 jefes pandilleros que celebraban una convención lejos de la vigilancia del FBI. Pero el rumor es que le llevó un maletín repleto de dinero al célebre gángster Lucky Luciano, uno de los principales mafiosos de todos los tiempos. Eso lo marcó para siempre y le ocasionó más de un problema con las autoridades. De cualquier modo, son innegables los estrechos lazos con la mafia. Fue amigo íntimo de Sam Giancana, jefe de Chicago, así como de Vito Genovese, Willie Moretti y Joe Fischetti, notorios nombres del crimen organizado.
A principios de los años 1950 sufrió una hemorragia en las cuerdas vocales que casi acaba con su carrera. Aunque no se ha podido comprobar que sea cierto, se cuenta que el Oscar secundario que ganó por su papel de Angelo Maggio en el filme De aquí a la eternidad lo obtuvo gracias a sus contactos con la Cosa Nostra, episodio que quedó perpetuado en El Padrino con la cabeza cercenada del cabello de raza que encuentra en la cama el productor cinematográfico que se negaba a darle el papel a Johnny Fontane, personaje claramente inspirado en Sinatra y en sus amistades con el hampa.
Es muy probable que su resurgir haya tenido que ver con esas largas noches, primero en Las Vegas y luego en el Hotel Fontainebleau de Miami Beach, donde enfrentado noche a noche con el auditorio que abarrotaba el cabaret, acabó por encontrar la mezcla perfecta entre blues, swing y baladas. Sinatra se las ingenió para reinventar las canciones hasta hacerlas propias, y decenas de ellas aparecen en la banda sonora de series de televisión como The Sopranos, CSI y Magic City y en muchas películas como The Pope of Greenwich Village , Catch Me if You Can y When Harry Met Sally. Se ha dicho que por alguna razón no le gustaba cantar My Way ni Strangers in the Night, dos de sus más sonados éxitos. Disfrutaba enormemente interpretar New York, New York, que terminó siendo el himno de “la ciudad que no duerme”.
A partir de entonces, tuvo una vida llena de altas y bajas. Con sus amigos del Rat Pack cambió las noches de Las Vegas; fue activista antirracista; fumó cigarrillos Camel sin parar, bebió más de medio millón de tragos de Jack Daniel’s y regresó con un sombrero cavanagh ladeado, un impermeable sobre el hombro y más estilo y dominio escénico que nunca antes. Tuvo fama, riqueza, poder, hizo de todo y se murió cuando le dio la gana.
Ava Gardner, su gran amor
Sin ser un hombre guapo, fue un seductor incorregible. Además de amoríos con coristas, starlettes y secretarias, Sinatra tuvo idilios con infinidad de estrellas de Hollywood: Lana Turner, Kim Novak, Natalie Wood, Marlene Dietrich, Judy Garland, Anita Ekberg y Lauren Bacall, a quien, 14 meses tras la muerte de su esposo Humphrey Bogart, le propuso matrimonio, pero después la dejó plantada. Algunos íntimos han contado que Marilyn Monroe –nada menos que el indiscutible símbolo sexual del cine– estaba ansiosa por casarse con él, pero como ocurrió con varias de las mujeres con las que estuvo, se quedó en el camino. Se casó varias veces, la primera, muy joven, con Nancy Barbato, con la que tuvo tres hijos, Nancy, Frank Jr. y Tina; la segunda con Ava Gardner y, ya maduro, con Mia Farrow y Barbara Marx. La bellísima Ava fue, sin embargo, su gran pasión y a la que no pudo olvidar. Los escándalos que protagonizaron llenaban todas las semanas los cintillos de las revistas y periódicos y cuando ella viajó a España para filmar Pandora y el holandés errante, y se enredó en romances con los toreros Dominguín y Mario Cabré, Sinatra la siguió y no pararon de armar memorables peleas en público.
Desde mediados de la década del 90, la salud de Sinatra no hacía sino empeorar. Al cabo de batallar con problemas de neumonía, presión alta y cáncer en la vejiga, sufrió un severo ataque cardíaco y el 14 de mayo de 1998, a los 82 años, falleció en el Hospital Cedars-Sinai de Los Angeles. Al día siguiente, las luces del Empire State se tornaron tristemente azules en honor a sus ojos, que le otorgaron el sobrenombre de Ol' Blue Eyes.
La impronta de Frank Sinatra en el mundo del espectáculo es inmensa. Sin él no habrían existido jamás Tony Bennett, Charles Aznavour y Rosemary Clooney, pero tampoco Diana Krall, Harry Connick Jr. ni Michael Bublé. Sus canciones quedarán como el retrato de un país y una época; y cuando se hable del siglo XX, su nombre estará entre los más grandes. Con sus imperfecciones y virtudes; su espléndida arrogancia, sus altercados y generosidad y su temperamento explosivo, Sinatra fue un artista genuino que dejó muchos de los momentos más hermosos de la música americana. Su rico legado, fijo en la memoria de millones de personas, y la plena vigencia de su música durarán generación tras generación mientras haya hombres y mujeres que sigan emocionándose con su bronca sensualidad, con las letras y melodías que interpretó. Mucho más que una celebridad y una leyenda, Sinatra es el eterno masculino, el mito del hombre solitario, del melancólico que se levanta, que habla al amor después de muerto. Eso lo hace un inmortal.
Como dice uno de sus hits, que él mismo escogió como epitafio para su tumba: The Best is Yet to Come.
Esta historia fue publicada originalmente el 10 de diciembre de 2015, 2:32 p. m. with the headline "Frank Sinatra: La Voz cumple 100 años."